06-12-1998: ¡Qué victoria popular!

Hay días decisivos que no se les olvida a los que ganaron ni tampoco a los que perdieron. El 6 de diciembre de 1998 es uno de esos días. Los testigos de ese episodio podemos dar fe de que fue una jornada de rompe y rasga.

Las primeras elecciones presidenciales ganadas por el Comandante Hugo Chávez resultaron ser un momento culminante en un proceso de años. Había comenzado aquella trepidante madrugada del 4 de febrero de 1992, cuando el país supo que había una alternativa, luego de 35 años de bipartidismo.

La ruta había sido vertiginosa. Del modelo inicial, el de la insurrección armada, el movimiento liderado por el teniente coronel barinés evolucionó al campo electoral, luego de intensos debates. El Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), al que los sesudos analistas calificaban como “una logia militar”, mutó al Movimiento Quinta República (MVR), que canalizó una genuina avalancha de votos.

En los días previos al 6 de diciembre, el país fue testigo del derrumbe de todo un sistema político. Acción Democrática y Copei, los dos partidos que se habían repartido el poder entre 1958 y 1994, y los nuevos movimientos que surgieron de divisiones de esas dos toldas intentaron todas las jugadas posibles para evitar el colapso. Pero sus cimientos estaban corroídos y el tinglado se les caía a pedazos.

Lo primero que hicieron fue adelantar las elecciones parlamentarias con la esperanza de evitar el llamado efecto portaaviones, es decir, que el candidato presidencial arrastrara los votos legislativos. De esa forma podrían revertir la tendencia y evitar que el disruptivo líder, una vez electo, cumpliera su promesa de convocar al país a una Asamblea Nacional Constituyente. Pensaron que con un Congreso de la República dominado por ellos, esa opción podría ser bloqueada.

Luego de lograr un resultado alentador en los comicios legislativos (alcanzaron la mayoría), notaron que la acumulación de fuerza electoral de Chávez seguía su curso, así que hicieron lo que parecía inconcebible: AD y Copei retiraron a sus respectivos candidatos (el anciano y desangelado Luis Alfaro Ucero y la exreina de belleza Irene Sáez) para respaldar al abanderado mejor ubicado entre los de la derecha, el godo Henrique Salas Römer. Fue un gesto desesperado que no sirvió de mucho, porque Chávez, dicho en términos de narración hípica, venía como una tromba.

La campaña había concluido de manera espectacular, con un mitin en la avenida Bolívar que dejó claro el enorme respaldo popular de Chávez, un novato en esas lides que tenía el plante de un político corrido en siete plazas.

La respuesta de su contraparte, como cierre de campaña, no pudo haber sido más reveladora de la confrontación de clases sociales que latía en el enfrentamiento electoral: Salas Römer “tomó” Caracas a la cabeza de una cabalgata. Miles de personas recorrieron la ciudad a caballo, siguiendo al sobrevenido líder, que iba en los lomos de “Frijolito”. El original acto tuvo, desde luego, gran impacto mediático, pero hasta los más fanatizados partidarios del candidato de la derecha se convencieron de que aquella batalla la iban a ganar los pataenelsuelo, no los caballistas.

La noche del mitin de Chávez en la avenida Bolívar, de las masas emanaba una euforia que no puede contarse con palabras escritas. Recuerdo como si hubiera pasado ayer el rostro de un hombre de mediana edad, evidentemente muy pobre, con un afiche del Chávez del 4 de febrero, parecía caminar sobre algodones y mirar hacia un punto lejano. Era el retrato vivo de la esperanza.

Ese estado de ánimo colectivo proporcionaba cierta tranquilidad, pero el escenario no estaba libre de incertidumbres. Opinadores agoreros decían que la victoria en las urnas iba a ser escamoteada por las maquinarias partidistas, pero que si esos aparatos especializados en el robo de votos no lograban contener el alud, serían los militares gorilas los que entrarían en escena. Estados Unidos no iba a permitir que en la joya de la corona latinoamericana se instalara el gobierno de un loco con veleidades castristas.

Pese a todas esas reservas, ocurrió lo que iba a ocurrir. Una contundente mayoría se volcó a votar por la nueva opción. Las maquinarias tragavotos de AD y Copei no funcionaron porque esos dos partidos estaban desdibujados y rotos por dentro. Los militantes que habían sido utilizados durante años para torcer la voluntad del electorado, ese día estuvieron vigilando que ella se cumpliera estrictamente. La última carta, la de los generales de derecha que supuestamente iban a patear la mesa, no fue jugada. Tal vez se dieron cuenta de que con semejante caudal de pueblo en la calle, algo así no iba a ser nada sencillo.

Como era habitual en esos tiempos, el Consejo Supremo Electoral dio un primer boletín muy parcial y autorizó a las televisoras a dar su dictamen. Venevisión, que se había anotado a ganador en las últimas semanas, lanzó sus conocidas fanfarrias para declarar ganador a Hugo Chávez. Otro detalle de esos que no se olvidan: en el retrato que le pusieron aquella noche de victoria, lo blanquearon un poco… seguramente los traicionó el subconsciente.

La noche se cerró de una manera inmejorable, con el discurso que el presidente electo pronunció en las afueras del Ateneo de Caracas (ahora Universidad Nacional Experimental de las Artes), en el que se mostró conciliador, moderado y magnánimo ante la clase política que había dejado en ruinas.

Se abría un portal de la historia en el que Chávez iba a ser la figura estelar durante los 14 años que le quedaban de vida. Y aun después, porque ya han pasado 21 años de ese momento y su tremenda “vibra” sigue estremeciendo corazones.

Ciudad Ccs/Clodovaldo Hernández

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