5 de julio acta solemne de una sociedad en tensión

Clodovaldo Hernández

Tensión: el Acta de la Independencia de Venezuela es un documento surcado por una sutil tensión, fiel reflejo de lo que ocurría en la sociedad de 1811.

Los redactores, Juan Germán Roscio y Francisco Isnardi, trataron de escribir un documento consensual, lo que según parece fue como tallar diamantes, una tarea laboriosa. Pero la tensión sigue estando a simple vista para cualquiera que -cosa bastante rara- quiera dedicarle un rato a una lectura más o menos analítica.

Veamos: el texto estipula claramente la Independencia plena, la patada histórica a España; pero en algunos de sus pasajes se expresa el otro enfoque que existía entonces: el de la independencia con ambigüedades, la del sí, pero no.

El Acta fue, pues, retrato vívido de la Venezuela del momento, la que se debatía entre esas dos opciones desde los sucesos del 19 de abril de 1810 y, en rigor desde 1808, año de la caída en desgracia de la potencia colonial frente al avasallante imperio de Napoleón Bonaparte.

El conflicto se entiende perfectamente si se considera que los protagonistas del debate eran los mantuanos, los blancos criollos descendientes de españoles y uno que otro pardo coleado. Entonces, la discusión dependía mucho de cómo evaluara cada uno de estos hombres (las mujeres estaban al margen) qué era lo mejor para sus propios intereses: el escenario de una nación nueva o ser súbditos reclamando los derechos de la aporreada monarquía española.

Con todo, pudo ser un documento más contradictorio o, peor aún, podría haber sido imposible ponerse de acuerdo en un texto de no haber sido por la influencia que tuvieron quienes, a la postre, serían las figuras más importantes de esta etapa histórica: Francisco de Miranda y Simón Bolívar. Varios historiadores coinciden en que fue gracias a ellos y a organizaciones como la Sociedad Patriótica y el Club de los Sin Camisa, que tomó fuerza mayoritaria la idea de la Independencia con I mayúscula, la plena y absoluta.

Miranda, con su peso específico, con los galones que traía como luchador universal por la libertad y Precursor de las luchas en Venezuela ayudó a inclinar la balanza en el seno de aquel incipiente Parlamento a favor de la declaración de Independencia absoluta. Solo un diputado, el sacerdote Juan Vicente Maya, del Táchira, se le enfrentó e, incluso, según algunos cronistas de la época, pretendió sonarle una real cachetada (en sentido estricto porque el cura era realista).

Bolívar, en tanto, con apenas 28 años, había tenido el papel protagónico en la calle, en la Sociedad Patriótica, que operaba entonces como una especie de ágora popular, un espacio más abierto socialmente que el Supremo Congreso, pues concurrían integrantes de clases sociales excluidas. Fue en esa arena donde Bolívar preguntó si acaso no bastaban los 300 años de calma que habían tenido las colonias americanas. Ese discurso ha sido catalogado como el primero de los muchos que el Libertador pronunciaría en poco menos de veinte años de fulminante vida política.

De resultas de esta victoria dialéctica, el acta termina siendo tajante al indicar que “… en uso de los imprescriptibles derechos que tienen los pueblos para destruir todo pacto, convenio o asociación que no llena los fines para que fueron instituidos los gobiernos, creemos que no podemos ni debemos conservar los lazos que nos ligaban al gobierno de España, y que, como todos los pueblos del mundo, estamos libres y autorizados para no depender de otra autoridad que la nuestra, y tomar entre las potencias de la tierra, el puesto igual que el Ser Supremo y la naturaleza nos asignan (…)”.

Añade que “A nombre y con la voluntad y autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son, y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes y que están absueltos de toda sumisión y dependencia de la Corona de España o de los que se dicen o dijeren sus apoderados o representantes, y que como tal Estado libre e independiente tiene un pleno poder para darse la forma de gobierno que sea conforme a la voluntad general de sus pueblos, declarar la guerra, hacer la paz, formar alianzas, arreglar tratados de comercio, límite y navegación, hacer y ejecutar todos los demás actos que hacen y ejecutan las naciones libres e independientes”.

Quisieron pasar la página

El proceso de Independencia pudo haber sido pacífico, si España hubiese estado en el mismo tono del Acta de la Independencia.

En ella se estableció la disposición de la dirigencia venezolana a olvidar todo lo ocurrido, que no era poco: tres siglos de saqueo y dominación.

“No queremos, sin embargo, empezar alegando los derechos que tiene todo país conquistado, para recuperar su estado de propiedad e independencia; olvidamos generosamente la larga serie de males, agravios y privaciones que el derecho funesto de conquista ha causado indistintamente a todos los descendientes de los descubridores, conquistadores y pobladores de estos países (…) “, dice uno de los primeros párrafos.

Ese espíritu de pactar una ruptura pacífica no fue correspondido. Muy por el contrario, tan pronto el imperio español retomó oxígeno, entre 1812 y 1813, arremetió con todas sus fuerzas contra la nueva República, provocando la Guerra de Independencia tanto en Venezuela como en el resto del continente.

Hoy, 5 de julio, es una excelente ocasión para leer y analizar el Acta de Independencia, en la que trasluce la sutil tensión entre los que aspiraban a ser libres íntegramente y los que solo lo querían de la boca para afuera. Aunque han pasado 208 años, tal parece que hoy el dilema es el mismo.

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Partida perdida y encontrada

La historia del Acta de la Independencia es un buen tema para una película que mezclaría lo histórico con algo de aventura.

El documento, partida de nacimiento oficial del país, fue guardado con las formalidades del caso por el Supremo Congreso, pero cuando estalló la guerra, con la invasión de las tropas de Domingo Monteverde, el Acta empezó un peregrinaje, en buena parte desconocido, razón por la que se le consideró perdida durante casi un siglo.

En este largo período, se utilizó como versión oficial un material difundido por “El Publicista de Venezuela”, órgano divulgativo del Congreso, mientras el documento original era mantenido oculto por varias familias en diferentes lugares. Pasó de mano en mano hasta que finalmente, cuenta la leyenda, fue encontrado en un compartimiento destinado a partituras, debajo del asiento de un piano. Fue llevado a la consideración del historiador Francisco González Guinán y luego ante las doctas miradas de los miembros de la Academia Nacional de la Historia.

Comprobada su autenticidad, el presidente Cipriano Castro (corría el año 1908) dispuso que sería colocada en un lugar solemne. Se escogió el Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo.

Desde entonces está en ese lugar y cada 5 de julio es el foco de atención de un acto protocolar encabezado por el presidente de la República, quien tiene la llave del arca donde se guarda el Acta.

 


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