A llorar pal Valle, mi pana

Gracias a Dios y a la Virgen Santísima que los venezolanos (y los caraqueños, combinación de muchas expresiones y maneras de ser) somos como somos, actuamos como lo hacemos, escribimos, reaccionamos y hablamos con la particularidad que nos caracteriza.

Nuestras formas únicas de hacer llevaderas las situaciones más críticas que incluso (sin dejar de ser solidarios ni de dar el espaldarazo a quien lo requiera) nos llevan a sacar lo más positivo de una situación por dura o difícil que aparente ser.

Dependiendo la gravedad de la cosa, de la desgracia y el mal ajeno, hemos aprendido a hacer ciertas bromas, reiteramos, sin abandonar al prójimo, pero siempre con el buen humor a flor de piel. Y una de las expresiones que más uso tiene en ese tipo de situaciones es justamente “A llorar pal Valle”, con la que nos damos por enterado del daño del otro, pero lo estamos mandando para la porra (o pal carajo), porque generalmente se trata de alguien que se equivocó, pese a las advertencias, y que decide seguirse equivocando, y de manera irreversible -por su terquedad- va directo a su barranco…

Pero la cosa va más allá del simple chalequeo. Es una expresión cuasi sagrada con un origen religioso, porque como casi todo lo que data de los días de la Colonia, tiene gran influencia, no solo española sino eclesiástica.

Transcurrían los días de 1674, cuando la máxima autoridad de la iglesia católica apostólica y romana en estas tierras, o sea el Obispo don fray Antonio González de Acuña, no pudo haber imaginado la influencia histórica que tendrían sus gustos específicos acerca de actos folclóricos autóctonos y que ello repercutiría por secula seculorum en nuestra idiosincrasia plena.

Resulta que al representante legal de Dios en estos lados de la Tierra con su inocultable espíritu rumbero le gustaban los bailes y los actos donde predominara la danza. Cuentan que en una gran fiesta tradicional observó al grupo infantil Los Diablitos (originarios de Valle de la Pascua), quienes con su gran ejecución de una pieza llamada La Llora, enamoraron no solo al público asistente sino a la autoridad eclesiástica, quien los veía por vez primera.

Así las cosas, en una próxima festividad, para la cual era de vital importancia la presencia de González de Acuña, para que bautizara a gran parte de los fieles asistentes, los organizadores, conscientes del gusto del cura por el grupo Los Diablitos, le juraron que estos serían los principales amenizadores de aquel jaleo.

Historias de Nuestra Gente

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