Arístides Bastidas, con ojos de amor

Perfil Clodovaldo Hernández

Uno le dice “háblame de Arístides Bastidas”, a cualquiera de sus discípulos, y es como si le diera al botón de una máquina tragamonedas en un día afortunado: saltan chorros imparables de palabras, de anécdotas, de aprendizajes.

Así, pues, este modesto homenaje se escribió solo. Lo hicieron los alumnos del gran “Profe” del periodismo científico de Venezuela. Aquí está él en sus miradas de amor.

Alfredo Carquez Saavedra, quien luego se inclinó hacia el reporterismo económico, trabajó con Bastidas durante cinco años. “Me tocó ser mensajero, enfermero, periodista, secretario, coordinador de los demás pasantes y confidente de secretos, chismes y picardías. Lo recibía cada día en ‘la Escuelita’ (también llamada “la Brujoteca”), en el antiguo edificio de El Nacional y la primera tarea era leerle la prensa y comentar lo más resaltante”.

Carquez explica cómo hacía aquel hombre ciego y confinado a una silla de ruedas para escribir su columna “La ciencia amena”. “Escogíamos un tema y yo buscaba literatura (no había internet) y le leía como hasta las 11 de la mañana. Él escuchaba y escuchaba hasta que decía ‘ya’ y comenzaba a dictar con una demostración de memoria y síntesis sorprendente. Y al final siempre terminaba con un verso”.

No fueron tantos los hombres en el equipo de Bastidas. La mayoría femenina fue notable. Además, varias de las chicas que él formó hicieron carrera en el periodismo científico y se han convertido en catedráticas de la especialidad.

Marlene Risk es un ejemplo de que “la Escuelita” fue una señora escuela. Cuando Bastidas falleció, el 23 de septiembre de 1992, ella escribió una nota muy sentida, pero no triste porque eso también lo enseñaba el profesor. “Nunca sentimos que estuviera a oscuras o que sus pies estaban paralizados, porque jamás nos demostró sufrimiento. Trabajaba con ahínco y con entusiasmo, disfrutaba la música clásica, pedía que le leyeran los últimos bestsellers e incluso se echaba su palito de vez en cuando. Esto, sin contar la cantidad de actividades que ejercía en pro de nuestro país.

Mucha gente al verlo ciego y en la silla de ruedas, decía que le daba vergüenza quejarse de un dolor de cabeza o gripe. Otros confesaban que se hubieran suicidado de estar en esas condiciones. A él nada le amargaba y a todo le veía su lado positivo”.

Otro de los pocos varones del grupo, Iván González, recordó que una vez vio a Bastidas llorando. Por teléfono recibió la noticia de la muerte de una persona cercana.”Soltó su llanto como un niño desconsolado, para luego responder que cuando uno tiene ganas de llorar debe hacerlo, sobre todo cuando las lágrimas las motiva un verdadero amigo”.

Entre las albaceas de Bastidas está Acianela Montes de Oca. Ella destacó, en una nota biográfica, cómo su maestro se relacionó con Dios. Era monaguillo y un sacerdote lo golpeó en la cabeza por un error que cometió. “Arístides esperaba que Dios lo defendiera: pero el Altísimo no hizo nada. Entonces, suspendió su fe por largos años, hasta que la ciencia y la naturaleza lo convencieron de que tenía, necesariamente, que existir una fuerza, autora de tanta maravilla”.

Montes de Oca también relató que cuando Bastidas tenía tan solo 21 años, un médico pronosticó que jamás se pararía de la cama. “Él no sólo se paró, sino que se convirtió en uno de los periodistas más laureados del país. Ganó dos veces el Premio Nacional del Periodismo, el Premio Latinoamericano de Periodismo Científico John Reietemeyer, varias veces el Premio Municipal y el Premio Kalinga de la Unesco”.

Algunas de las chicas de Arístides han brillado tanto en el campo científico como en otras especialidades del periodismo. Tal es el caso de Vanessa Davies, quien también ha escrito semblanzas de su mentor. “Pensaba que el secreto de su éxito era ‘hablar el lenguaje del pueblo, porque es el más diáfano, el más pedagógico y el más exuberante’”.

Davies lo recuerda calificándose a sí mismo como “un auténtico pirata, porque mis columnas y mis entrevistas surgen de la consulta que hago en libros y con investigadores. Cuando las difundo, el público se traga el cuento de que soy un genio”.

Cuando Bastidas falleció, otra de sus discípulas, Mara Comerlati, escribió: “A nadie puede dejar de sorprender la insólita fortaleza del ruinoso cuerpo que lo mortificó hasta hoy. Lo único que se puede explicar que Arístides viviera casi setenta años, es su alma enorme, luminosísima, guiada por una inteligencia que no lo abandonó ni en sus últimos minutos. Las personas como Arístides son como esos raros ejemplares a partir de los cuales las especies avanzan en un grado más alto de perfección. Qué privilegio es haber estado siquiera brevemente al calor de su radiante humanidad”.

Citlally Gutiérrez, perteneciente a las últimas cohortes de pasantes, expresó: “Le agradezco a Dios por la dicha de haber sido su pupila. Todo lo que soy como periodista y los logros y reconocimiento que he obtenido se los debo a él. Arístides fue un ser humano inigualable, que a pesar de sus limitaciones por sus múltiples enfermedades siempre tuvo una actitud de triunfador y nos decía: ‘Uno no puede echarse los problemas y las adversidades encima de los hombros, sino que hay que montarse sobre ellos’”.

Falta espacio para otros testimonios, pero muchos se sentirán representados en las palabras de Verónica Díaz Hung: “Fue mi ejemplo, mi profe de periodismo… Era la fuerza para no derrumbarme y soportar cómo se evaporaba mi abuela con el cáncer. Era el periodista que yo quería ser. Esculpió la periodista que soy hoy. Era mi ejemplo. Asumí los valores y la ética que me hacen sentir orgullosa de mi profesión. Por Arístides Bastidas amo ser periodista”.

Ciencia en lengua diaria

Paradojas de la vida: no fue un periodista, sino un ingeniero, Félix González, quien se ocupó de recopilar los datos disponibles en un blog (La ciencia amena de Arístides Bastidas: https://lacienciaamena.blogspot.com/) con el que ha querido mantener viva la memoria del insigne comunicador.
En ese rincón del ciberespacio pueden encontrarse testimonios de sus alumnas y alumnos, así como datos de la vida de este yaracuyano, nacido en 1924.

En uno de los trabajos reproducidos allí, Joaquín Pereira reseña que antes de empezar como periodista en Últimas Noticias, Bastidas fue quincallero, buhonero, vendedor de arepas, colector de autobús, secretario de oficina y asistente de enfermería en un psiquiátrico.

Su inspiración fue una máxima de José Martí: “Poner la ciencia en lengua diaria, he ahí un bien que pocos hacen”.

En la ceremonia del premio Kalinga, el entonces director la de la Unesco, el senegalés Amadou M’Bow, expresó que “tiene el don de comunicarse o saber, en términos simples, rendir los conocimientos de más alto nivel al alcance de cada uno”.

Cuando la Universidad Central de Venezuela lo nombró profesor Honoris Causa en 1976, Bastidas, expresó: “No soy otra cosa que un labriego contento de cultivar su huerto con la mayor dedicación. Y si algún mérito tengo, reside en la terquedad con que hago la siembra, y no en la abundancia de los frutos que cosecho”.


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