Asalia Venegas en tinta de estudiante

No era fácil cursar Historia de la Comunicación a las dos últimas horas del turno de la noche en la Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela en los tempranos años 80. En ese tiempo, las clases se prolongaban hasta casi las diez de la noche y la asignatura era una densa revisión de todo lo que ha ocurrido en materia de comunicación desde que el mundo es mundo.

La clase la impartía una joven profesora que en cada jornada demostraba su erudición respecto a esa larga saga que partía de las pinturas rupestres y las primeras hojas volantes y llegaba –en ese entonces– hasta la televisión a color y las primeras manifestaciones de las tecnologías de transmisión de datos, de las cuales la más avanzada resultaba ser algo llamado fax. Era la profesora Asalia Venegas, quien se ganó a pulso un puesto en la pléyade de docentes que en aquellos tiempos educaban a los nuevos periodistas en la UCV.

Quienes fuimos sus estudiantes terminamos por entender que ese recorrido por la historia era, ni más ni menos, una piedra angular en la formación de un profesional integral. Y entendimos que la estricta seriedad que le impartía a esa temática la profesora Venegas era un atributo digno de agradecerle por siempre.

El viceministro de Comunicación Internacional, William Castillo, rememoró su época de estudiante, cuando la profesora le puso una nota mediocre, bajo el argumento irrefutable de tener pocas fuentes y escasa profundidad. Fue una lección de vida, aseguró.

La disciplina académica, el espíritu científico y ese afán escrupuloso por los detalles convirtieron a la profesora en una referencia en la Escuela de Comunicación Social, a tal punto que terminó siendo su directora por dos períodos, entre 1999 y 2005. Ese tiempo, no por casualidad, es recordado por muchos docentes como la época en la que, por fin, se abrieron los concursos de oposición, largamente aplazados en beneficio de gente que vegetaba en las aulas o, mejor dicho, en los cubículos y cafetines, sin lavar ni prestar la batea.

Antonio Núñez Aldazoro lo cuenta así: “Muchas y muchos docentes de la ECS-UCV nos comprometimos a enfrentar nuestros concursos de oposición a principios de la década pasada, porque Asalia asumió el compromiso histórico de regularizar la situación docente de la Escuela (era la directora), pues se trataba de una reivindicación necesaria con la institución y los estudiantes. Además, el ‘contrato eterno’ y la ‘no apertura’ de concursos correspondían a una estrategia política de no dar cabida a las nuevas generaciones de profesoras y profesores por la amenaza que eso significaba para el statu quo de los dinosaurios de siempre. Entonces, Asalia asumió el reto, no se detuvo ante el riesgo y alentó a muchos docentes contratados a que nos preparáramos, y con una altísima calidad hiciéramos nuestras pruebas. Y le cumplimos”.

Por supuesto que en tiempos de alta confrontación política, una persona como ella, plenamente identificada con la Revolución Bolivariana, no podía salir ilesa de un lugar clave para las batallas por venir como era la escuela de periodismo de la Central. El grupo de profesores opositores que floreció allí (igual que en el resto de la UCV) no estaba contento con tener una directora chavista y, obviamente, le hicieron su guerrita particular.

Asalia no salió ilesa, pero sí bien librada porque, como dice otra de sus estudiantes, Tatun Gois, era “una maravillosa mujer, una periodista ética, responsable de su verbo, absolutamente entregada al ejercicio de la verdad y a la formación integral de los estudiantes”, pero además “combativa acuciosa, elegante, divertida, amable y profunda”.

La combatividad acuciosa la ayudó mucho cuando asumió la Secretaría del Consejo Nacional de Universidades, otro terreno minado por las posturas políticas y por la defensa de los cotos de poder grupales y personales.

Su apego a la ética fue clave para formar a una ristra de promociones de licenciados en Comunicación Social y también para ser integrante del Directorio de Responsabilidad Social previsto en la llamada Ley Resorte. Igualmente, ocupó el novedoso cargo de defensora de las usuarias y los usuarios de Radio Nacional de Venezuela.

La entrega al ejercicio de la verdad y la responsabilidad en el verbo fueron cualidades que demostró como articulista del diario Últimas Noticias, cuyas páginas de opinión han logrado una virtud poco común en Venezuela: en ella se han confrontado posiciones políticas encontradas de manera bastante paritaria.

La versatilidad demostrada le valió numerosos reconocimientos: varios premios municipales y el Premio Nacional de Periodismo, primero en el renglón de la Docencia y luego en el de Opinión.

Otro de sus aportes fueron en el campo bibliográfico. Coordinó dos ediciones de la revista Comunicación en 1997. La primera se tituló Múltiples escenarios , diversas confrontaciones. El segundo número fue Las comunicaciones hacia el III milenio: desarrollos y tendencias.

En 2012 tuvo la responsabilidad de compilar Chávez en tinta de mujer, un libro en el que doce periodistas y escritoras y una artista plástica se aunaron para mostrar su visión del comandante (Ediciones Correo del Orinoco). En esa pequeña muestra de la palabra femenina, la compiladora también es autora con una selección de sus artículos previamente publicados en la prensa, en los que abordaba diversos aspectos de la actualidad del momento, siempre con esa visión del contexto histórico con la que activó la conciencia de tantos estudiantes en sus eruditas y sustanciosas clases. En esos y en otros artículos demostró –como lo hacía en sus disertaciones– que los humanos estamos batallando con las armas de la comunicación desde que el mundo es mundo.
_________________________

Ovaciones salpicadas de lágrimas

En nuestro pequeño mundo del periodismo se sabía de la gravedad de la profesora Asalia Venegas. Había conciencia de que sufría una enfermedad degenerativa, de esas que te van doblegando día a día, sin tregua, como si te hubiesen condenado a un largo tormento, en su caso absolutamente inmerecido. Pero aún sabiendo eso, la noticia de su fallecimiento golpeó de la misma manera súbita y despiadada que lo hubiese hecho un accidente fatal. Se demostró, una vez más, que la muerte siempre nos sacude, por más anunciada que esté.

En junio, el Movimiento Periodismo Necesario había hecho de tripas corazón para rendirle un sencillo y conmovedor homenaje en la entrega del premio Aníbal Nazoa. El reconocimiento –en ausencia– a su digna trayectoria provocó la ovación más larga de la jornada, salpicada ya de algunas lágrimas.

El lunes, cuando se confirmó que había finalizado la cruel agonía, circuló por las redes una bella semblanza escrita hace un tiempo por Simón Ernesto, su hijo periodista (el otro, Argimiro, es médico), en la que contó cómo, siendo niño, aprendió el valor del feminismo, un día que alguien presentó a su mamá como “la esposa de Earle Herrera”. Ella hizo la aclaratoria: “Ese no es mi nombre: me llamo Asalia Venegas”. Quienes la conocimos nos imaginamos la escena y a ella diciendo esa frase con su voz delicada pero firme, y nos provocó aplaudir de nuevo. Con lágrimas, claro.

Clodovaldo Hernández

Únase a la conversación