Bertolt Brecht, el rebelde imprescindible

Fue un rebelde desde que estaba en la escuela. Cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial, escribió un ensayo estudiantil refutando nada menos que al poeta de la antigüedad Horacio, quien había dicho, en su momento, que era un dulce honor morir por la patria. “Es propaganda barata para tontos”, escribió el futuro ícono de la dramaturgia. Y por eso quisieron botarlo del colegio.

Aquello era apenas el comienzo, porque al adolescente Bertolt Brecht le esperaba una existencia entera de rebeldías e intentos de sanción por parte de los poderes establecidos. Apegándonos a su propia definición, hay que concluir que él fue un imprescindible porque luchó toda la vida.

Su proclama antibélica no le sirvió de mucho cuando en 1917 lo obligaron a interrumpir sus estudios de Medicina para cumplir el servicio militar como improvisado médico de campaña, es decir, en contacto brutal con los horrores de la guerra. Tenía apenas 19 años, pues nació el 10 de febrero de 1898 en Augsburgo, Alemania.

Una de sus primeras obras teatrales, Tambores en la noche, aborda un tema derivado de la guerra a la que se opuso: la represión al levantamiento espartaquista, un movimiento que el Gobierno alemán (el de la llamada República de Weimar) sofocó para impedir que en ese país se produjera una revolución similar a la rusa.

La pieza se puso en escena en 1922 y causó un gran impacto, sobre todo porque terminaba con una advertencia al público: lo ocurrido sobre las tablas era ficticio, pero en el mundo real estaban ocurriendo carnicerías humanas similares o peores.

Esa revulsiva obra marcó la impronta de Brecht como dramaturgo. Luego vendrían muchas otras, de las cuales la más notable fue La ópera de tres centavos, una lacerante crítica al capitalismo, con aires de lo que luego sería la comedia musical.

El contenido subversivo de La ópera de tres centavos causó su censura en Alemania desde 1933, cuando comenzaba la etapa del poder omnímodo de Adolf Hitler y el nazismo. Tuvo que escapar y vivir en el exilio en varios países de Europa y en Estados Unidos.

El mensaje cuestionador de la burguesía expresado en esa y otras obras del repertorio de Brecht causó especial revuelo porque eran los miembros de esta clase social –y los aspirantes a ingresar a ella– quienes integraban la inmensa mayoría del público teatral.

Brecht se propuso romper con ese sesgo clasista y hacer del teatro un medio para la formación de conciencia social. Quiso que el arte dramático fuese un lugar de confluencia para los trabajadores, una herramienta de la lucha de clases.

En Latinoamérica de finales de los años 50 y a lo largo de los 60 y parte de los 70, con el auge de los movimientos antiimperialistas, cuyo emblema fue la Revolución Cubana, el teatro de inspiración brechtiana vivió momentos estelares. En casi todos los países de Nuestra América surgieron grupos de teatro hechos por o dirigidos a obreros y de contenido abiertamente clasista.

Brecht se refería a su enfoque peculiar como teatro épico. En este caso, la palabra no se refería a la heroicidad y las grandes hazañas, sino a su carácter más narrativo que dramático, según la tipología aristotélica. Una vez que su propuesta tomó cuerpo como escuela de pensamiento teatral, algunos optaron por llamarlo más bien teatro dialéctico, por la intención reflexiva (y combativa) que abrigaba, desde el punto de vista ideológico y político.

Para lograr el objetivo, utilizó un conjunto de técnicas agrupadas bajo la denominación verfremdungseffekt, que en alemán significa distanciamiento. Quería sacar al espectador de su rol de receptor pasivo y emocional del mensaje. Pretendía hacerlo reflexionar. Entre esas técnicas estaba la apelación directa de los personajes al público, el uso de grandes carteles y la incorporación de la música. En cierto modo, la idea era que el espectador no entrara en el juego de la ficción que implica el teatro, sino que recibiera el mensaje y se problematizara acerca de él.

Luego de concluida la Segunda Guerra Mundial, cuando Brecht pudo regresar a su país, lógicamente quedó del lado oriental, el vinculado al bloque soviético, que correspondía a sus ideas políticas, pero las técnicas del distanciamiento fueron asumidas incluso por dramaturgos y cineastas de la acera opuesta. Aún hoy lo hacen.

Durante sus años de exilio, en Dinamarca, Suecia y Finlandia, Brecht escribió varias de sus obras fundamentales, entre ellas La vida de Galileo, Madre Coraje y sus hijos, El alma buena de Szechwan y El círculo de tiza caucasiano. Luego estuvo en la Unión Soviética y en Estados Unidos, donde trató inútilmente de ser guionista de la industria cinematográfica. No lo logró y, por el contrario, terminó incluido en las listas de sospechosos de realizar actividades antiestadounidenses. Una vez más debió huir a otro país por causa de su atrevida propuesta.

Al final de su vida estuvo radicado en el lado Este de Berlín y era una figura del bloque socialista, al punto de haber recibido el Premio Lenin de la Paz en 1955. Al año siguiente sufrió una súbita enfermedad y falleció en un hospital. Desde entonces no ha faltado quien diga que las autoridades alemanas orientales también lo consideraban incómodo y por eso le habrían dado un tratamiento “médico” que procuró eliminarlo, en lugar de curarlo.

En 2006, a los 50 años de su muerte, un diario alemán publicó las grabaciones del entonces director de la Stasi (policía política) Erich Mielke, que confirmarían esa tesis. Al parecer, el dramaturgo estaba a punto de formular unas denuncias contra personajes del gobierno. Es decir, que tal como en sus años de escolar irredento, el imprescindible Brecht seguía declarado en rebeldía ante los poderosos.

La ola brechtiana

Leonardo Azparren Giménez, en un trabajo titulado Los setenta: contexto crucial del teatro venezolano, afirma que los nuevos realizadores teatrales venezolanos se habían formado al calor del comienzo de la etapa democrática, en 1958, pero luego fueron influidos por la utopía revolucionaria que había llevado a muchos jóvenes a las guerrillas. “En ese contexto comenzó el reinado de Bertolt Brecht y de Antonin Artaud, lo que ocasionó conflictos ideológicos y también estéticos. Muchos compraron a Brecht sin estudiarlo realmente, solo porque su nombre era sinónimo de avanzada”, asegura.

Azparren considera que el exponente más destacado del teatro brechtiano en Venezuela fue Rodolfo Santana, mientras que en el Teatro Universitario de la UCV, destacó Nicolás Curiel.

Santana, de acuerdo con este y otros investigadores, fue brechtiano tanto en lo conceptual como en lo técnico y por eso sus trabajos siempre resultaron apropiados para la reflexión distante y el combate político.

Otros también hicieron obras muy brechtianas. Algunos críticos mencionan los primeros tiempos de José Ignacio Cabrujas, sobre todo con El extraño viaje de Simón el malo.

Un autor actual ubicable en esa corriente es Pedro García Gámez, Premio Apacuana de Dramaturgia Nacional con su pieza Oscuro, de noche, en la que, incluso, un personaje increpa al público. Difícil encontrar algo más brechtiano en estos tiempos.

Perfil Clodovaldo Hernández

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