Cabrujas, un fiel Tiburón…

De fina pluma y verbo acertado, vivió mucho en poco tiempo

Muy poco espacio para tanto que hay que escribir sobre José Ignacio Cabrujas Lofiego, (la “s” del final fue un error del periodista Lorenzo Batallán, y, como le gustó, desde entonces se adueñó de ella). Lo expondremos según el recuerdo, desde lo profesional y lo crítico. Difícil no repetir cosas ya dichas. Lo primero es que este caraqueño, de Catia, nacido el 17 de julio de 1937, vivió y escribió con suprema intensidad y don didáctico sus cortísimos días, a los que puso fin un antojoso infarto que fue a buscarlo a Margarita, y con apenas 58 años, el 21 de octubre de 1995, lo arrancó desde lo físico, pero lo sembró espiritual y mágicamente en todo su pueblo, que quedó tan impactado, quizás tanto como cuando él decidió ser escritor a raíz del impacto que le causó haber leído Los Miserables de Víctor Hugo: “Tengo que escribir”.

Consciente del acierto de otro gigante, Aquiles Nazoa, al enunciar su apocalíptica frase: “El que vive para escribir, ni escribe ni vive”, Sebastián Montes (su seudónimo) se empeñó en ser la excepción que confirma la regla. Produjo calidad y vivió como quiso. Se casó tres veces: Democracia López, Eva Ivanyi e Isabel Palacio. Sus hijos: Juan Francisco y Diego.

Entonces, como ahora, no faltó la crítica vacía, por ello afirmó: “Cuando comencé a trabajar en televisión me criticaron: el intelectual de izquierda que traiciona la causa, vendiéndose a una emisora para darle rating y meterse un billete. Eso fue tormentoso, me afectó muchísimo. Porque ni yo mismo estaba seguro de poder calificar mi decisión de hacer televisión. Ahora sí la tengo clara. Ahora sí creo que no me equivoqué. Le tengo pánico a vivir del Estado”.

Es reconocido como el padre de la telenovela cultural en Venezuela. Ya había dejado huella, con su tinta, en el teatro y en varios guiones de buen cine, así como articulista, faceta en la que su fino y mordaz sentido crítico cayó sobe toditos los políticos del país.

Su formación y militancia izquierdista quizás lo hayan exigido más desde lo académico y cultural. Su calidez humana entremezclada con sentido del humor y una punzante tenacidad distinguen sus creaciones literarias.

Brilló tanto cuando actuó en exigentes roles de obras de importancia del teatro mundial, así como en su oficio de profesor universitario.

Empeño y dedicación sumaron a su talento, que lo colocó en lotes superiores en su cotidianidad, por lo que recibió justos reconocimientos de los que jamás se ufanó; salvo su confesión sobre su mejor título: Fanático Fiel de los Gloriosos Tiburones de La Guaira.

Desmitificó la historia en su rescate de la propia historia. Lo conocí, y, aunque sin cruzar palabras, hay gran admiración y respeto por el legado del genio de tono intimidante y severamente seguro de sí mismo.

Ciudad CCS / Luis Martínez

 


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