El Calvario, parque Ezequiel Zamora | Un lugar para encontrarnos con la historia y con el presente

Su especial ubicación se nota cuando al venir caminando desde el centro de Caracas, nos sentimos, de repente, por primera vez, envalentonados frente...

El conocido Calvario de Caracas ha pasado por diferentes épocas, pero nunca ha dejado de ser un lugar especial por su ubicación, su forma, su cercanía con el eje central y con varias parroquias, pero, sobre todo, por su historia tarambana y progresiva. De colina para procesiones y entierros, pasó por ostentoso jardín afrancesado y hasta a vereda pública, hasta que fue progresivamente descuidado, se sumió durante décadas en penumbras, por el cual, al pasar, corrías por tu propia cuenta y riesgo. Ahora la gente se reúne y deja sentir una esperanza real.

Su forma final atravesó por varios tropiezos y aportes fractales, desde que fuera elegido camposanto, poco después de la fundación de la capital, a comienzos del siglo XVII. El obispo de Caracas, de aquel entonces, fundó ahí la primera capilla para incentivar las procesiones y los cristianos ritos mortuorios en las adyacencias. Al emblemático y afrancesado Guzmán Blanco, quien había fundado el cementerio general del sur para liberar de toda responsabilidad tanática la colina central del valle, le dio por construir ahí un jardín a la moda europea, y poner una estatua en honor a sí mismo, que la plebe enardecida en contra del narcisismo señorial derribaría posteriormente. Las caminerías se fueron ampliando y reforzando, y se han restaurado en diferentes momentos, pero, según fotos de varias épocas, la forma es esencialmente la misma. En consecuencia con la precolombina, en 1884 se construyó en estilo neogótico la Capilla de Lourdes de El Calvario, la cual exhibe una complejidad arquitectónica, que, por su ubicación en la pendiente, muy bien puede servir para aficionados curiosos y hasta para estudios especializados. Nueve años después de la capilla, la construcción del Arco de la Federación completaría el complejo que le da entrada suntuosa. Un recorrido para carruajes fue, durante décadas, el espacio más concurrido y el pulmón vegetal de la población caraqueña en su ensanchamiento. La estatua de una mujer desnuda del torso hace referencia a un personaje con problemas mentales que se convirtió en ícono de la zona. Otras plazas y bustos como los de Ezequiel Zamora, Agustín Codazzi, Cervantes, Teresa Carreño y Pedro Elías Gutiérrez afianzan el valor histórico y educativo. Hay una pequeña representación del Partenón, una Plaza Bolívar helicoidal, miradores hacia el este, el norte y el sureste, y un misterio acerca de la estatua de Cristóbal Colón, que alguna vez recibió a los visitantes cuando, jadeantes, terminaban de subir los 90 escalones de su antesala original, con lo que hacía honor a su nombre. Aquella estatua del genovés seguramente también fue arrancada por esa aversión al principio señorial que derribó la del ilustre afrancesado.

Ahora queda un presente donde podemos ver clubes de artes marciales, martes y jueves, adultos mayores haciendo aerobics despacito, pero con mucha risa, cristianos dándose abrazos para disfrutar del prójimo, aunque sea un ratico antes de que lleguen las culpas; parejitas de todos los colores y tamaños, algunas, al comienzo, cuando planifican posibles caraqueñitos, otras cuando reavivan las llamas dando algún espectáculo panegírico. Cantantes, músicos, estudiantes, hasta yoga iniciático, los sábados, con la instructora Belkis Ruiz, guardias nacionales sembrando en algunos espacios aprovechables, estudiantes en grupo anotando leyendas, scouts como arroz haciendo jornadas de reforestación coordinadas con las instituciones y, claro, muchos niños adornando, aliviando, iluminando, saltando, alegrando, pintando nuestra vida cotidiana, a pesar de la crisis y de todos los infortunios, en pleno centro de Caracas.

Así, tenemos un espacio de tránsito, ejercicio, entrenamiento, reunión, esparcimiento, conversación, diversión, contemplación, cortejo y seducción en todos los sentidos, para todas las edades y gustos. Un espacio tan accesible que te puedes acercar con una botella de agua, un tique del metro y las ganas de sentir las pruebas tangibles de una esperanza, la esperanza en un proyecto futuro, tanto del que le toca irse, como del que le toca quedarse. La esperanza de no perder ese espacio nuevamente, como el recorrido lúgubre con el que me crié durante dos décadas de abandono.

No importa si es un cortejo que traerá futuros caraqueñitos, conversaciones e interpretaciones para sembrar poemas, salutaciones al sol para nuestra salud física, estudios sistematizados para tareas universitarias… cuando el espacio público se presta tanto, es porque debemos apropiárnoslo y protegerlo. Quizá, muchas religiones en principio, así como para abrazarse, no fueron más que una justificación para reunirse. Nosotros tenemos algo más que una excusa, estamos inventando una nueva cultura, entre todos.
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Nueva vida en la ciudad

En su pasado remoto, y hasta el no tan remoto, las culturas surgen en espacios que dan forma a su cosmogonía, por eso el andino tiende a ser silencioso, el oriental escandaloso y el llanero recio. El caraqueño es más complejo. En algún tiempo, los espacios públicos eran escasos, oscuros y peligrosos. El gobierno ha logrado activar muchos espacios que sirven para el encuentro y la reunión, con todo lo que eso implica. Conversar, tocarse, reflexionar, avanzar, pensar, organizar, pintar, ejercitar, fotografiar, contemplar la ciudad desde miradores muy estratégicos, admirar el Waraira Repano justo al frente son actividades propicias para la gestación de nuevos valores. Y, si esa ventaja la tenemos a unos cuantos pasos del centro de Caracas, podemos salir del trabajo periódicamente y adelantar en nuestra misión de gestar un nuevo modelo de vida.

ARGIMIRO SERNA / CIUDAD CCS
FOTO ENRIQUE HERNÁNDEZ

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