El Che: guerrillero todo terreno

Las manos del Che curaron heridas, jugaron ajedrez, dispararon y atajaron penales

Alguna vez el Che creyó que moriría de un ataque de asma, en una loma de la Sierra Maestra cuando estaba al frente de la guerrilla y hostilizaba a Sánchez Mosquera, aquel hombre feroz que estaba al servicio de Fulgencio Batista.

Aunque se sabía desprovisto del calmante en su vaporizador, en un movimiento de ataque y retirada, el asma traidora lo tiró al suelo, pudiendo ordenarle a su gente que lo dejaran solo, “Uno de ellos, un muchacho joven, se escondió muy cerca de donde yo estaba y sin que yo supiera esperó para ayudarme, pasaron las horas y también un par de días. Yo tenía entonces un ataque tan fuerte de asma que creí entonces morir víctima de este”.

Así, muchas veces parapetado entre las ramas, descansó valientemente el corazón acelerado. Decía que el asma se vengaba de él, tantas veces había intentado dejarlo sin vida a un lado del camino y el Che llevándosela a cuestas sin detenerse. El comandante guerrillero no tenía ganas de morir.

Hacer la revolución fue lo suyo; quizá se debatía en su juventud, en momentos de confrontaciones mundiales, entre hacer la revuelta o jugar rugby, uno de sus deportes favoritos y que también se vio tuncado por aquella limitante respiratoria. A “chancho”, como le decían en aquella etapa deportiva, por bohemio y por desprolijo, le ganaron las ganas de hacer la revuelta.

Pasaron 39 años para que algo coartara la senda de Ernesto Guevara, algo como una bala en el corazón. Antes, durante casi dos horas de descenso por una montaña para llegar a la Quebrada del Churo, en la Bolivia donde el Che pensaba que debía continuar la lucha y donde fue capturado, la dificultad respiratoria también estuvo presente.

De más está aquella imagen expuesta de Ernesto abaleado afuera de la escuelita, hoy santuario que no tiene más espacio libre en sus paredes llenas de mensajes, fotos, banderas en un vano intento por superar la muerte en La Higuera.

El ataja penales, ajedrecista y doctor fue un verdadero héroe del día. En Perú, salía por las tardes a jugar fútbol con los pacientes de un leprosorio de San Pablo, en donde se había convertido en un eminente médico.

Al término de su estadía de labor social, la balsa Mambo -tango lo alejaría a otros territorios hacia un destino caribeño y más revolucionario.

Escribiría sobre ello: “Ese vagar sin rumbo por nuestra ‘Mayúscula América’ me ha cambiado más de lo que creí”. Así dejaba el fútbol y se encaminaba a fines más armónicos con las necesidades de América.

Ciudad CCS / Francis Cova

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