Daniel Santos canción necesaria, canción borracha

Perfil Clodovaldo Hernández

El 27 de noviembre de 1992, mientras Caracas era una escena de guerra, con aviones bombardeando el centro de la ciudad, fallecía en Florida, Estados Unidos, uno de los grandes íconos de la canción popular latinoamericana del siglo XX: Daniel Santos.

La segunda asonada militar del año hizo que la noticia no tuviera el impacto que hubiese merecido la muerte de uno de los reyes de la vida nocturna venezolana, al menos en su segmento de botiquines rockoleros.

En el resto de Latinoamérica fue uno de los principales temas de conversación, en especial en su Puerto Rico natal, en La Habana de sus amores y en la ancha franja que va desde México hasta Perú y más allá. También conmovió al mundo latino de Estados Unidos, pues, justamente, había comenzado sus andanzas musicales en los arrabales de Nueva York, cuando apenas era un adolescente.

Su historia es la de muchos: parte de una familia sumamente pobre, estaba de limpiabotas en Brooklyn cuando fue tempranamente descubierto. No tenía edad ni siquiera para entrar al bar donde debutó, llamado Los Chilenos. Años más tarde, se estaba presentando en un lugar de Manhattan. Luego de cantar Amor perdido (un clásico del despecho que también fue interpretado por otros grandes como María Luisa Landín y Javier Solís) fue invitado por uno de los presentes, quien resultó ser nada menos que el compositor de la pieza, el mítico Pedro Flores, que desde entonces lo distinguió con su preferencia.

De Pedro Flores es también Despedida, una canción que habla de la partida de los soldados hacia la Segunda Guerra Mundial, entre quienes había muchos puertorriqueños. La desgarradora historia causaba tanta conmoción que se prohibió su difusión radial para no estimular las deserciones. A pesar de ese mensaje, el propio Santos, con algo más de 25 años, fue reclutado y enviado a filas. Como en un deja vu, cantó con toda propiedad aquello de “Vengo a decirle adiós a los muchachos / porque pronto me voy para la guerra”.

El mensaje de Despedida fue el comienzo de varios desencuentros con las autoridades estadounidenses, que empezaron a mirarlo con recelo. La situación se agravó cuando, al retornar del frente, se sumó al movimiento independentista puertorriqueño, liderado por Pedro Albizu Campos, “el último libertador de América”, quien pasó buena parte de su vida tras las rejas de las prisiones imperiales.

De esa etapa es Patria y fronteras, en la que hace un llamado a los jóvenes a empuñar fusiles por la libertad de Borinquen. “Es triste vivir sin bandera, sin patria ni gloria y sin libertad”, dice esta poco conocida muestra de la canción necesaria. No fue el único tema de esas características, pues en uno titulado Yanqui go home, a dúo con Pedro Ortiz Dávila, apodado “Davilita”, sueltan esta perla: “¿Por qué no se llevan sus aviones? / ¿Por qué no se llevan sus cañones? / ¿Por qué no se llevan sus matones? / y se van de aquí”. El coro repite: “¡Fuera yanqui, go home, fuera yanqui!”

Para terminar de granjearse la antipatía de EEUU, Santos compuso Sierra Maestra, considerado uno de los himnos de la Revolución Cubana. El intelectual colombiano Hernando Calvo Ospina dice al respecto: “El verdadero autor de la letra del himno que el 26 de julio se escucha tempranito por todos los lugares en Cuba, no fue un cubano ni un intelectual. Lo escribió uno de los más grandes músicos que ha dado América Latina, además de ser bohemio, parrandero, machista, borracho y consecuente con su origen de clase, el puertorriqueño Daniel Santos, a quien la vida todo le dio, menos la independencia de su isla”.

Calvo Ospina, quien ha sido uno de los estudiosos más prolijos del legado de Daniel Santos, precisa que el de ese himno no fue el único terreno en el que el borincano superó tanto a la derecha como a la izquierda. En un hermoso artículo titulado Más que Inquieto anacobero, expresó: “La oligarquía habría deseado quemarlo, atizando la candela con sus discos. Los pequeños burgueses de izquierda lo trataron como otro ‘opio del pueblo’. Es que era un cantor de la marginalidad, o sea, de las mayorías. Era rey para obreros, negros, desempleados, matones, amas de casa y putas. Sus boleros, guarachas, mambos y sones estuvieron en cumpleaños, bodas, fiestas de pueblo y bares de ‘mala muerte’. Se le veneraba, por poco se le construyen altares”.

La vida de Santos, ciertamente, no fue la de un revolucionario ejemplar. Bebía hasta en el escenario, fumaba marihuana, era mujeriego (y más específicamente putañero), tuvo doce hijos y estuvo preso varias veces por cuestiones de faldas y de copas. El mismo apodo es representativo de lo que fue su vida. Los biógrafos dicen que en el argot de una de las ramas de la santería cubana la palabra anacobero significa diablo. Él era así, una especie de Mefistófeles de la noche latinoamericana.

En el libro Vengo a decirle adiós a los muchachos, del periodista y escritor puertorriqueño Josean Ramos (citado por Calvo Ospina), se le atribuyen estas palabras autodefinitorias: “Yo entro a cualquier barrio del mundo, porque en todos se habla un idioma común, el idioma de la pobreza, y, aunque haya matones, tecatos, putas o contrabandistas, siempre me respetan. Para otros son barrios malos, para mí no. Yo sé lo que ha pasado esa gente porque yo nací así, qué carajo. Nací pobre y al pobre le echan la culpa de todo lo malo. Hay gente noble en esos lugares atestados de dolor. Yo conozco todos esos barrios de Latinoamérica, he estado en todas sus barras, me he dado el trago con todos sus borrachos. Esa es la realidad de esos sectores marginados que tanto han contribuido al desarrollo de la música popular latinoamericana”.


Únase a la conversación