Del Black Fraude al Black Freddy

El famoso Viernes Negro (el último viernes de noviembre) que agitó masas, unió clases sociales y políticas en una sola: consumistas; alborotó a un gentío para que saliera a gastar su platica, sus aguinalditos, persiguiendo ofertas engañosas, en lo que pasó a convertirse en un Black Fraude.

Nos la damos de autóctonos y vivimos en una sola quejadera, pero a la hora del consumo masivo adoptamos costumbres extranjeras (netamente gringas), dejamos de defender lo nuestro y salimos a consumir hasta lo que no tenemos, solo por estar a la moda.

Ese día (y noche) toda Caracas enloqueció. En carros, motos, taxis, metro y a pie, la gente salió a las grandes tiendas por departamentos y a centros comerciales casados con el fulano Black Friday, donde ofrecieron desde un 2×1, hasta un lleve 3 y pague 2, o compre con descuentos de 40, 50 y 60%.

Confieso que me llevaron engañado (mentira, bajo la promesa de que después de esa “jornada gastiva” íbamos a bebernos unas birras). Fuimos a un famoso centro comercial, cuyo nombre debo omitir por razones publicitarias, jajaja.

No cabía un alma. “Nainaloca”. Los centrocomercialeros de oficio, que se delataban por sus caras de complacencia ante esos ríos humanos de consumidores compulsivos, coincidieron en que aquello era una burla: ofertas a precios nada accesibles o mercancía de pacotilla que no había salido de las vidrieras durante todo el año. Con respecto a la mercancía realmente atractiva, de calidad, dijeron que el día anterior marcaban un precio cercano a la mitad del valor que tenían ese funesto viernes mentiroso y estafador, porque la verdad verdadera es que ninguna tienda estaba rebajando nada.

La ausencia de supervisión de entes estatales para proteger al comprador facilitó el abuso de los comerciantes.
Hasta las farmacias estaban full. Verga, será que aparte de esta locura colectiva hay otra enfermedad, me pregunté. No señor, es que están regalando cupones para una rifa, pero si usted gana debe estar presente, si no, su premio se lo dan a otra persona. No joda, o sea que hay que pasar cinco o seis horas en esa farmacia a ver si la pegas y te ganas una pila de un celular o quién sabe qué otro premio. Qué bríos.

Por supuesto, ese día resultaba ideal para el tradicional desfile de moda y de belleza que significa en sí mismo la estética de la mujer venezolana. Colirio para nosotros. Había una especie de competencia improvisada, aderezada por los implantes no solo de senos sino de glúteos.

Ciudad CCS / Luis Martín

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