Dos paradojas

Santiago Díaz

Hay un bloqueo económico prácticamente total, pero la amenaza militar sigue asomándose cada cierto tiempo. A veces nos provocan por la frontera oriental, aunque problemas internos de salud y gobernabilidad han obligado al señor Granger a bajar el perfil. Desde Brasil también a veces parece que va a pasar algo pero, según dicen, la casta militar de ese país está mucho más clara que su presidente y pone trabas para que no se active un conflicto de consecuencias impredecibles para la región. Colombia, por su parte, cuenta con una clase política dispuesta a dejar que mueran miles de venezolanos y colombianos. No les tiemblan los dedos para presionar la tecla de la guerra. Si sus militares son un poco más sensatos que sus oligarcas es algo que todavía está por verse.

Las múltiples hipótesis de conflicto confirman un dicho particularmente paradójico que uno oye a cada rato, pero rara vez reparamos en su gravedad: si quieres paz, prepárate para la guerra. La oposición, siempre demagógica, juega a que el pueblo sea tan mezquino y tapado como ellos cuando nos recuerda constantemente que con lo que cuesta un avión caza podemos comprar medicinas. Nosotros, como no somos gafos, entendemos que el problema de las medicinas es que los grandes laboratorios se niegan a negociar con el Estado venezolano. Además, sabemos que esos aviones, tanques y artillería antiaérea, aunque, suene rudo, son lo único que evita que los países vecinos se animen a hacer una locura.

La segunda paradoja requiere que cambiemos de tema para hablar sobre el caso de la “agencia de modelaje” que jugaba a distribuir fotos de niñas en foros privados de Internet. La cruda realidad es que la pedofilia es algo que existe desde que existe la humanidad. Al pasar un ojito por nuestra historia entendemos que, como la homosexualidad, esto no es una moda ni una enfermedad contagiosa. Hay gente que nace así y punto. La diferencia, claro, es que una relación homosexual consensual es tan inofensiva y válida como una relación consensual heterosexual. Un pederasta, por el contrario, no puede satisfacer sus deseos sin hacerle un daño terrible a un niño y a todo su entorno.

Afortunadamente, las autoridades ya están desarticulando y castigando esta monstruosidad. Pero toca aceptar que muchas familias atormentan, humillan y aíslan a sus miembros homosexuales, que no le han hecho daño a nadie, mientras ven para el otro lado cuando un tío empieza a sobar a sus sobrinitas de 11 años. “Déjalo. No busquemos problemas en esta fiesta de año nuevo”, dicen. Estos cómplices del horror parecen no entender que, paradójicamente, hace falta mucha malicia para proteger a la inocencia. Una fiesta arruinada bien vale la pena para evitar que le destruyan la vida al inocente.

@letradirectasd


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