Dos parroquias. Del Waraira Repano a la plaza San Jacinto, pasando por Gradillas

El Waraira, por los lados de San Bernardino, y las dos esquinas más movidas del centro, son esa Caracas mía

Responder a la pregunta ¿cuál es tu lugar preferido de Caracas? y que además tengas que hacer una crónica de eso, es una pauta periodística que, seguro, miles, millones de personas quieren hacer. Pero si usted vive cerca de la avenida Boyacá o Cota Mil, y ya descubrió la maravilla de montaña que es el Waraira Repano o el Ávila, como aún muchas personas la llaman, seguramente disfrutará leyendo esta historia tanto como yo escribiéndola.

En rigor, no cumplí con la pauta. No pude elegir entre dos lugares llenos de nostalgia, melancolía e instantes de felicidad. Siga leyendo.

Hace 21 años me mudé a San Bernardino, parroquia con varias entradas al cerro. Hay siete caminos “de Petare rumbo a La Pastora” como dice aquella canción de Ilan Chester. El que yo he subido con frecuencia se llama sector Gamboa. La primera vez que subí por allí con intenciones fitness, ya a los cien metros necesitaba una bomba de oxígeno, y también necesité una bolsa para ocultarme la cara de vergüenza, pues aunque creí que solo yo era testigo de mi desesperación por agarrarme de algo, de alguna ramita, que me impidiera rodar estrepitosamente por el piso; la verdad fue que tres militares se reían de mí en silencio, veinte metros más arribita. Pero esa es otra historia.

Este martes 6 de agosto subimos con la intención de reencontrarnos con una montaña a la que yo tenía mucho menos tiempo sin subir que Jesús Castillo, jefe de fotografía de Épale CCS, quien tenía unos tres años sin visitarla. La razón: de su última subida tiene recuerdos nada gratos pues bajó en camilla debido a una fractura sufrida en el camino de regreso de una pauta: hacer cumbre en el pico Naiguatá.

Como en casa

Saludé a los compañeros conocidos de esa ruta, esos que suben de lunes a viernes. Los asiduos, los fanáticos, los adictos a la magia que da la vegetación de ese cerro. Iván, el “filósofo del Ávila”, chocó nudillos como tantas otras veces. “Saludos, amistad” dijo sin detenerse. Luego la señora setentona. Es una corredora de maratones que me saludó con el consabido “tenías bastante tiempo sin subir”. Tanto tiempo tenía sin subir que me estampó por primera vez un beso en el cachete. Vi al historiador Agustín Blanco Muñoz. Sigue con la misma tumusa, ahora bañada de ceniza, y los mismos músculos africanos de cara al sol de los años 80 ucevistas. Y vi por supuesto a la “Nona”. La inmigrante italiana de 80 años que empezó a subir a los 70, cuando murió su esposo.

Para esas tribulaciones propias de los tiempos que corren, el cerro funciona como una especie de exorcismo, un despojo pacífico y voluntario de tormentos reales o imaginarios. Una tripa mágica.

Del Waraira a San Jacinto

De la parroquia San Bernardino bajamos hasta la parroquia Catedral hasta llegar a la mismísima Plaza Bolívar de Caracas. De la esquina de Gradillas (llamada así porque había allí unas escaleras que parecían eso, unas gradillas) en el lado Este de la plaza, donde está la sede de Ciudad CCS, caminamos para seguir hasta San Jacinto, que es el nombre de un mercado de economía popular que debería redimensionarse o mudarse.

Justo al lado de ese mercado está la plaza El Venezolano con su también incomprendido “Faluco”, su viejo reloj y su paseo Linares con techo de paraguas multicolores, mudos prootagonistas de un incipiente turismo citadino. También allí todos los viernes se arman las rumbas de salsa más públicas que conozcamos.

Entre esas esquinas hay siglos de historia, como la Casa del Vínculo, primer hogar de Simón Bolívar con María Teresa del Toro.

De Gradillas a San Jacinto se pueden conseguir artículos tan disímiles como útiles. Restaurantes, cafés, luncherías, ventas de telas, ventas de helados que recuerdan a Cuba, una franquicia de cocadas, zapaterías, piñaterías, perfumes, librerías, una sucursal bancaria, tiendas deportivas y una interesante dinámica que en su conjunto abona para ese turismo citadino tan necesario para propios y extraños. En le edificiio Gradillas está la sede de Ciudad CCS, una escuela de Comunicación Popular (la Yanira Albornoz) y una revista dominical (Épaple CCS). Otra tripa más, pues.

Esquinas y árboles, oxígeno y concreto, senderos y café, tierra y cocadas, aves y periodismo, todo medido en kilómetros o hectáreas aderezados con caqueñidad y huracanes de soberanía que ojalá abanen los corazones de quienes aúpan intervenciones. Así es mi Caracas. Ojalá que la suya sea tan divertida y si no lo es, lo invito a conocerla.

Presidente estrambótico

Llegamos hasta Loma de los Vientos, a unos 3 kilómetros de “tierra firme”, que es como le decimos a la cota cero en San Bernardino. El trayecto fue propicio para “actualizarnos” sobre lo humano y lo divino y para hablar de las nuevas medidas coercitivas espetadas por el estrambótico presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra Venezuela. Un embargo de todas nuestras propiedades en Estados Unidos, y una cuarentena marítima que impida la entrada de los alimentos que nos permitan ejercer nuestro derecho de darnos el sistema de gobierno que nos venga en gana. Una medida que busca “torcernos el brazo”, frase con la que definió Barack Obama (el afroamericano más farsante del que tenga registro la historia de la Humanidad) su política internacional. En esa batalla andamos y para ganarla no está demás estar entrenado. ¿Por qué entrenarse? Para vivir, simplemente.

Ciudad CCS / Mercedes Chacín / Foto Jesús Castillo

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