El Cementerio Los Hijos de Dios

En el año 1852, el antiguo Cementerio del Este (actual terreno ocupado por el Liceo Andrés Bello en Caracas), se encontraba completamente lleno, en términos que las autoridades provinciales prohibieron que se hiciesen en él nuevas inhumaciones y ordenó que éstas se efectuasen en un área detrás de la iglesia Santísima Trinidad (hoy Conjunto Monumental Panteón Nacional y Mausoleo del Libertador), el cual se denominó Cementerio del Norte (hoy Hospital José María Vargas), a pesar de no estar todavía completamente cercado o apropiado al objeto.

Alarmados algunos habitantes de la ciudad de Caracas, con la idea de ser enterrados en la sabana o de ver en ella a sus deudos, concibieron el plan de construir un cementerio particular que fue, sin duda, una majestuosa obra que inspiró a propios y ajenos a enaltecer el progreso de la capital, en torno a la salubridad.

Pero, ¿qué representó aquel cementerio para la capital? Algunos asoman con timidez que con el funcionamiento de aquel recinto sagrado llamado Los Hijos de Dios, sería el fin de las calamidades de la ciudad, que era frecuentemente asolada por las enfermedades y las pestes. Situación que justifica la actual historiografía local pero con un alto grado de romanticismo, que deforma el entorno en que fue edificada la obra.

Al introducirnos en la documentación histórica de la segunda mitad del siglo XIX, nos encontramos que dicha obra parte de la iniciativa privada, donde la justificación de la entrada del cólera morbos a Caracas en septiembre de 1855, dio paso a los permisos ante la municipalidad para el levantamiento de la obra, siendo la única en su estilo, ya que se implementó, por primera vez, el sistema de nichos como un nuevo método para contrarrestar el miasma, los olores pútridos y la carroña silvestre que libremente se encontraba en la ciudad.

Tal como lo reflejó el viajero inglés Edward B. Eastwick en su obra Venezuela o Apuntes sobre la vida en una República Sudamericana con la Historia del Empréstito de 1864: “Su característica más singular es que los altos muros que lo rodean (se refiere al Cementerio Los Hijos de Dios) están revestidos en su parte interior, por una especie de casillero gigantesco. Cada compartimiento tiene unos ocho pies de profundidad por tres de ancho y de alto, y se utilizan para depositar en ellos los ataúdes (…) al cumplirse los tres años, se sacan y, en caso de que así lo desee la familia, se le entregan a ésta los restos del difunto. De lo contrario, se arrojan a una gran fosa, llamada carnero.”

A pesar de las características físicas e higiénicas en que se constituyó el Cementerio Los Hijos de Dios, el ingreso de los cadáveres era limitado para todos los caraqueños, ya que su reglamento estipulaba sesenta y cinco pesos por cada bóveda, sin que pudiera ser transferible a otra persona, además aquellos individuos que fallecían de cólera morbos eran sepultados lejos del común, de las otras mortalidades, en cuya sepultura se colocaba una inscripción que prohibía la perpetuidad de la exhumación de aquel cadáver.

Así se refleja en los documentos que reposan en el Archivo General de la Nación (AGN), Sección Provincia de Caracas: “La Junta del Cementerio de Los Hijos de Dios, resuelve sobre los enterramientos de los coléricos”.

AGN, La República, Sección: Provincia de Caracas, 1856, legajo 5, S/f), fuente que contradice la información difundida por la actual historiografía, que contempla la construcción de este cementerio para albergar a los que fallecían de cólera.

Este cementerio parte de la iniciativa privada, en vista de las dificultades que atravesaba el Cementerio del Norte, así como también, las restricciones que se aplicaban a los cementerios particulares ya establecidos a lo largo del siglo XIX, como lo fueron: el Cementerio del Este, el Cementerio de los Canónigos, La Merced, el Cementerio de la Fraternidad y Los Británicos, más la prohibición de inhumar cadáveres dentro de las iglesias parroquiales de Caracas.

Estos aspectos motivaron a algunos empresarios como: Guillermo Espino, José Francisco Herrera, Faustino Bermúdez, Francisco Conde, Casimiro Hernández y Mariano de Briceño; este último, propietario del Diario de Avisos y Semanario de las Provincias (1850-1857), difundiendo la idea de un nuevo camposanto católico para la capital, que sin duda, se llevó a cabo gracias a la campaña de difusión de la prensa, entre 1855-1856.

Pero el proceso que envolvió este cementerio fue difícil para este pequeño grupo de ciudadanos, cuyo proyecto inicial fue rechazado por la Municipalidad de Caracas, dado a que el área proyectada para este camposanto estaba muy cerca de los ríos que alimentaban a la ciudad, por lo que se vislumbró otra área a las faldas del Warairepano, en Sabana del Blanco, siendo aprobado y asignado un terreno de ejido municipal para su construcción iniciada por el ingeniero Olegario Meneses, el 1° de noviembre de 1855 y se extendería hasta su inauguración el 2 de noviembre de 1856, Día de los Fieles Difuntos.

A esta inauguración asistieron dos mil personas, según las crónicas de la época, donde se destacaron las palabras del obispo de Tricala, Dr. Mariano de Talavera y Garcés.

Nuevo capítulo

Sin duda, tras la inauguración de este camposanto se abriría un nuevo capítulo en la historia de la salubridad pública de Caracas, ya que daría paso a otra manera de inhumar cadáveres, cuyo proceso en gran parte del siglo XIX, se realizaba de manera desorganizada, atentando contra la salud pública. Por supuesto, los habitantes de Caracas que no poseían recursos para costear la inhumación en el Cementerio Los Hijos de Dios, continuaban con las formas tradicionales de inhumación.

Sin embargo, este camposanto logró destacarse en la capital por el sistema de bóvedas y nichos, siendo inhumados en este lugar, los restos mortales de personajes ilustres y próceres de la Independencia, tales como: los generales Juan Antonio Muñoz Tébar, Miguel Arismendi, José Austria, Manuel Cala, Esteban Herrera Toro, el Dr. Pedro Villapol, Juan Vicente González, entre otros, dando pie para que otras regiones de Venezuela adoptaran el sistema de nichos y bóvedas, como una alternativa para la salubridad pública, que tanto clamaba la población.

Cabe destacar, que con la inauguración de este cementerio se abrieron agencias fúnebres y servicios de carruajes o coches mortuorios que partían de la Esquina de Veroes, tomando el camino hacia el Puente La Trinidad hasta llegar finalmente al camposanto.

Durante el Septenio del general Antonio Guzmán Blanco (1870-1877), se dio inicio a la construcción de un cementerio general en 1875, ubicado en un rincón de El Valle, denominado Tierra de Jugo. Tras la inauguración de este cementerio en 1876, conocido actualmente como Cementerio General del Sur, se dio pie a la clausura de los pequeños cementerios caraqueños.

Sin embargo, los ciudadanos acuden ante el gobierno, solicitando la apertura de los pequeños cementerios, alegando no estar conformes con la inhumación de sus parientes en un área lejana y no cercada de la ciudad, por lo que para el año de 1877, por Decreto del antiguo gobierno del Distrito Federal se aperturan nuevamente los pequeños cementerios.

No obstante, el gobierno central realiza un nuevo Decreto en 1879, en el que clausura nuevamente los pequeños cementerios y ratifica el Cementerio General del Sur como el principal de la ciudad.

Con la llegada del siglo XX, se inicia un abandono sistemático de los pequeños cementerios de Caracas, incluyendo el de Los Hijos de Dios, que algunos cronistas como Enrique Bernardo Núñez se preocuparon por su rescate, tras observar la introducción de proyectos habitacionales a partir de 1939, para el área donde se encontraba Los Hijos de Dios.

Sin embargo, el cementerio fue blanco de vandalismo y profanaciones por saqueadores en búsqueda de objetos de valor, lo que aceleró su deterioro y la reactivación de proyectos habitacionales, que con la llegada del general Marcos Pérez Jiménez al poder, se consolidó la demolición del camposanto en 1951, por aprobación en sesión del Concejo Municipal, para la construcción de cuatro pequeños bloques, a pesar de las innumerables solicitudes de personajes ilustres de Caracas para el rescate de este cementerio, que finalmente sucumbiría en noviembre de 1951, con el desarrollo de la urbanización Los Hijos de Dios y el traslado de los restos mortales de la gran mayoría de los inhumados en este cementerio al Cementerio General del Sur.

A pesar de la demolición del Cementerio Los Hijos de Dios, éste se enclavaría en el imaginario colectivo, creándose leyendas, anécdotas y crónicas que aún los caraqueños comentan, dada la belleza que representó aquel camposanto, más aún por aquellos personajes inhumados que en su mayoría fueron exhumados para ser trasladados al Panteón Nacional, según Decreto del general Antonio Guzmán Blanco publicado en Gaceta Oficial N° 782, de fecha lunes 13 de marzo de 1876, sin embargo, muchos restos mortales se extraviaron como el del destacado periodista Juan Vicente González, autor de la biografía del general José Félix Ribas.

Abilio Rangel Gil
Oficina del Cronista de Caracas

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