Eleazar Díaz Rangel, periodista hasta el último día

Perfil Clodovaldo Hernández

En la mayoría de los casos uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. En otra buena parte, uno sí sabe lo que tiene pero, por alguna razón, cree que nunca va a perderlo. El efecto es más o menos el mismo. Los lectores de temas políticos (de todas las tendencias) se verán en alguna de estas dos situaciones ahora que van a faltar “Los domingos de Díaz Rangel”.

Sucede que Eleazar Díaz Rangel acostumbró mal a su audiencia, pues escribía esa columna –mezcla de datos duros y análisis político– incluso cuando la enfermedad que padeció por varios años lo ponía al borde de una sala de terapia intensiva. Sus allegados se cansaron de pedirle que le bajara dos a esa determinación de seguir publicando, incluso en las condiciones más adversas. ¿Para qué empeñarse en discutir con un señor tan testarudo?

La terquedad fue uno de los rasgos del carácter de este llanero nacido en Sabaneta de Barinas, en 1932. De esa particularidad supieron varias generaciones de estudiantes de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, y también los pioneros de la Asociación Venezolana de Periodistas, que mutó luego en el Colegio Nacional de Periodistas. La tozudez díaz-rangeliana –siempre envuelta en una enigmática sonrisa– se hizo célebre desde sus tiempos de reportero político en los lejanos años 50 y 60, cuando fue testigo de excepción de grandes acontecimientos históricos durante la dictadura militar (incluyendo su caída, el 23 de enero de 1958) y en los albores de la democracia representativa.

Como muchos otros periodistas, de aquellos y de estos tiempos, EDR cayó en la tentación de hacer política. Fue fundador del Movimiento al Socialismo y se desempeñó como senador en los años en que la izquierda retornaba a la actividad parlamentaria, tras haber intentado la vía armada. Cumplido su período, el zapatero volvió a sus zapatos, en particular a las aulas universitarias, donde desarrolló una dilatada carrera y dejó un puñado de materiales fundamentales para el periodismo venezolano, en forma de libros o trabajos de ascenso.

En los años 90, durante el gobierno de Rafael Caldera, ocupó la presidencia de Venezolana de Televisión, causando cierta polémica en el seno del gremio. Una polémica nada intensa, si se compara con la que lo arroparía años más tarde, cuando asumió plenamente el camino de la Revolución Bolivariana.

La leyenda (tanto de su brillante trayectoria periodística como de su carácter obstinado) reverdeció ya en este siglo, cuando tomó las riendas del que había sido el periódico popular por excelencia en Caracas, Últimas Noticias.

Eran tiempos en los que la batuta de los intentos de derrocar al Gobierno la llevaban los dueños de los grandes medios. Estos se encontraban tan alineados en su empeño, que prácticamente había desaparecido la competencia entre periódicos. Los propietarios no querían que los reporteros llegaran con “tubazos” sino que todos los medios dijeran lo mismo: Chávez, vete ya.

El profesor Díaz Rangel, de la vieja y venerable escuela de la noticia exclusiva, y en las antípodas de esa línea antichavista furibunda, se convirtió en una piedra en el zapato para la maquinaria mediática.

En tal trance le sirvió de mucho su renombrada testarudez. De no haber sido por esa característica tan suya se lo hubieran devorado vivo en plena redacción, pues entre los cuestionadores de su línea editorial e informativa estaban, además de los dueños de medios, varios influyentes periodistas, especialmente del área de investigación.

En una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle para el portal LaIguana.TV, en 2016, le pregunté acerca de las denuncias de esos colegas, quienes se marcharon de Últimas Noticias dando un portazo y diciendo que EDR los censuraba. Me respondió: “En cualquier periódico hay noticias publicables y no publicables. Las no publicables lo son por diversas razones: mal escritas, insuficientes, sin fuente acreditada responsable, etcétera. Por eso, en todas las redacciones de todos los diarios del mundo, todos los días se dejan de publicar trabajos sin que ello pueda llamarse censura. Las que son noticias veraces, llenan todos los requisitos de una información completa, integral, son publicables, mientras las otras o no se publican nunca o hay que esperar a que las deficiencias que tienen sean llenadas en los días subsiguientes. Eso ocurría aquí con ese equipo, como ocurre en todos los diarios”.

EDR tenía la gran ventaja de que podía hablar con autoridad sobre esos temas, entre otras razones porque si alguien destapó casos importantes en estos tiempos fue él, en sus columnas dominicales. Tal vez el escándalo más notorio fue el del Complejo Agroindustrial Azucarero Ezequiel Zamora (Caaez) de Barinas, una trama de corrupción que salió a flote gracias a que la información tuvo eco en su paisano, el Presidente Chávez.

EDR mantuvo esta parte de su trabajo, la que incluía denuncias bien sustentadas, casi literalmente hasta su último aliento, lo que también le trajo peligrosos enemigos endógenos, gente que siempre pretendió tacharlo como supuesto infiltrado o doble agente. Él recibía esos señalamientos con la misma actitud que tenía para los críticos del lado antichavista. Sabía que el periodismo trae amigos en todos los bandos, pero también unos cuantos enemigos.

A propósito de su partida física, unos y otros han salido a relucir, pues fue tendencia en redes sociales. Junto a emotivas manifestaciones de admiración por este coloso del periodismo moderno venezolano, han surgido toda clase de intentos de descalificación profesional y moral. Gajes del oficio para quien fue periodista hasta el último día.

A estudiar historia

El valor de la historia en el periodismo. Si me fuerzan a decir una enseñanza (solo una) que deja Eleazar Díaz Rangel para quienes ejercemos actualmente esta profesión tan malograda, y para quienes vengan luego, yo diría que es el peso que él le otorgaba al conocimiento histórico.

Usted le preguntaba a él, por ejemplo, sobre la salida de Venezuela de la Organización de Estados Americanos, y primero se lanzaba una disertación sobre la creación de ese ente, en 1948 y lo aderezaba con reflexiones sobre el episodio de la expulsión de Cuba o respecto al triste papel de la OEA en la invasión estadounidense a República Dominicana. Oyéndolo o leyéndolo, uno comenzaba a entender muchas cosas de la actualidad porque, como suele decirse, de aquellos polvos vienen estos lodos.

Ese enfoque periodístico-histórico es cada vez menos frecuente en estos tiempos en los que los acontecimientos duran apenas minutos, hasta que son borrados por algún otro trending topic. Y es cada vez más urgente crear conciencia de la importancia del contexto histórico porque también son tiempos de movimientos retrógrados en los que se pretende actualizar barbaridades como la Doctrina Monroe para que nos resignemos a ser patio trasero de un imperio insustancial manejado por rufianes.

Si algo tenemos que aprender de Eleazar es a poner el presente en el entorno del pasado. Más nos vale ponernos a estudiar historia.


Únase a la conversación