Esa aberración del sistema llamada Bolsonaro

Clodovaldo Hernández

Si a los pueblos se les pudiera salir con esa frase que ciertas personas dicen con tono tan chocante, “¡Te lo dije!”, buena parte del mundo se lo gritaría a diario a la mayoría brasileña que eligió al impresentable presidente Jair Bolsonaro.

No se trata solamente de su responsabilidad en la tragedia planetaria que es la pérdida de extensas regiones de la Amazonía. Hay muchos otros síntomas del terrible daño que el ultraderechista está causando en Brasil y en todo el continente.

Comencemos por la manera como llegó al poder. Fue una muestra de la gran impostura de las democracias en tiempos de capitalismo neoliberal. Cuando saben que no pueden poner a sus favoritos en los puestos de mando, los dueños del capital se las arreglan para anular a los adversarios y para impulsar a cualquiera que represente sus intereses, mientras más troglodita, mejor. En Brasil, sacaron del juego a Dilma y a Lula y se consiguieron al más cavernícola de todos, con el perdón de los ancestros por compararlos tan malamente.

Bolsonaro es el emblema de una camada de gobernantes de ultraderecha que, desde su arribo al poder, han hecho todo lo que ha estado a su alcance para desbaratar los logros sociales de los gobiernos de izquierda -o cercanos a ella- que estuvieron previamente en sus países. En ese mismo club están Mauricio Macri, en Argentina y Lenín Moreno, en Ecuador, este último mediante el recurso de la traición al electorado y al depositario de la confianza popular, Rafael Correa. Por cierto que la gestión antipueblo de Bolsonaro tuvo como preludio el trabajo de otro Judas de estos tiempos: Michel Temer.

Bolsonaro puede considerarse el equivalente brasileño de Donald Trump, frase que sería suficiente para explicar cuán pernicioso es para su país y para el continente. Se parece al “pelucón” de la Casa Blanca en sus ideas políticas y en el desparpajo con el que actúa en contra de los excluidos.

Aunque es un político veterano, con una larga carrera parlamentaria, se le considera un producto de la era 2.0, no porque sea moderno ni de vanguardia (¡qué va!), sino porque su victoria es atribuida a la campaña de redes sociales, con fuertes componentes de posverdad y fake news. Más que un producto podría considerársele una aberración del sistema.

También ha quedado claro, luego de su triunfo electoral, que fue clave el respaldo recibido de uno de los sectores más crecientes y peligrosos del espectro político brasileño y suramericano en general, el de los feligreses de iglesias cristianas protestantes con marcados rasgos ultraderechistas y fascistas. Se trata de una “mercancía” que Brasil exporta hace mucho en forma de profetas de pacotilla que ayudan a que la gente dizque pare de sufrir. Era cuestión de tiempo que un personaje con ese formato de liderazgo llegase al palacio de Planalto.

Otro aspecto en el que Bolsonaro es parecido a Trump es en su franqueza brutal. No es como la mayoría de los neoliberales, que intentan disfrazar su doctrina antipopular. Por el contrario, demuestra palmariamente que lo es, y le agrega racismo, misoginia, homofobia, xenofobia y cuantas posturas retrógradas puedan imaginarse. No es raro, entonces, que sea negacionista del calentamiento global y que le importe poco el destino de la Amazonía.

Semejante personaje, demás está decirlo, calza perfectamente en los planes imperiales de Estados Unidos porque ha sido un factor clave para desmontar la estructura de integración alternativa que habían edificado Hugo Chávez, Lula, Rafael Correa, Evo Morales y los Kirchner.

Al impedir el retorno de Lula (en una operación combinada de lawfare y guerra mediática), Bolsonaro, al menos, retrasó el reflujo de las fuerzas progresistas latinoamericanas, que debió haber comenzado en Brasil.

La derecha mundial fue feliz con su victoria, ¿quién puede dudarlo?, pero es obvio que para los ricachones del mundo el señor también es un amigo difícil, de esos que avergüenzan a los compadres. Así le acaba de pasar al “neoliberal light” Emmanuel Macron, presidente de Francia, a quien Bolsonaro le pasó factura por andar con poses de euroecologista respecto a los incendios de la selva amazónica. No lo hizo, por supuesto, en defensa de la soberanía brasileña -como pudo haberlo hecho-, sino con un golpe bajo que refleja su patriarcalismo raigal: se burló del francés porque está casado con una mujer mayor. Al mismo tiempo, se ufanó de su propia esposa -la tercera que ha tenido-, 27 años menor que él. La indignación de Macron lo llevó, curiosamente, a coincidir con muchos brasileños y latinoamericanos de izquierda, pues dijo que espera que pronto Brasil tenga un presidente que esté a la altura de su pueblo.

Con todas las anteriores características, no tiene nada de sorprendente que Bolsonaro sea otro de los grandes amigotes de la oposición venezolana, uno de los que se apresuraron a reconocer al autoproclamado Juan Guaidó como supuesto presidente de Venezuela. Y si no ha llegado hasta ahora un poco más lejos en su apoyo a la estrategia de bloqueo y eventual agresión militar que ha lanzado Estados Unidos contra la Revolución Bolivariana, es porque en Brasil tienen peso e independencia las opiniones del estamento militar y de una escuela diplomática (la de Itamaratí) que goza de reputación histórica en la región.

Ahora, en medio de las turbulencias generadas por los devastadores incendios de la selva y por su no menos devastadora lengua, empieza a tomar cuerpo la idea de someterlo a un impeachment que lo deje fuera del cargo antes de lo previsto. No será fácil porque –a pesar de todo- es uno de los consentidos del capitalismo hegemónico.

Por lo pronto, lo que sí puede hacerse es mirar hacia Brasil y exclamar: “¡Te lo dije!”.

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Superhéroe / supervillano

El capitalismo hegemónico global se enreda en sus propias telarañas. Luego de haber hecho todo lo que estuvo a su alcance para arrancar a Brasil de las manos del Partido de los Trabajadores, los poderosos del planeta se convencen de que Bolsonaro les da mala imagen.
Particularmente indignados andan los políticos de las potencias europeas, que tienen años depredando a África, pero se declaran horrorizados porque la selva amazónica está en llamas.
Aclaremos: a la corporatocracia mundial no le interesa la Amazonía. Si por ella fuera, ya la habrían reducido a unos cuantos parques temáticos administrados por transnacionales tipo Disney. Pero la forma como actúa el presidente brasileño los hace ver mal ante los compradores de sus productos, las clases medias del planeta, esas que tranquilizan sus conciencias ecológicas reciclando botellas de refrescos.
Como de costumbre, especialmente hipócritas se muestran los medios de comunicación, periodistas e influencers de la derecha y sus alrededores, que respaldaron la gigantesca operación destinada a sacar del juego a Lula para permitir el triunfo de Bolsonaro, y ahora llegan al extremo de calificarlo como “el hombre más peligroso del mundo”.
Tras dibujarlo como un superhéroe que salvó a Brasil de la amenaza del populismo ahora lo pintan de supervillano tragaselvas. Así paga el diablo. O, mejor dicho, así se pagan los diablos entre sí.

 


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