Felipe Pirela o la tragedia maracucha

Perfil Clodovaldo Hernández

Si algún académico quisiera postular la “tragedia zuliana” o –más coloquialmente– “tragedia maracucha”, como forma específica de la clásica tragedia griega, la historia de Felipe Pirela le vendría al pelo.

Una vida de menos de 32 años, repleta de intensidad, éxito, fama, pasiones, amores contrariados, tristezas lacerantes, arriesgadas vías de escape. Una muerte violenta y ruin, con olores de noche larga, con color de sangre… Tal fue, en extremo resumen, el relato del “Bolerista de América”.

Son los componentes de una tragedia en cualquier lugar. Pero aquí es donde el académico interesado en crear la categoría argumentaría con los distintivos rasgos locales. La zulianidad o el maracuchismo en la tragedia de Pirela se manifiesta en la peculiar manera que tienen por allá de experimentar sus dramas: esa mezcla única de patetismo vehemente con final de chiste; con la combinación de grandilocuencia y jolgorio; con esa manera tan aparentemente paradójica de murmurar a voz en cuello; con la tendencia al escándalo, unida al orgullo regional.

La historia es muy apropiada, porque él fue un genuino maracaibero. Para empezar, se apellidaba Pirela, que ya es un indicio de ser zuliano; pero, además, venía de un familión, otra característica de la feraz gente occidental. Y, para hacer perfecta la locación, nació y se crió en El Empedrao. Tenía, además, el fenotipo del mestizo zuliano, tal como se aprecia en las fotos de las carátulas de sus muy exitosos discos.

Felipe era el menor de los ocho hermanos. Esa condición de benjamín y el atributo de su maravillosa voz (que se hizo evidente desde los primeros años) lo convirtieron en el consentido. Su hermano William lo contó para un programa de Globovisión: “Mamá lo tenía enfaldao, lo mandaba a buscar a los bailes a las 11 de la noche porque todavía era un niño”.

Ese corte de nota por órdenes de la matriarca llegó a sufrirlo incluso la Billo’s Caracas Boys, a pesar de que era entonces una de las orquestas más importantes de Venezuela, y, Felipe, su bolerista estrella.

Toda reseña biográfica de Pirela incluye el episodio en el que el maestro Billo Frómeta fue personalmente a Maracaibo a contratar al muchacho, a quien le auguró un futuro brillante.

Quienes conocieron a Billo (más allá de su imagen de relaciones públicas) afirman que no se prodigaba en elogios, especialmente si luego iba a tener que sacar la cartera para pagarle al loado. Pero, con Felipe, el dominicano no escatimó adjetivos. Por algo habrá sido.

Los hechos le dieron la razón, pues la amalgama de guaracha con bolero que armó Billo (sus populares mosaicos) y que cantó Pirela con otro maracucho, Cheo García, fue parte del gigantesco crecimiento de la orquesta en los 60.

La proyección lograda por Pirela con “la Billo” lo disparó hacia el estrellato internacional. Pronto, el aún muy joven cantante, estaba pidiendo cancha como solista. Frómeta confesó haber llorado el día que se separaron. Los odiadores del maestro dicen que, claro, no iba a llorar, si estaba pensando en su cuenta bancaria, pero los defensores aseguran que si a alguien quiso Billo entre los muchachos de su orquesta, ese fue Felipe.

Por cuenta propia cristalizó el más glamoroso éxito. Pirela fue el primer venezolano en vender más de un millón de discos. Uno de sus mayores hits, el tema Únicamente tú, colocó más de medio millón.

Hasta aquí va la parte de la narración con aroma de gloria. Pero, en paralelo, había corrido lo demás: la grandilocuencia patética, el escándalo farandulero, la maledicencia a grito pelao… en fin, la tragedia al estilo zuliano.

El rumbo aciago que tomó la vida de Felipe comenzó por su repentino e irrefrenable enamoramiento de Mariela Montiel (…más zuliano este drama, imposible), quien tan solo tenía 13 años, versus los 24 del bolerista. Con un romance tan cercano a la pedofilia, no es de extrañar que no solo la sociedad marabina se haya puesto a chismear de lo lindo. Le ocurrió al país entero y a toda la cuenca del Caribe, donde ya el polémico novio era archifamoso. La prensa se portó particularmente dura, a pesar de que Mariela no fue una aventura nocturna para él, sino que, rápidamente, la hizo su esposa.

El matrimonio arrancó bien y trajo como fruto a otra niña (la madre lo era aún), Lennys. Pero la unión no tardó mucho en tornarse conflictiva y precipitarse por un oscuro barranco de acusaciones muy feas acerca de perversiones y violencias. Así, el divorcio de la superestrella sería uno de los más publicitados de ese tiempo, un proceso legal tan catastrófico, que Pirela debió irse del país.

Aunque su calidad como cantante jamás sufrió mengua, entró en depresión y aparecieron los clásicos demonios que rodean a quienes triunfan entre luminarias y oropeles. Las “malas ajuntas” (como decía mi profesora de Biología Gloria Gervasio) lo llevaron a transitar por los círculos dantescos, en forma de sitios de baja estofa y hábitos peligrosos. En eso andaba aquella mañana de julio de 1972, amanecido y triste, cuando lo alcanzó lo que, con acierto, se ha llamado una mala muerte. Se había consumado el final de la obra. Y el ambiente de corazones rotos y cotilleos indiscretos que privó en la capital zuliana cuando trajeron el cuerpo del joven Felipe, marcó el perfil de una inconfundible y típica tragedia maracucha.

Irrepetible en talento y voz

Los expertos musicólogos que han estudiado a Felipe Pirela afirman que su éxito se explica por las características técnicas de su voz y por el talento que logró pulir, sobre todo con la experiencia de la orquesta del maestro Billo.

El hombre tenía una afinación perfecta y una dulzura que resultó muy apropiada para el género en el que se especializó. En eso fue una innovación estilística entre los boleristas, pues entonces predominaban los tonos más recios, especialmente en el campo mero macho del bolero ranchero.

Algunos de los que trabajaron con Pirela cuentan que tenía una capacidad innata para hacer las cosas bien desde la primera vez. Casi no necesitaba ensayar para las grabaciones, de manera que varias de las versiones que el público oyó –y sigue oyendo– fueron producto del primer intento realizado.

Los conocedores lo han comparado con otras grandes figuras del bolero, especialmente con los que cantaron los mismos temas, como Javier Solís y Héctor Lavoe. Y Pirela sale siempre muy bien parado.

Como ocurre en todos los casos de quienes mueren jóvenes, la gente lucubra acerca de hasta dónde habría podido llegar este coloso de la canción de despecho si su historia hubiese sido al menos un poco distinta, si a Luis Rosado Medina, alias Julio Portabales, no se le hubiese ocurrido la infausta idea de tirotearlo allá, en su viejo San Juan.

 


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