La Página de Aquiles

Hallacas

De los incontables elementos que, para fortuna nuestra, componen la idiosincrasia venezolana, la hallaca resplandece por su singularidad, llegando incluso a tener carácter emblemático. En el ejercicio pleno de la venezolanidad, y con ella de la caraqueñidad, el tema de la hallaca resulta inexorable. Ejemplo de tal afirmación es sin duda la obra de Aquiles Nazoa, manantial permanente de alegría por lo que somos como pueblo y como cultura, donde la hallaca ocupa un lugar muy especial. Adelantando la celebración de los 100 años del nacimiento del poeta, el 17 de mayo de 2020, van aquí dos de sus textos para que en esta Navidad hagamos de cada hallaca una fiesta por nuestra nacionalidad, con todo lo que lleva de sabrosura, solidaridad familiar y mestizaje.

Elogio informal de la hallaca

Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,arrimadme aquel vaso de casquilloy echadme un trago en él de vino claro,que como un Pantagruel del Guaratarovoy a comerme el alma de Caracas,encarnada esta vez en dos hallacas. ¡Ah, de solo mirarlas por encimahasta un muerto se anima!Regordetas, hinchonas, rozagantes,dijérase al mirarlas tan brillantesque para realzarles la vitolalas hubiera limpiado con Shinola;a lo que agregaremos el hechizode un olor más sabroso que el carrizo.

Pero desenvolvamos la primera,que ya mi pobre espíritu no espera.Con destreza exquisitacorto en primer lugar la cabuyitay con la exquisitez de quien despojade su manto a una virgen pliegue a pliegue,levantándole voy hoja tras hoja,cuidando de que nada se le pegue.

Hasta que, al fin, desnuda y sonrosada,surge como una rosa deshojada,relleno el corazón de tocinetay de restos avícolas repleta,mientras por sus arterias corre un guisoque levanta a un difunto, vulgo occiso.

Pero ¿cómo olvidar las aceitunasque, no obstante sus pepas importunas(las que algunos escupen en el piso),le dan sazón al guiso?¿Y la almendra, señores, y la pasa?

¿Y esa tela finísima de masaque de envoltura sírvele al rellenoy cuando queda cruda es un veneno?

¡Oh divinas hallacas,aunque os tenga más de uno por dañinas,yo os quiero porque habláis de una Caracasde la que ya no quedan ni las ruinas!

Las hallacas, en un pastiche barroco al estilo de Mariano Picón Salas

Mejor que en el arte de los primeros alarifes criollos –los que con cuidado de orfebres traducen al viejo ladrillo de la tierra caliente el encanto de ciertas iglesitas de la meseta castellana-, es en tan sápido condumio como la barroquísima hallaca, donde el venezolano va a dar el primer signo del complejo cultural mestizo. Del mismo modo que el áspero castellano del siglo XV va a descubrir una como nueva y más poética órbita expresiva en la tropical languidez de dialectos indígenas que lo enriquecen con voces tan cadenciosas como topocho y chinchorro, es en la perfumada guarnición de unas criollísimas hojas de cambur, a la que la humilde hallaquera revistió de una telita de masa que se parece a su piel maquillada con manteca de cochino y onoto, donde Europa congregará las últimas aceitunas y almendras de su pasado bíblico, para iniciar con la hallaca el gran proceso de nuestra indigestión cultural. Pienso por eso que quien pudiera desentrañar el misterio venezolano en su complejo sociológico o en el drama de su integración histórica, debería dedicar a comerse unas cuantas hallacas el tiempo que dilapida en pedantes libros de sociología. Que nuestra Biblioteca Nacional pudiera contar –aunque solo fuera un sábado a la semana- con un departamento de hallacas bien servidas; que cada estudiante pudiera asistir a su clase de Humanidades con una hallaca debajo del brazo, sería el ideal de un programa educacional de más decidida vocación venezolana. Y nada habremos aprendido de nosotros mismos mientras nuestros flamantes editores no se dediquen a producir hallacas en ediciones bien corregidas y empastadas, capaces de tentar en el estudioso que gusta de la lectura útil el placer de sentarse cada noche en la soledad de su escritorio a hojear una buena hallaca.


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