Hermes Vargas

Humberto Márquez

Para comenzar con honores, Hermes es el único poeta de mis amigos que Dilcia se cala, cuando viene lo lleva a su playa de Chichiriviche de la Costa, hasta sin mí, aunque con su amada Morella, que es la única manera de que se porte bien, porque, de resto, ha sido declarado no grato en muchos hoteles de Venezuela (en el Caribe de Maracaibo me dijeron que si lo conocía no me podía registrar), y otros fuera del país, ja, ja, ja. Pero como estas crónicas no pretenden rayar a nadie, mejor decir que Hermes es mi hermano querido porque, entre otras cosas, no dudó en venirse desde Mérida a la primera Rumbagenaria. Andaba buchón recién llegado de Colombia, donde se ganó unos cuantos dólares, y después de arreglar el Volkswagen y construir una buena parte de su casa, decidió, como cualquiera de nosotros, gastarse el resto con sus amigos.

Hermes es otro de los carajitos de la revolución aquella, con su pana inseparable Benito Mieses, algo así como el gordo y el flaco, o el alto y el enano, han dado función pareja y la seguirán dando. Ya hemos contado nuestras aventuras y, de las que quedaron en el tintero, algún día contaré las de nuestro adorado bar La Cibeles, con aquella muy querida amiga, y con el poeta Acevedo, entre otras andanzas por Mérida.

Hermes, además de ser de mis mejores amigos, es un gran poeta, albañil, mecánico de su carro y traductor del portugués, pero, para nuestra gran sorpresa grata, ahora es hasta pintor, y de los buenos. Hace días nos sorprendió con un cuadro de excelente factura, dedicado al poeta Pessoa.

Hermes es tan querido que hasta Dilcia y la Negra Garmendia lo quieren, lo que ya es mucho decir, si no que lo diga el otro. Luis Manuel Pimentel ha dicho: “El que no haya hablado mal de Hermes Vargas es porque no lo quiere. El que no haya amado por un instante a Hermes Vargas es porque no lo conoce.

Indiscutiblemente, a Hermes lo salvó la poesía, cuando la piensa, cuando la escribe, cuando la recita”, y yo agregaría: cuando la pinta.


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