Historias de nuestra gente | Solisito el chiquito

La crítica indica que su fama nació el día del entierro de su ídolo Pedro Infante

Está bien escrito. No se trata de solicitar nada. Pon atención. Se refiere al diminutivo que le corresponde a dos posibles personajes: el hijo menor del Rey de la Ranchera, Javier Solís, o en su defecto se puede referir al mismísimo cantante mexicano, ligado indefectiblemente a Caracas (como a muchas ciudades latinoamericanas) por el montón de mujeres (y unos cuantos machos vernáculos) que lloraron su repentina muerte el 19 de abril de 1966.

Y aunque explicar enreda, este caso lo amerita. Primero nos ocupamos de ese diminutivo y luego del chiquito pero gigante personaje que dominó, además, baladas, valses y boleros.

Para ello elegimos al azar un portal y colocamos “la forma correcta de usar los diminutivos”.

De acuerdo con el sitio www.eltiempo.com: “… una de las formas de construir los diminutivos es agregar el sufijo -cito, con c, como en avioncito y Carmencita, pero si la palabra original termina en s, se mantiene la s y se agrega -ito, como en Luisito”. Y como la original que nos ocupa es el apellido del cantante que llegó “a la fama para combatir el hambre”, Solís, listo, se escribe Solisito.

Jamás pudo haberse imaginado aquel humilde matrimonio mexicano entre el panadero Francisco Siria Mora y la comerciante Juana Levario Plata, que su primogénito Gabriel Siria Levario, llegado al mundo el 1° de septiembre de 1931, fuese a proyectarse como lo logró aquel diminuto que de adulto llegó a medir 1.63 mts pero que en crecimiento profesional alcanzó dimensiones intangibles, al sembrar con su excelente voz la poesía y la música de gigantes como su compatriota Agustín Lara o como los boricuas don Pedro Flores y Rafael Hernández. Mucho menos se imaginarían, sus tíos, a la postre sus padres adoptivos, Valentín Levario y Ángela López, que quien en sus inicios como músico se cambió el Gabriel por Javier y el Siria Levario por Solís, llegaría a grabar, en apenas 10 años, 25 discos inmortales y participar en 33 películas de la exitosa cinematografía mexicana.

Por eso, y por más, es referencia obligatoria este hombre de pueblo que antes de iniciarse en el circo y luego en el canto, bajo la tutela del maestro Noé Quintero, ya había tenido recorrido como carnicero y también como deportista aficionado en boxeo, fútbol, beisbol y, por supuesto, la lucha libre, por su afinidad con el enmascarado de plata, El Santo. La crítica indica que su fama nació el día del entierro de su ídolo Pedro Infante, cuando de manera improvisada trepó a una tumba y cantó Grito Prisionero.

 


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