Historias de nuestra gente | Tovar, único en su estilo

El negrito de San José se sembró en el corazón del pueblo

La apremiante situación económica de su hogar lo hizo salir del seno familiar más temprano de lo esperado. Compartió los estudios de bachillerato con sus oficios como plisador de ropa femenina en el Almacén Maden. Nadie jamás podría haber proyectado que ese diminuto morenito, proveniente de San José, donde nació el 24 de mayo de 1950, unos años más tarde se convertiría en el jockey más popular y más respetado de la afición criolla y que estaría en las estadísticas mundiales por lograr 16 de manera consecutiva. Un jockey de innegable ética en los lomos de sus conducidos y un ciudadano ejemplar en su faceta como hijo, hermano, esposo y padre, quien, temprana e inexplicablemente, por mera decisión, abandonó este plano el fatídico 12 de abril de 2000. Dos meses más tarde lo exaltarían al Salón de la Fama del Deporte Nacional.

Su vida, llena de logros, recibió un zarpazo imborrable, quizás generador de su desenlace: asumir la pérdida de una de sus pequeñas hijas a causa de una leucemia galopante… Nunca más fue el mismo.

No obstante, lo que dejó en el recuerdo, del hípico de pasión, y luego del apostar, fue un legado de exitosos pasajes resumidos en 2.382 triunfos en 9.481 participaciones solo en La Rinconada; más 43 ganadas en Valencia, 67 en Santa Rita.

En 1976, como aprendiz, aunque ya mostraba su calidad, sufrió un aparatoso accidente que casi lo saca de las carreras y de la vida. Pero se repuso. Al respecto, alegó: “Me operaron e incrustaron un clavo en el fémur. Al recuperarme, el doctor José Lara lo retiró, me lo dio, y me lo llevé a casa. Ese mismo clavo es el que sujeta mi primer Casquillo de Oro allí en la pared”.

Decía que la triple corona con Iraquí, en 1985, y la tarde perfecta en Santa Rita, al ganar las pruebas del 23° Clásico del Caribe, con Randy, Mon Coquette y Don Fabián, no eran más importantes que su química con la campeonísima Gelinote, ni comparable con sus triunfos con Winton y el mismo Don Fabián en las versiones del Simón Bolívar de 1986 y 1990, respectivamente.

Siempre aconsejaba a las generaciones siguientes: “Las victorias vienen por la constancia, la dedicación, la disciplina, las metas que uno se traza y ciertas habilidades”, decía quien se sembró en el pueblo.

Quedará en la memoría aquel gesto en la Copa Klick de 1986: un match entre Adeje (favorito con Angel Francisco Parra) y su conducido Sparrow. Al momento de la partida, Adeje se quedó en el aparato. Tovar, que había partido sin problemas, se percató, se detuvo y regresó para una nueva partida. Ganó Adeje. Pero el pueblo coincidó en que Tovar fue el ganador.

Campeón único. Sin imitadores posibles.

 


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