Indoblegable Ho Chi Minh

Clodovaldo Hernández

A pesar de las dificultades y privaciones, nuestro pueblo seguramente conseguirá la victoria. Los imperialistas americanos tendrán que retirarse. Nuestro país se reunificará, nuestros compatriotas del Norte y del Sur vivirán reunidos bajo el mismo techo. Nuestro país conquistará grandes metas, por haber vencido como país pequeño en su heroica lucha a dos grandes potencias imperialistas, con lo cual contribuirá dignamente al movimiento nacional de liberación”.

Este era el vaticinio del líder vietnamita Ho Chi Minh en 1969, poco antes de fallecer. Más que una profecía, era su convicción más firme, y, a la vuelta de unos pocos años, comenzó a hacerse realidad. En 1975, las fuerzas del poderoso imperio estadounidense tuvieron que abandonar apresuradamente el territorio de la nación asiática, en lo que sería su más vergonzosa derrota militar y política.

Infortunadamente, no pudo presenciar el gran momento, pero sus compatriotas no se olvidaron de su crucial aporte. El día de la victoria, el 30 de abril de 1975, los tanques de guerra y otros vehículos militares que desfilaron por Saigón, llevaban pendones con la frase: “Tú siempre marchas con nosotros, tío Ho”. Al poco tiempo, la capital fue renombrada Ciudad Ho Chi Minh.

Difícilmente, alguien podría merecerlo más, pues Ho Chi Minh no solo guió al pueblo vietnamita hasta la inverosímil victoria sobre el arrogante imperio del napalm, sino que ya había sido clave también en la liberación del dominio francés. Libertador por partida doble, se ganó un lugar en la historia contemporánea, no solo de su país natal, sino de todos los países que en ese momento clamaban por alcanzar la independencia. Hoy, sigue siendo esa figura paradigmática para quienes se ven (nos vemos, pues) en el trance de luchar en inferioridad de condiciones contra brutales fuerzas externas.

Todo el país fue un ejemplo de David contra Goliat, sobre todo si se considera que, durante la guerra, EEUU mató a cinco millones de personas, descargó sobre la región siete millones de toneladas de bombas y unas 100 mil toneladas de agente naranja, una de las armas más crueles y destructivas de toda forma de vida que haya salido de los laboratorios del complejo industrial militar. Pero,, en ese país de muchos David, Ho Chi Minh era el David por excelencia: delgado, menudo, humilde, era muy diferente a los fornidos y entrenados boinas verdes del ejército invasor.

Alí Primera lo describió así: “Tenía la figura pequeña / y la barbita blanca /
el camarada Ho Chi Minh / querido tío Ho Chi Minh / inolvidable Ho Chi Minh
/ indoblegable Ho Chi Minh”.

Primero derrotó a Francia

Después de la Segunda Guerra Mundial, la maltrecha Francia pretendió recuperarse con métodos propios de los siglos pasados, mediante el pillaje de las riquezas de países colonizados. Debió luchar Vietnam contra quienes pretendieron recolonizarla, luego de que ya se había declarado independiente, en 1945.

La lucha por la independencia había durado décadas. Ho organizó, en territorio chino, en 1930, un partido para la liberación de Vietnam. Demostrando gran paciencia, no fue sino hasta 1941 cuando volvió a su tierra y, desde las montañas del Norte, planificó la campaña por la independencia. En 1945, aprovechando el momento histórico del final de la Segunda Guerra Mundial, Ho Chi Minh encabezó una insurrección general que le permitió declarar la liberación de Vietnam el 2 de septiembre de 1945.

Sin embargo, no pudo Ho Chi Minh dedicarse a gobernar su país en paz. Francia se empeñó en reconquistar su centenaria colonia y el líder instó a su pueblo a “sacrificarlo todo antes que perder el país y volver a ser esclavos”. Nueve años después, con la victoria en la batalla de Dien Bien Phu, Francia fue expulsada. El prestigio de Ho en lucha mundial contra el colonialismo, alcanzó niveles estratosféricos.

Pero está claro que los imperios se ceban en los pueblos rebeldes, y en 1954, Estados Unidos quiso apoderarse de la excolonia francesa. Para ello puso un gobierno títere en el sur del país, una administración pro norteamericana que sirvió de plataforma para lanzar una guerra de agresión jamás vista contra el norte, en nombre de la democracia y contra la amenaza comunista, siempre dentro del oscuro guión de la Guerra Fría.

Veinte años habría de perder la nación vietnamita en una nueva guerra por su independencia. De ellos, Ho fue el comandante durante los primeros catorce. Luego, en los seis restantes, no estaba ya presente físicamente, pero su ejemplo y su claridad de propósitos fueron la inspiración necesaria para echar a patadas a las tropas estadounidenses.

Ho Chi Minh murió a los 79 años, víctima de tuberculosis, el 2 de septiembre de 1969. Los historiadores dicen que su partida causó una verdadera conmoción entre los vietnamitas, no solo porque era el jefe militar de una nación en guerra y el líder político indiscutido, sino porque era una especie de integrante de la familia de cada uno de sus compatriotas. Los venezolanos de este tiempo sabemos de qué se trata este sentimiento…

Nuevamente recurramos a Alí Primera, quien lo explicó bien en dos estrofas. La primera nos habla de lo que sintió su propia gente: “Mas el pueblo que lo vio morir / hoy más que nunca sentirá /ganas enormes de luchar /para lograr lo que él soñó /era un soñador, tío Ho Chi Minh / era un poeta, el tío Ho / era incansable, Ho Chi Minh /era un valiente, el tío Ho”.

La segunda, relata la ola de solidaridad que despertó en el planeta entero: “Quien se acostumbró a cantar /a las luchas del Vietnam /hoy siente ganas de llorar / porque murió tío Ho Chi Minh / inolvidable Ho Chi Minh / indoblegable Ho Chi Minh”.

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Y la cárcel lo hizo poeta

“A mí nunca me había dado por ponerme a hacer versos. Pero aquí, en esta cárcel, ¿en qué voy a ocuparme? Componiendo poemas, mataré día tras día y esperaré, cantando, el de la libertad”.

Así explicó Ho Chi Minh cómo fue que la prisión lo convirtió en poeta. Fueron varias las cárceles en las que estuvo prisionero a partir de 1942, cuando fue detenido en China.

Su obra poética está directamente vinculada al tema. El poemario diario de la prisión comienza justamente así: “El cuerpo está en la cárcel / y el ánimo se evade. /

Y mientras más se eleve el corazón / más tendrá que templarse”.

Reflexionó acerca de las paradojas de su azarosa vida de guerrillero: “Después de haber salvado tantos páramos, / ¿quién hubiera pensado tropezar en el llano? / Allá arriba, vi el tigre y nada me pasó. / Aquí abajo hallé al hombre y me encuentro en la cárcel”

La cárcel fue otro de los episodios de la existencia intensa de este hombre, que estuvo en la fundación del Partido Comunista Francés y en importantes momentos de las luchas de China. Vivió en varios países de Europa y de África, en Estados Unidos y en América del Sur. Trabajó en toda clase de oficios, desde ayudante de cocinero y limpiador de nieve, hasta retocador de fotos y de falsas antigüedades chinas.

Originalmente llamado Nguyen Sinh Cung, usó muchos nombres antes de recibir el de Ho Chi Minh, que significa “el que ilumina”. Pura poesía.

 


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