La Caraqueñidad | El nuevo orden y la desigualdad

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la distribución de fuerzas no nos favoreció

Mientras el mundo entero se mantenía atribulado ante el poder destructivo de aquel hongo maldito que se levantó en los cielos de Hiroshima y Nagasaki en esos días iniciales de agosto de 1945, los adecos y sus aliados militares, con apoyo de los medios de comunicación y, por supuesto Estados Unidos, fraguaban un vulgar golpe de Estado que pretendieron denominar Revolución de Octubre.

Era el presidente venezolano Isaías Medina Angarita, a quien muchos del pueblo reconocían como un militar con aperturas democráticas, pero con serios adversarios entre los aspirantes al poder, que tuvieron éxito al debilitar la imagen del regordete mandatario que garantizaba además de la plena libertad de expresión, por primera vez el voto de la mujer, la Ley de Archivos Nacionales por el rescate de la historia y claras evidencias de tolerancia política a tendencias opositoras, lo que hizo que en algunos sectores lo relacionaran primero con el fascismo y luego con el tan temido comunismo.

Cae Medina Angarita y se monta la Junta Cívico-Militar comandada por Rómulo Betancourt, bajo la premisa de que su intención apuntaba al voto universal, secreto y directo para elegir una Asamblea Nacional Constituyente.

Eran días convulsos, dentro y fuera del país. Se alcanzaba el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero no se había analizado aún ni el costo en vidas ni las consecuencias a corto y largo plazo.

Venezuela estuvo neutral

A pesar de las incontables reacciones de desacuerdo por parte del pueblo en cuanto a la detonación del par de artefactos asesinos masivos en tierras niponas (aunque hubo manejo sicosocial para apoyar aquel crimen multitudinario, ya que se estaba “acabando” con las aspiraciones de los países que integraban el llamdo “Eje del Mal”: Alemania, Japón e Italia), se esperaba una respuesta más enérgica por parte de los gobiernos de esta parte del mundo.

Venezuela, en su posición oficial, se mantuvo neutral, muy a pesar de haber sido víctima de los alemanes, que con su flota de submarinos hundieron un carguero de petróleo nacional y causaron varias muertes.

El suceso ocurrió a inicios de 1941 en la Operación Neuland (Nueva Tierra, en alemán), desatada en aguas del Caribe venezolano, ya que desde nuestras costas salía a Aruba, Curazao y Trinidad casi el 70% del petróleo y otros combustibles, que una vez refinados (así como alimentos y otros insumos) eran de suma importancia para los aliados que operaban en Europa y África del Norte.

Venezuela, para efectos bélicos, era un blanco geopolítico, geoestratégico y había que hacérselo saber; tarea que se facilitó ya que a pesar de la experiencia militar y de defensa tanto de Medina Angarita como de su antecesor Eleazar López Contreras, la marina de guerra nacional contaba solo con los cañoneros General Urdaneta y General Soublette, ambos carentes de sistemas para combatir a los poderosos y modernos submarinos teutones.

Así las cosas, es hundido el carguero venezolano Monagas y los de bandera extranjera San Nicolás y Tía Juana, con un saldo superior a 30 muertos; y sufrieron daños menores el Pedernales, San Rafael, Oranjestad y Arkansas.

Esto produjo una reacción de orden diplomático a través de un comunicado que conminaba al Gobierno suizo a llamar la atención de Alemania y finalmente Venezuela se declara en guerra previo a la creación de la ONU.

Reacciones internacionales

Claro que ponerle fin a la Segunda Guerra Mundial era un objetivo del mundo entero, pero lo que aún no está claro es si matando al menos 140 mil japoneses de pueblo de a pie se justificaba la cosa. Y sobre todo, para qué. Porque los escritores de la historia de esos días coinciden en que desde allí se replanteó el asunto de las fuerzas dominantes, del orden mundial y de las alianzas entre naciones; no obstante, ninguno aclara que el asunto se trataba de darle más poder a los imperios, de manera solapada.

Una muestra evidente es la firma del Acta de Chapultepec en México, una cumbre que reunió a los países de este lado del mundo, del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945, para plantear la reorganización de las relaciones interamericanas de acuerdo con la nueva realidad internacional, donde subyace la solidaridad recíproca en caso de agresiones de naciones extrañas a este continente. Además preveía sanciones a países americanos que incurrieran en actos contrarios. Y ya sabemos como han actuado naciones como Estados Unidos o Colombia, por ejemplo, en clara violación de lo allí acordado, sin que nada suceda.

Fuerzas desiguales

A pesar de las reacciones oficiales y del pueblo de aquel momento, con la consolidación de la ONU y otros mecanismos, la correlación de fuerzas en el naciente orden mundial era tan desigual como el apoyo que obtuvo Betancourt, la Unión Militar Patriota y sus aliados, para acabar con Medina Angarita y la ruta que había trazado para aquella Venezuela.

Ciudad CCS / Luis Martín

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