La Concordia. En el mapa salvaje de los amores furtivos

El ambiente prostibulario de una ciudad sin complejos, encuentra en sus alrededores un paraíso

 

“Papi, llévame para la habitación”, me sugirió la primera vez, con esa confianza provinciana de prima lejana que se quedó en Colón, un remoto pueblo del estado Táchira, deshojando la margarita del progreso. Me dijo que se llamaba Isabel.

Tímido y confundido, en plena esquina de Curamichate, le respondí lo que ya ha dejado de ser una excusa para convertirse en letanía: “es que no tengo plata”. Se trata de una rubita hermosa, de ojos perlados y mofletes de manzana, con dos piernas lechosas del grosor de columnas del Partenón, que, por supuesto, remueve los instintos, pero que cuando habla, lo remite a uno a cierta nostalgia ancestral por la familiaridad gocha de su acento.

La Concordia y sus alrededores, en el corazón de la parroquia Santa Teresa, pero arrullada por Santa Rosalía, ha sido, por años, la alcabala festiva de varones libidinosos en busca de caricias baratas y besos de alquiler. Fue -y es- el punto de no retorno de una diáspora provinciana que arriba al Nuevo Circo trasnochada, alucinando con el Dorado de concreto y dispuesta a ofrecer las arcadas de su sexo a cambio de una cosa medio mitológica que, en los parajes más alejados de la geografía patria, aún llaman “porvenir”.

Allí encuentran acomodo entre las esquinas con más solera de la capital y sus casonas derruidas, sostenidas apenas por la inercia digna de la Caracas más audaz, las muchachas del interior que migraron buscando suerte entre sus pensiones de arrabal, de donde se entra y se sale con la frivolidad urgente del deseo.

Son ejércitos de impúberes huyendo del hambre que no lograron saciar ni en Tucupita o La Grita, ni en Curiepe o Cumaná, y se aposentaron entre las avenidas Lecuna y Baralt con la plaza como epicentro del alma prostibular del centro.

Algunas han hecho de su oficio parte de la rutina doméstica, y se desplazan entre la esquina El Hoyo y el Teatro Nacional, ofreciendo sus carnes y comparando precios de un plátano y dos cebollas para completar el almuerzo de la jornada.

La segunda vez, apostada en la esquina donde vende perrocalientes un sospechoso mercader de acera, Isa me sonrió como si fuera mi pana, y me siseó persiguiendo mi rastro esquivo -y menesteroso- entre ese vértice picaresco de vida mundana que es el terminal de transporte terrestre de La Hoyada y la esquina de Viento, donde cualquier hotel, hostal, pensión, posada y centro turístico giran en torno a la transa amatoria. Son pactos artificiosos que se tejen con la velocidad del gesto y donde el amor no es tan caro como parece, pues todos, en esa región ficticia de los afectos, siempre estamos pelando bolas.

Hay quien se enamora

No fue igual para Ana, quien se fugó de la violencia y la escasez de Capaya (Barlovento) y se internó en un templo del placer de la Caracas vieja, llamado La Caneca. Diagonal a la plaza donde más de un macho moqueó castigado por las torturas de los esbirros gomecistas, en las catacumbas ensangrentadas de La Rotunda, despachaba sonrisas y cervezas a destajo como anfitriona beatífica, y siempre se negó a prostituirse porque le conmovían esas matronas al borde de la jubilación, que anidan en las banquetas de la barra esperando a un cliente más o menos decoroso.

Ahí halló el amor. Lo conoció en el bar. Una vez me contó que ese señor que casi le dobla la edad le sostuvo la mirada un día en el aire, y se quedó prendada como una idiota de esa fascinación loca por los sortilegios de la perdición. “Usted no sabe lo que es querer hasta que no es feliz sirviéndole un plato de comida a su marido”. Por él, huía cada noche, a eso de las 7, extraviada como una posesa por los pasillos malevos del centro a prepararle su almuerzo para varios días oficinescos, y le sacaba el filo a las camisas y los pantalones para la semana entera. Por él huyó, finalmente, de La Caneca, y más nunca nadie supo de ella ni pudo dar pistas de su destino.

“¿Y es que nunca me vas a llevar al cuartico?” me entrampó Isabel con rudeza de esposa, la tarde crepuscular en que mi mirada huidiza se tropezó con la suya justo al frente del Hotel Forte, cerquita de la esquina de Pinto donde, por lo general, recargo una teta del café que traen unos muchachos desde Biscucuy. Yo había cobrado y andaba realengo. “¿En cuánto?” me atreví. “Hasta puede ser gratis” sugirió. “Esperemos mejor a una próxima vez” balbuceé asustado, temiendo que sucediera lo que tantas veces me ha generado más magulladuras y hematomas que placer.

“No me vuelvo a enamorar”, canté con Juan Gabriel, de regreso a casa, como huyendo de Sodoma y Gomorra.

La plaza

Se supone que la plaza La Concordia se erigió para enaltecer la paz alcanzada, luego de las luchas libertarias contra la dictadura gomecista, y en respuesta al horror inmortalizado en el imaginario de la ciudad por uno de los más terribles cuarteles carcelarios establecidos por el dictador: La Rotunda. Allí estuvieron atenazados por grilletes de más de 3 kilos de peso, eminentes intelectuales, atrevidos dirigentes estudiantiles, poetas comprometidos, y todo aquel que quiso alzar su voz reclamando democracia desde 1908 hasta 1935 del siglo pasado.

Por muchos años, no hubo paz ni sosiego en la plaza, consumida por el abandono y la delincuencia, hasta que, en 2015, la Alcaldía del Municipio Libertador concretó el milagro de su recuperación con una millonaria inversión que la dejó nuevecita y reluciente para rescatar a la ciudad en el marco de su 448 aniversario. Hoy, aún convoca al amor.

Ciudad CCS / Marlon Zambrano / Fotos Michael Mata

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