La lectura “obligatoria” de Rómulo Gallegos

Clodovaldo Hernández

uchos venezolanos solo lo han leído a cambio de nota, porque los autores de los programas escolares de Lengua y Literatura decidieron que era obligatorio. Tal vez sea por eso que una buena cantidad de los estudiantes, una vez que pasan de grado o de año, ya no quieren saber nada más de Rómulo Gallegos. Llegan a casa con el uniforme rayado de te quieros y eres de pinga, y se deshacen de los cuadernos y de Doña Bárbara con el mismo gesto de: por fin se acabó este tormento.

O sea, pues, que uno no sabe si a Gallegos le hicieron un favor con esto de ponerlo en los planes de estudio o le echaron una tremenda broma porque, lo que se hace por deber, se abandona por derecho.

Claro que muchos de esos estudiantes fastidiados, luego le han dado las gracias a las lecturas a juro, pues los han salvado de quedarse en blanco ante la pregunta de cuál es tu escritor venezolano favorito. En lugar de un nervioso “¡eeehhh!”, cualquier persona en una entrevista de recursos humanos o en un concurso de televisión, pela por sus traumas adolescentes y dice orondo: “Rómulo Gallegos”, y si el entrevistador quiere ir más allá e indaga sobre cuál obra, específicamente, saltará de inmediato la que usted mismo está pensando, la de la señora que estaba tan buenota y era tan echada pa’ lante que cuando llevaron la historia al cine, le dieron el papel a María Félix.

Como todo estudiante de bachillerato de los años 70, leí Doña Bárbara y también algo de Pobre Negro y Canaima. Me gustaron, pero no me hicieron alucinar, como sí lo hizo Cien años de soledad, que también era requisito del pénsum, pero que nadie te obligaba a leerla tres veces como lo hicimos unos cuantos.

Ya en la universidad, resultaba obvio que los grandes intelectuales y académicos también le tenían cierta ojeriza a Gallegos. Esto ocurría especialmente con los que posaban de izquierda porque, como bien se sabe, Gallegos había sido dirigente fundador de Acción Democrática. En ese entonces, negar su valor literario era una manera de rebelarse contra el statu quo. Por cierto, he visto a algunos de esos “izquierdistas” en tiempos recientes defender con uñas y dientes, ya no solo a Gallegos, sino al epifenómeno llamado la cultura adeca. ¡Qué cosas!

Quienes se han mantenido firmes en el cuestionamiento literario de Gallegos son los que acusan a su obra de inocular la perversa línea ideológica de que la ciudad es la civilización y el campo es la barbarie. Pero, aun ellos reconocen que es una lectura obligatoria, así sea para luego darle con todo.

Con su estilo inconfundible, el periodista y escritor José Roberto Duque es uno de esos críticos irreductibles. Dice: “A los venezolanos se nos convenció de que ser campesino (y parecerlo: hablar, vestir, trabajar, pensar como campesino) es una mancha asquerosa de la cual es preciso despojarse, porque gente civilizada, chévere, bonita, desarrollada y ‘de avanzada ‘ que se respete, no anda sembrando matas ni criando animales (es decir, produciendo alimentos) sino estudiando para ser profesional o intelectual, o preparándose para la misión mega-hiper-guao de ser un empresario exitoso”.

Según Duque, el contenido de las novelas galleguianas ha sido empleado “para imponerle al pueblo el autodesprecio por lo que pudimos ser (un país que produce lo que consume), y para zamparle la adoración por la imitación o el remedo de algo que nunca seremos (europeos constructores de ciudades que medio funcionan)”.

También deplora Duque que la sociedad burguesa de la segunda mitad del siglo XX haya convertido a Gallegos y a sus relatos en emblemas de la nacionalidad.

“Lo detestable no es tanto el sujeto Gallegos, sino el método de imposición de una visión parcial, antipopular y elitista de la cultura que ejecutó el Estado burgués en manos de los adecos. Gallegos fue dos semanas a un hato en Apure (La Trinidad) y una semana a un campo en la Guajira (Alitasía). En el hato apureño emborrachó a unos obreros y peones para sacarles (robarles) sus historias, memorias de personajes; copió o intentó copiar su habla y sus giros lingüísticos, se enteró de unas cuantas leyendas y coplas, que no son propiedad de nadie, sino hechura colectiva de los pueblos. Con ese arsenal de historias y cantares escribió unas novelas, de las cuales se declaró autor, y por ellas fue proclamado emblema de la nacionalidad. Esas historias y decires y cuentos no le pertenecen a nadie, no tienen dueño, pero la gente las escucha y se las atribuye automáticamente a Gallegos”, reclama airadamente Duque.

Analistas menos ácidos de su obra dicen que Gallegos fue un fiel exponente de las ideas de su época (vivió entre 1884 y 1969) y que mal se le puede reclamar por eso. Alegan que hasta bien entrado el siglo XX, esa visión de la vida urbana como el ideal del progreso era compartida por la dirigencia y la intelectualidad tanto capitalista como socialista.

Significativamente, por mucho que se hable de adoctrinamiento en el currículo bolivariano, Gallegos, en Revolución, sigue siendo lectura obligada en escuelas y liceos, y el premio literario más importante que se otorga en Venezuela es el epónimo del escritor caraqueño.

Por otro lado, es difícil que un investigador encuentre a algún líder político (adecos incluidos) que haya demostrado mayor conocimiento que Hugo Chávez acerca de la obra de Gallegos. El comandante era capaz de citar de memoria extensos fragmentos de las novelas referidas al llano, como Doña Bárbara y Cantaclaro. Además, le dio un nuevo y peculiar impulso internacional al asignarle al nefasto George W. Bush el apodo de Míster Danger, uno de los personajes de su obra emblemática.

Chávez también ha ayudado a que su lectura sea obligatoria.

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El mito del héroe civil

Algunos historiadores equiparan a Rómulo Gallegos con José María Vargas porque fueron los primeros presidentes civiles en sus respectivas épocas y a ambos los sacaron del poder rápidamente.

La visión cuartorrepublicana del asunto es que Gallegos, gran héroe civil, destacado intelectual, fue derrocado por el poder militar, igual como a Vargas, que era médico y sabio, lo echaron los generales de la Independencia.

Bueno, cada quien con sus mitos. Si se analiza estrictamente, a Gallegos lo tumbaron los mismos militares que, aliados con su partido, Acción Democrática, habían derrocado tres años antes a Isaías Medina Angarita. No salieron de la nada ni eran unos extraños para el partido blanco.

La visión chavista del asunto es más global: Gallegos no terminaba de convencer a Washington, sobre todo porque quería establecer una política impositiva menos entreguista para las petroleras transnacionales. En los albores de la Guerra Fría, EEUU prefirió que “su” petróleo estuviera en manos más seguras.

Sea por lo que haya sido, el civil, civilizado y civilista Gallegos apenas duró en la presidencia lo que dura un embarazo. Parece que aquellos oficiales (Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez) fueron los antecesores de los generales de 2002, preñados de buenas intenciones. Solo que aquellos sí parieron una dictadura.

 


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