La maravilla cotidiana del profe Earle Herrera

Clodovaldo Hernández

Earle Herrera puede escribir todos los días, sin falta, una minicrónica (casi siempre punzopenetrante, de vez en cuando conmovedora hasta el borde de las lágrimas) porque enhebrar las palabras de todas las maneras posibles es como una función natural suya. Como el canto del pájaro, que después de todo es una maravilla cotidiana.

Si escribiera todo lo que va diciendo durante el día, Earle podría regalarles a sus lectores no una, sino varias minicrónicas o una sola y larga crónica de este acontecer tan cercano al realismo mágico del Gabo, ese que alimentó las calderas literarias y periodísticas de su generación.

Earle, en realidad, es letra encarnada. Tal parece que las musas andaban sobrevolando la Mesa de Guanipa el 23 de abril de 1949 y decidieron instalarse en la cabeza y en el corazón (porque escribir requiere de intelecto y de sensibilidad) del niño que acababa de parir la señora Ana del Rosario Silva de Herrera, allí en San José de Guanipa, un pueblo con alias: El Tigrito. Es posible que hayan decidido posarse en ese bebé por haber llegado el Día del Idioma y del Libro.

Tocado por esa varita mágica, el muchacho salió cuentista, poeta y periodista. Partió de aquellas tierras de petróleo y merey y se vino al candelero que era la Universidad Central de Venezuela en aquellos tiempos, cuando el insigne demócrata Rafael Caldera, en aras de la pacificación nacional, le puso candados a la Casa que vence la sombra.

Pese a todos los obstáculos, la UCV habría de ser su lugar en Caracas. Allí se formó como periodista, recibiendo clases de una constelación de profesores. Pronto pasó a ser otra de las muchas estrellas de ese firmamento docente. Integrantes de muchas cohortes de la Escuela de Comunicación Social, podemos dar fe de ello.

Recorrió el escalafón hasta jubilarse como profesor titular, dejando una estela de trabajos de ascenso que han sido útiles para la formación de los estudiantes y para el mejoramiento profesional de los egresados. Se dice fácil, pero es otro rasgo maravilloso porque muy pocos trabajos de ascenso sirven para algo más que para criar ácaros.

Su trayectoria se desplegó en tres líneas: docencia, periodismo y literatura. En las tres ha recibido aclamaciones, reconocimientos y premios. Su versatilidad se evidencia en el registro bibliográfico donde aparece desde un gran reportaje sobre pérdidas territoriales (su tesis de grado: ¿Por qué se ha reducido el territorio venezolano?) hasta poemarios como Penúltima tarde y Desmorir de amor ; libros de narrativa (A la muerte le gusta jugar con los espejos, Cementerio privado y Sábado que nunca llega); y los ya referidos aportes a la enseñanza del periodismo (El reportaje, el ensayo, de un género a otro, La magia de la crónica, Periodismo de opinión, los fuegos cotidianos y El que se robó el periodismo que lo devuelva).

En materia de crónica, son varias las obras en las que ha quedado plasmado su formidable talento: Hay libidos que matan,

Estas risas que vencen las sombras, Caracas 9mm, valle de balas, A 19 pulgadas de la eternidad, y Memorias incómodas de una barragana. Infortunadamente, muchas de estas obras solo se consiguen en algunas bibliotecas públicas o en las de sus amigos, estudiantes y fanáticos (sobre todo en las de los que son las tres cosas a la vez).

Vista desde el ahora, la vida de Earle luce como una historia siempre venturosa, pero un cronista formado bajo su influencia no puede dejar de describir sus descensos a los infiernos. Periodistas y escritores suelen cerrar sus días en la barra del bar, ya sea para ahogar las penas o para sucumbir a los encantos de la bohemia. En esas andanzas, las garras de la adicción lo atenazaron de un modo tal que varias veces fue necesario recluirlo en instituciones especializadas. Poeta al fin, de esos días terroríficos ha sacado prodigiosos testimonios de amor y de amistad.

Escapar con vida y con dignidad de ese trance es uno de los grandes méritos de Earle, más allá de sus talentos literarios y periodísticos. Quien haya sufrido personal o familiarmente algo así sabrá que se requiere de mucha fuerza de voluntad para lograrlo y que no es fácil en el plano social porque la gente tiende a ver al alcoholismo no como una enfermedad, sino como una sinvergüenzura

Años después de haber evitado un final catastrófico, Earle escapó de chiripa de otro acercamiento de la parca. Víctima de un repentino e insoportable dolor en el pecho, fue llevado al quirófano y pasó a ser una de las raras excepciones en la estadística fatal de los aneurismas aórticos. “El mismo doctor me dijo que me salvé de vaina”, comentaba sonriente en esos días.

El humor ha sido un aliado perenne de Earle y otra de las vertientes de su trabajo. Por años fue uno de los espadachines de la izquierda en aquel diario El Nacional, junto a Luis Britto García, Augusto Hernández, Roberto Hernández Montoya y Roberto Malaver, entre otros, hasta que ese periódico dio una voltereta ideológica y los echaron a todos.

El profesor (igual que los otros botados) se las ha arreglado para seguir opinando en diversos medios (Correo del Orinoco, Ciudad CCS, Últimas Noticias) y hasta hizo la transición al formato televisivo, con el programa El kiosco veraz.

En estos años recientes ha alcanzado el nivel de cronista diario que asombra a quienes saben lo difícil que es escribir con tal periodicidad sin tornarse repetitivo ni banal. Punzopenetrante cuando se refiere a la oposición apátrida o a los corruptos disfrazados de rojos-rojitos; conmovedor cuando escribe sobre gente amada o sobre ese pueblo de una sola pieza, el profe Earle Herrera es como el pájaro que canta todos los días, pero nunca deja de maravillarnos.

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Y Patricia dijo la verdad

Como tantos otros, Earle Herrera entró al primer plano de la política luego de la irrupción del comandante Chávez en la escena nacional.
Desde 1999 ha añadido roles a su currículum: constituyente en 1999, diputado a la Asamblea Nacional entre 2006 y 2017, y nuevamente constituyente. Su vida ha dado un vuelco casi total hacia la política, salvo por la indoblegable disciplina que le permite seguir haciendo periodismo.
Saldando deudas de gratitud, a Earle le ha tocado también aprender otros oficios. Es el solícito asistente, cocinero y enfermero de su esposa, Asalia Venegas, otra referencia sólida del periodismo de opinión y de la docencia universitaria, hoy quebrantada de salud.
En su rol de parlamentario ha aprendido a lidiar con las reses bravas de la oposición, a veces en el hemiciclo, con las formalidades del caso, y otras a voz en cuello, en plena calle. Una vez llegó a las puertas de la AN (entonces con mayoría chavista) una manifestación de periodistas y estudiantes de Comunicación Social a protestar contra la “censura del rrrrégimen”. A la cabeza iba nada menos que Patricia Poleo. Earle pronunció unas palabras con su estilo cáustico y malicioso. Poleo respondió con el suyo, vecino del insulto, gritando: “¡Earle, eres un tipo ordinario!”
El aludido felicitó a la dama. “Acabamos de ver algo insólito: por primera vez en su carrera, Patricia ha dicho la verdad”.


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