La voz de Pocaterra brotó de la decadencia

Cada año por estos días sale a relucir el nombre del escritor José Rafael Pocaterra, pues es el autor de la historia de Panchito Mandefuá, el niño de la calle (aunque en sus tiempos no se había inventado tal denominación) que fue atropellado por un carro y, en consecuencia, terminó cenando en Navidad con el Niño Jesús.

Cruel, tal vez, pero el de Panchito es uno de nuestros más conocidos cuentos de Navidad. Pocaterra nunca pretendió venderlo como un relato dulce. De hecho, forma parte de su recopilación Cuentos grotescos, que es candela pura en un tipo de realismo que bien queda definido en el adjetivo de su título: grotesco.

Los estudiosos del insigne valenciano afirman que tanto esa ficción atormentada como la otra gran vertiente de su obra, la literatura testimonial que representa muy especialmente Memorias de un venezolano de la decadencia, son piezas con grandes componentes autobiográficos. En Mandefuá, por ejemplo, habita parte del niño trabajador que fue Pocaterra, quien quedó huérfano precozmente y debió arreglárselas en las calles para ayudar con el sustento familiar.

Uno de los rasgos sobresalientes de su biografía es que fue autodidacta. De sus estudios formales solo se conoce que terminó la primaria. Lo demás que logró fue a pulso. Sin necesidad de cursar ni siquiera el bachillerato, se convirtió en una de las voces más importantes tanto de la narrativa propiamente dicha como de un ancho espectro alrededor de ella.

Y es que en los escritos de Pocaterra se encuentran desde formas literarias tradicionales hasta otras que en su momento fueron innovaciones y marcaron rumbos diferentes: testimonio, crónica, historia novelada, discurso incendiario, ensayo novelado, literatura carcelaria, libelo político… de muchas maneras se ha catalogado, y en muchos géneros se ha querido clasificar su trabajo, especialmente desde que comenzó a revelar al mundo los horrores de una genuina dictadura, la de Juan Vicente Gómez.

Porque, igual que en la historia triste y alegre al mismo tiempo, de Mandefuá, todo lo que cuentan sus crónicas sobre prisiones y torturas viene de la experiencia propia. Algunas de sus obras fueron escritas en La Rotunda y salieron de ella escritas en pequeños trozos de papel, enrollados como cigarrillos, gracias a la solidaridad del funcionario Macedonio Guerrero.

Piero Arria y Valmore Muñoz Arteaga, en un trabajo académico titulado José Rafael Pocaterra ante la condición humana, afirman que “como hombre, Pocaterra es flagelado por la realidad. (…) En este sentido describe sus experiencias traducidas por la vena subjetiva de su romanticismo social. Como creador, Pocaterra describe la realidad que ve, pero traslúcida a través del discurso de lo grotesco, diseminado dentro de una discursiva paradójica. El énfasis en lo feo, en lo turbio de la sociedad, propugna, dentro de sí, la semilla de la reacción, de la búsqueda constante de alternativas”.

No era una persona fácil. En respuesta a ciertos comentarios publicados en un periódico reaccionó con lo que ahora llamaríamos un derecho a réplica. La respuesta iba cargada de soda cáustica: “Mis libros, buenos o malos, no son para que los juzguen cacógrafos displicentes o críticos aliñados en la pasividad y el pesebre fácil y tranquilo. Son resultado de la fiebre, del dolor, de la injusticia, de la reacción profunda y sincera. Son músculos vivos y sueltos que laten dolorosamente al aire libre. Por eso estoy divorciado de una generación de literatos convencionales, escritorzuelos de la clase media mental. Mis lectores están entre los hombres –cuatro o cinco o seis– que sienten la purificación de la cólera y la responsabilidad de la requisitoria y que han sufrido la injusticia y la persecución en su carne y en su alma”.

Una de sus estudiosas más prolijas, María Josefina Tejera, no duda en ubicar los escritos de Pocaterra en el terreno del panfleto y el libelo político, aun cuando eran de una calidad superior a los materiales que suelen calzar esos calificativos. “A pesar de la fuerza de su estilo y de la veracidad de los hechos narrados, las Memorias no logran la independencia del autor que requiere una obra artística de primera clase. El tono de panfleto y el mencionar personas identificadas con nombre y apellido, la mantiene en los límites del libelo político”, argumenta la autora en su libro José Rafael Pocaterra, Ficción y denuncia, editado por Monte Ávila.

El exceso de pasión que rezuman sus textos lo ha puesto siempre en observación como referencia histórica. Sin embargo, también ha sido reivindicado en ese plano. Por ejemplo, Omar Osorio Amoretti, en su tesis de maestría José Rafael Pocaterra y la escritura de la historia, hace ver que el calibre literario del autor fue el punto de apoyo para que sus textos de denuncia política adquirieran valor documental en el campo de la historia. “Rescatadas del olvido por la crítica literaria gracias a la impronta que su autor dejó, en el área del arte, estas páginas de un marcado talante político y de un alto compromiso con la realidad venezolana han sido valoradas según los patrones que esa disciplina tiene para interpretarla”, explica.

Osorio Amoretti tiene una formación académica ideal para estudiar el tema, porque es licenciado en Letras y magister en Historia. En su investigación cita palabras de destacadas figuras, entre ellas el escritor y periodista Humberto Cuenca, quien hace una definición inmejorable del aporte de Pocaterra: “Es literatura de carne y hueso, que no es producto de meditación, cultura, lectura o cátedra, sino de experiencia vívida, de atmósfera vital, obra que tendrá siempre profundo arraigo en la conciencia del pueblo”.

Inédito en cápsula del tiempo

Un detalle fascinante de José Rafael Pocaterra no se ubica en su tiempo de vida (entre diciembre de 1889 y abril de 1955) sino que se proyecta en un futuro todavía muy lejano. No será sino hasta 2070 cuando se podrá abrir una especie de cápsula del tiempo en la que su viuda, Marthe Arcand, dejó una gran cantidad de documentos y, muy probablemente, novelas y cuentos inéditos.

Arcand era candiense y donó ese valioso material en 1970 a la Biblioteca y Archivos Nacionales de Québec, con la exigencia expresa de que solo se abran cien años después. El año próximo se cumplirá la mitad de ese período de espera obligatorio.

El periodista venezolano radicado en Canadá Eduardo Fuenmayor Guathier hizo gestiones en el centro de documentación, pero las leyes de aquel país indican que solo con un permiso de la donante sería posible abrir la cápsula.

Es casi seguro que allí reposan numerosos relatos inéditos, pues la última obra publicada por el autor es La casa de los Abila, en 1946, es decir que hay casi diez años de los que no se conoce ningún material.

Los archivos clasificados encierran también suculentos datos para los historiadores, sobre todo en lo que respecta a la fallida expedición del Falke, en 1929, encabezada por Román Delgado Chalbaud, en la que Pocaterra tuvo un rol polémico.

Corresponderá a otras generaciones conocer unos secretos tan bien guardados.

Ciudad Ccs/Perfil Clodovaldo Hernández

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