Laura Antillano siempre ha sido un prodigio

Perfil Clodovaldo Hernández

A los once años, Laura Antillano ya se había leído unos libros de los que muchos de nosotros ni siquiera hemos oído hablar. Por ejemplo, Juan Cristóbal, de Romain Rolland, una novela de ¡diez volúmenes!, que en algunas ediciones llega a tener más de 500 páginas.

“Es realmente larga –dice humildemente–. Pero me encantó, me sedujo, me enseñó acerca de la aventura de imbuirse en un texto”.

Y no fue lo único que leyó la niña Laura en sus primeros acercamientos a la literatura. También deglutió El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf, que relata la travesía de Suecia a bordo de un ganso.

De esa misma autora escandinava, la niña prodigio se lanzó luego con La leyenda de Gösta Berling, una novela de principios del siglo XX que algunos han catalogado como precursora del realismo mágico.

Bueno, con semejante bagaje literario no es de extrañar que haya publicado sus primeros cuentos a los 15 años, en el diario zuliano Panorama, y su primer libro a los 18 años de edad.

¿Cómo se explica tanta precocidad? En primer lugar, porque el hogar de los Antillano estaba siempre rebosante de cultura, libros, escritores, poetas y demás artistas, empezando por su madre, la pintora Lourdes Armas, y su padre, el escritor y periodista Sergio Antillano. En la biblioteca, ella se acostumbró a alternar desde niña con William Faulkner, Julio Cortázar, Olga Orozco o Ana Enriqueta Terán. En persona, no era raro toparse con Ramón Palomares o Luis Alberto Crespo.

También se explica, desde luego, por unas condiciones naturales para escribir en los más diversos géneros literarios y afines: narrativa larga y corta, poesía, ensayo y guiones de cine y de televisión.

El dramaturgo y periodista Armando Carías lo expresa así: “Con Laura Antillano podríamos servirnos de la misma imagen literaria utilizada por Aquiles Nazoa para hablarnos de Jenny Lind, cuando nos dice que ‘bien podría haber nacido Jenny en una caja de acuarelas’ ”.

“Laura sería en este caso, no ‘El Ruiseñor de Suecia’, como define Aquiles el amor imposible de Hans Christian Andersen, sino ‘el Cisne de Naguanagua’, condición que alcanzó cuando decidió dejar de ser el patito feo de la industria televisiva y lucir el espléndido plumaje de su escritura y su sensibilidad”, prosigue Carías, quien apela a los cientos de niños, niñas y jóvenes que han leído sus cuentos y disfrutado de sus talleres, para que den fe de su afirmación.

Además de sus otros atributos, Antillano parece tener el de inspirar a sus amigos a escribir también letras bonitas para ella. Iván Padilla Bravo, por ejemplo, dice: “Siento que con Laura Antillano tengo una larga complicidad de versos, relatos, reflexiones, ensayos, cuentos, como si ella los escribiera para ese niño indetenible e inquieto que llevo dentro”.
Agrega que “un día también aprendí con ella de sus aciertos frente a la creación cinematográfica, sus críticas y propuestas, entonces la recordé hija de Sergio, el maestro de cine, alumna de una escuela casera de imágenes en movimiento, haciendo la gran producción a la velocidad de 32 cuadros por metáforas”.

Escriben tan bien acerca de Laura Antillano que no sería justo cortarlos. Así, Padilla finaliza con esta frase: “Es una mujer grande, muy grande en ternura, sonrisas y besos, pero con una firmeza en la palabra y en cada texto que imponen distancia, profundidad y respeto. Laura, ella toda, es también la militante perseverante que sabe contribuir a construir los tiempos nuevos. Aquí, en este lado tan izquierdo del corazón, siempre la siento latiendo y es algo de lo que me enorgullezco. Gracias, Laura, por cada palabra tan bien dicha, gracias por cada uno de tus versos”.

Natural de Caracas, pero con largas pasantías en Maracaibo y en Valencia, Laura Antillano estudió Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia. Apenas al egresar publicó su primera novela: La muerte del monstruo come-piedras. A partir de allí, al tiempo de ejercer la docencia en la Universidad de Carabobo, dirigió distintas publicaciones literarias y escribió diversas columnas sobre lectura.

Varias veces ha cambiado de género predilecto. Al principio fue la poesía, aunque no se atrevía a leer sus trabajos en público. Luego hizo un largo viaje por la narrativa, escribiendo novelas y cuentos. Aquí estuvo también su incursión en la televisión y el cine. Después retornó a los senderos líricos. En una entrevista, explicó la diferencia: “Son dos géneros distintos. En la poesía hacemos síntesis, la poesía no se explica, sino que nos explica, es la palabra en su simpleza, en su desnudez, en su verdad. La narrativa, en cambio, cuenta, es arquitectura”.

En su paso por lo audiovisual adaptó a la televisión La hora menguada, de Rómulo Gallegos, e hizo el guión de una película muy bien conceptuada, Pequeña revancha, de Olegario Barrera, premiada en el Festival de Cine de Mérida 1986. Luego, en un trabajo conjunto con Néstor Caballero, escribió Con cierto corazón, premio de Foncine en 1987.
Entre sus libros se cuentan Las paredes del sueño, Perfume de gardenia, Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir, Cuentos de película, La luna no es pan de horno y otras historias y Tuna de mar.

En tiempos recientes estaba trabajando simultáneamente en narrativa y poesía, a través de un extenso poema sobre Antonio José de Sucre y una novela centrada en un grupo de amigos que se conocen de niños y se reencuentran al final de sus vidas.

Después de tanta letra escrita, este prodigio de la literatura sigue reivindicando el valor de la palabra leída. Dice que ella fue su herramienta de niña tímida para relacionarse con el mundo, y que en las alas de los libros viajó mucho y vivió mucho. “La lectura no me ha defraudado nunca”, sentencia feliz.

Los muchachos escriben más

Laura Antillano es de la era analógica, comenzó escribiendo a mano o en aquellas máquinas de entrañable sonido. Pero no se quedó en ese tiempo, en especial porque una de sus áreas de trabajo es la literatura infantil y juvenil y allí es imperativo adaptarse a las nuevas realidades.

Tan al día está que hasta lanza una afirmación que algunos deben considerar sorprendente: “Los muchachos de ahora escriben más”. Y argumenta su tesis diciendo que la constante interacción a través de los teléfonos y otros dispositivos digitales tiene que ser vista como lo que es: lectura y escritura, solo que en unos códigos diferentes a los que conocieron anteriores generaciones. “No se puede decir que la gente no lee. Es injusto. Al contrario, la gente lee y escribe mucho, solo que corto”.

La actividad de Antillano es intensa. Tiene tres talleres literarios cada semana con gente de diferentes edades y circunstancias, incluyendo escuelas en varias regiones del país. Las dos últimas semanas ha estado metida de cabeza en la Filven, donde ha sido ponente en foros, invitada especial y hasta madrina de algunos libros.

Todo ello le resta tiempo para sus proyectos literarios, en especial para el trabajo sobre Antonio José de Sucre. “Quiero terminarlo, porque él es un personaje hermosísimo, fabuloso. Hasta ahora no lo hemos honrado lo suficiente”.


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