Leer es vida | La lectura es mi locura

Armando Carías

Don Quijote, ya anciano, enloquece de tanto leer historias de caballería.

Yo perdí la cordura siendo un niño, a partir del momento en que cayó en mis manos mi primer libro.

Recuerdo, como Aquiles, que solía montarme en el elefante del libro Mantilla y dar largos paseos por aquellos lugares a los que sólo se llega cuando se tienen siete años.

Me pasaba como al niño lector de “La historia sin fin”, que vivía en carne, huesos y alma las aventuras de Atreyu, el protagonista de la novela de Michael Ende.

No pocas veces, en compañía de “El Principito”, remonté las galaxias en busca del asteroide B 612, en donde solía pasar horas y horas hablando con el farolero que enciende y apaga interminablemente las estrellas.

En más de una ocasión, sugestionado por el cuento de Antonio Arraiz, creí caerme en la olla de chocolate hirviente reservada para Ratón Pérez el día de su boda con “La Cucarachita Martínez”.

No escapaban a mis desvaríos de precoz lector las peripecias de los héroes y villanos que vivían en los suplementos que mi papá llevaba a la casa los sábados por la noche.

De todos ellos, mi preferido siempre fue Chanoc, porque a diferencia de los paladines de la justicia “Made in Marvel Comics”, ésta era una historieta mejicana protagonizada por un pescador que se enfrentaba, no a Lex Luthor ni a El Guasón, sino a temibles bandas de traficantes de perlas.

Remonté los siete mares y superé tormentas en compañía de Simbad y la hermosa Scheherezade, fui pasajero del cohete que viajó “De la Tierra a la Luna”, ardí en el fuego que achicharró la pasión de “El soldadito de plomo”, conocí el tenebroso bosque en el que se perdieron “Hansel y Gretel”, de la mano del dulce Geppetto aprendí a caminar junto a Pinocho, viví en carne propia el amor imposible de “El Cocuyo y la Mora”, me enfrenté una y mil veces al lobo feroz que se comió a la abuelita de “Caperucita Roja” y apuntalé con todas mis fuerzas la frágil casa de madera que el empecinado animal sopló y sopló hasta derribarla.

En la historia de Cervantes, el alucinado Quijote muere cuando deja de soñar.

Lo mismo podría decirse de la infancia.

Por eso, ahora que la ciudad y los libros se abrazan en la Filven, volveré a visitar a esos viejos amigos que me enseñaron que mientras soñemos seremos niños eternamente.

 


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