Lenín Moreno pasó del humor que sana al chiste malo

Clodovaldo Hernández

Debo comenzar esta nota en primera persona, porque cuando en julio de 2017, para la revista Épale, hice el perfil del recién electo presidente de Ecuador, Lenín Moreno, escribí una última frase de esas por las que a uno pueden llamarlo boca de sapo. Dije que aquel hombre, que había salvado a la izquierda latinoamericana de otra derrota, podía terminar convertido en un chiste. “Se han visto casos”, advertí.

Como decía un tema cómico-musical antediluviano de Simón Díaz: “En efecto, dicho y hecho, pegó los huevos del techo”: el sucesor de Rafael Correa se transfiguró en una broma, pero de mal gusto y de alcance mundial.

La referencia al humor y al chiste se basaba en la historia personal de Moreno, en la que la risa tuvo un peso significativo como remedio infalible. Debo confesar –ya que he decidido correr el riesgo de la primera persona– que me tripee esa historia: un ser humano golpeado por la desgracia, sumido en la depresión, que se transformó en un sanador de sí mismo y de otros infortunados, a punta de guasas.

Paralizado por un tiro en la columna vertebral, que recibió en medio de un asalto, Moreno estaba postrado en cama, muy amargado. Un amigo lo visitó y, por primera vez en meses, lo vieron reír. A partir de allí, comenzó a valorar la virtud regeneradora del buen humor. Escribió un montón de libros de autoayuda, basados en el chiste, impartió cursos de risoterapia y se proyectó como una celebridad. En esas lides andaba cuando se cruzó con Correa y terminó siendo primero su vicepresidente y, luego, su gallo tapado. ¡Vaya que fue buena esa bufonada!

Cuando el hombre al que describí entonces como “una sonrisa en la silla de ruedas presidencial” comenzó a mostrar el camino que pensaba seguir –el de la deslealtad más aviesa– busqué el archivo, leí aquel párrafo y me felicité amargamente por haber dejado abierta la posibilidad de una traición, que en ese momento (2017) no era fácil de pronosticar, porque Moreno había sido un vicepresidente fiel y, porque sin Correa, ese personaje no habría podido ser presidente, ni aun en los sueños más delirantes.

Y aquello era apenas el comienzo de una traición que cada día se hace más profunda, más descarada, más ramplona. En las últimas semanas, la comicidad terapéutica de Moreno ha mutado ya, irreversiblemente, en otro episodio de la tragedia histórica de Nuestra América, la misma saga que registra la oscura traición a Bolívar, para solo hablar del capítulo más célebre.

El excanciller ecuatoriano Ricardo Patiño ha llegado a la conclusión de que Moreno es un impostor profesional, razón por la cual “nos engañó a todos”.
Según Patiño, todo fue un trabajo de largo aliento preparado por la CIA para sacar del poder a la Revolución Ciudadana. “Durante diez años se pasó alabando el gobierno que teníamos, del cual era vicepresidente. Llegó a calificar a Rafael Correa como el mejor presidente del mundo”.

Esa actitud le permitió convertirse en el líder designado por Correa para sustituirlo. Estaba tan confiado el expresidente, que hasta se fue a vivir a Bélgica, y entonces fue cuando apareció la otra personalidad del doctor Jekyll, la del neoliberal pro estadounidense que está dispuesto a deshacer todo lo que hizo Correa y lo que él mismo refrendó como vicepresidente.

Esa labor de destejer lo tejido se expresa claramente en el plano de la política interna, asunto de la exclusiva competencia de los ecuatorianos. Pero también tiene una serie de expresiones en el escenario global. Citemos de nuevo a Patiño, quien acusa a Moreno de haberse comprometido con el vicepresidente de EEUU, Mike Pence, a entregarle la cabeza de Julián Assange, sumarse a las maniobras contra Venezuela y desbaratar la integración latinoamericana alternativa.

Con una obsecuencia propia de los célebres perritos de alfombra descritos por el expresidente peruano Pedro Pablo Kuczynski, Moreno ha avanzado en las tres promesas. Ya entregó a Assange, ya se sumó a la campaña antivenezolana, y ya ha hecho su parte para dinamitar a la Unión de Naciones de Suramérica, cuya sede estaba justamente en Quito, allá en la mitad del mundo.

El periodista Luis Bilbao asegura que la culpa de todo la tiene Correa. “Lo que ocurrió en Ecuador fue también fruto de la indecisión frente a un programa de transición al socialismo, el tratar de cabalgar a dos aguas. También tenemos la negativa de Correa y de los principales líderes de su proyecto a construir un partido revolucionario, lo que sí se hizo en Venezuela. Ellos se negaron a constituir una Quinta Internacional cuando la propuso el Comandante Chávez.

Luego ocurren estas cosas, aparentemente incomprensibles, como que el candidato elegido por Correa para la sucesión se da vuelta en el aire y empieza a aplicar una estrategia inversa al proyecto originario. Allí queda la certeza de que hace falta un programa, una estrategia y una organización seria, con cuadros, con liderazgos, para llevar a cabo una propuesta revolucionaria”, señaló.

En los últimos días, Moreno se ha pasado de la raya en el competido campeonato latinoamericano de la traición, ese que encabezaba el uruguayo Luis Almagro. Para lograrlo autorizó a la policía británica a entrar a la Embajada ecuatoriana y llevarse al asilado Julián Assange, el gran perseguido político del capitalismo hegemónico.

Si algún presidente más o menos progresista hubiese hecho algo parecido con un “preso político”, la prensa mundial lo habría molido a palos. Pero el empresario con discapacidad motora que se curó a sí mismo mediante la risa es ahora el consentido de los grandes medios de la derecha, que le atribuyen el rango de prominente estadista.

Por eso es que dice el refrán que “más vale caer en gracia que ser gracioso”.
____________________

Puro veneno

Hay quienes dicen que con la revocatoria del asilo a Julián Assange, Lenín Moreno sigue en su proceso de liquidar todo lo que huela a Rafael Correa. Otros afirman que es un pase de factura directo a Assange porque Wikileaks publicó informaciones que lo vinculan con un caso de corrupción internacional: los INA Papers.

De cualquiera de las dos formas, se percibe como una gran canallada, porque es un brebaje en el que hay traición, corrupción y revancha. Puro veneno.

Los defensores de los derechos de las personas con discapacidad se sienten particularmente afectados por estas actuaciones de Moreno, quien fue presidente del Comité para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Discapacidades, entidad de la Organización de Estados Americanos, y también comisionado sobre Discapacidad y Accesibilidad del entonces secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

Los logros que alcanzó en esos cargos quedan menoscabados con sus ruindades presentes, las que le han permitido a los discriminadores volver a etapas superadas, como la de hablar de la supuesta maldad inmanente de “los patulecos”, un estereotipo que han ayudado a construir las telenovelas a lo largo de décadas.

Nada de eso: lo que pasa es que con las personas con discapacidad, pasa lo mismo que con el resto: la mayoría son buena gente, pero siempre se ven casos.


Únase a la conversación