Luis Mariano Rivera, luego de viejo, poeta

Clodovaldo Hernández

La historia de Luis Mariano Rivera podría servir de inspiración a esas personas que sufren la llamada crisis de los 40 o de los 50, porque este notable cultor sucrense prácticamente comenzó sus andanzas en el mundo de las letras y de la composición musical cuando ya se acercaba al medio cupón.

Todas las notas biográficas que han aparecido en estos días (Luis Mariano hubiese cumplido 113 años el pasado 19 de agosto) destacan un detalle anecdótico y ejemplar: el hijo más ilustre de Canchunchú apenas si sabía escribir cuando promediaba sus cuarenta. Un día, un muchacho se burló de él, pues en la pulpería que manejaba escribió un cartel con varios horrores ortográficos (depocito de yelo, en lugar de depósito de hielo). Avergonzado y herido en su amor propio, se decidió a reanudar los estudios, interrumpidos en un precario tercer grado de primaria en su muy pobre y rural terruño en tiempos de Juan Vicente Gómez.

Fue tanto el empeño que le puso en lo que prácticamente significó una nueva alfabetización, que terminó en los privilegiados ámbitos de la poesía, con la sencillez de sus raíces y la hermosura de un talento que no había podido brotar antes debido a las limitaciones en su formación básica.

Iván Padilla Bravo, director del semanario cultural Todosadentro, recuerda los tiempos de la liberación del poeta a través del estudio. “Conocí a Luis Mariano en su casa de puertas abiertas en Canchunchú. Siempre sentí una gran admiración por ese poeta de las cotidianidades del campo que fue analfabeta por muchísimos años –dice Padilla Bravo–. Tuve el privilegio de verlo escribir de su puño y letra esa Cerecita que tanto cantó y se canta. Era un hombre feliz, profundamente solidario. Su casa era espacio para todos. Allí pernoctamos algunas noches entre encuentros de alfabetización y tras reuniones entre gente de las culturas que veíamos en este cultor a un maestro de los que han contribuido a guiar los tiempos nuevos de la Patria”.

Su disposición a aprender en tiempos en que muchos se amparan en la tesis de la incapacidad del loro viejo fue, quizá, compensada por el destino, porque Rivera estuvo en este plano hasta los 95 años de edad, es decir, más de cuatro décadas, luego de su metamorfosis.

Cuando lo visitaban en su pueblo, en las vecindades de Carúpano, todos se impresionaban con su longevidad y excelente salud. “Pensar más en alimentar el espíritu que la materia”, era su receta. Quienes estuvieron cerca de él agregan que su existencia sencilla y los productos salidos de su plácida región son otras de las claves para tan larga vida.

Entre los que dejaron un testimonio de sus conversaciones con Luis Mariano en Canchunchú estuvieron Simón Díaz y Gualberto Ibarreto, en un video invalorable grabado en 2000, en el que estos tres astros de la música criolla hablan como si fueran compadres y cantan juntos.

Otro valioso documento es un reportaje biográfico de Colombeia, en el que ofrecen sus visiones uno de los hijos de Rivera, Pedro Alejandro Marsella; amigos del músico, como Pedro Salazar, Tomás Pantoja, Andrés Martiarena; y el promotor cultural Alfredo Rojas.

En ese trabajo se señala que Rivera era hijo de Antonio Font, a quien las semblanzas caracterizan como un terrateniente blanco de Carúpano, cuyas tierras estaban dedicadas al cultivo de caña de azúcar para la fabricación de papelón y ron. Su madre, María Rivera, era una campesina morena, quien muere tempranamente, cuando Luis Mariano era un niño. Como hijo habido fuera del matrimonio (“ilegítimo”, se le decía entonces) no obtuvo muchas ventajas de la condición económica de su padre. Lo más que pudo lograr fue que lo empleara como peón de una de sus haciendas.

Lo criaron sus tíos y su abuela materna, gente muy pobre que no pudo costearle más los estudios, lo que explica su rápida deserción escolar.

Como ha ocurrido con tantos venezolanos, la escasa formación académica no le impidió aprender a expresarse con el cuatro y el canto. Pero fue al “meter un poco de luz al pensamiento” –como él mismo llamó a su superación del analfabetismo– cuando pudo tomar la ruta de la poesía y la composición. En los años 50 formó su primera agrupación, Alma Campesina, dedicada a las parrandas navideñas e integrada por arrieros y mujeres que solo habían cantado en las faenas de pilón. En ese tiempo nació una de sus piezas emblemáticas, técnicamente es considerada un aguinaldo, Canchunchú florido.

Este tema es apenas uno de los varios que Rivera le dedicó a su pueblo (Canchunchú dichoso, por ejemplo, es igualmente hermoso), pero el “Florido” se hizo mundialmente conocido al ser interpretado por íconos de la música criolla como el Quinteto Contrapunto, Gualberto Ibarreto, Lilia Vera y Cecilia Todd.

Canchunchú Florido fue también el nombre de la más duradera de sus agrupaciones, que apareció en el escenario musical a mediados de los años 60 y siguió existiendo aun después del fallecimiento del maestro, en 2002.

Tanto algunos testigos presenciales de su carrera como otros que la han investigado coinciden en que uno de los aportes fundamentales de Luis Mariano fue contribuir a la diversificación de la cultura musical venezolana. Sus trabajos permitieron que mucha gente entendiera que esta no era únicamente la que se hacía en el llano. De la mano de este gran cultor, el resto del país se maravilló ante la exuberancia de las armonías orientales.

Además de difundir esa maravillosa riqueza, la obra de Luis Mariano Rivera tuvo la gran virtud de rendirle homenaje a todo lo simple, lo sencillo, a las criaturas más humildes de la naturaleza como el mango, la cerecita del monte y la guácara. Allí radicaba su esencia de poeta, esa que solo cristalizó “después de viejo”.
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Con brillo de pumarrosa

Luis Mariano Rivera no solo le cantó a su Canchunchú. También esparció poesía por las vecindades: Maturín, Río Caribe, Cariaco y la isla de Margarita. Lo invitaban a un pueblo o a una ciudad para rendirle un tributo, y él se aparecía con unas rimas que luego se hacían canción dedicada a ese sitio. Así retribuía él los homenajes.

Podría escribirse mucho sobre Rivera (Rafael Salazar hizo un libro con su biografía), pero como poesía con poesía se paga, y música con música se paga, la gran descripción de su obra puede encontrarse en una pieza legendaria de Alí Primera, titulada La canción de Luis Mariano:
“Con brillos de pumarrosa y con olor de guayabas / la canción de Luis Mariano es canción entre dos aguas: / entre el agua de su mar y el cocotal de la playa”, escribió Alí, remarcando la típica pronunciación popular (pumarrosa, en vez de pomarrosa) y dibujando la vecindad del campestre Canchunchú con el mar que baña las costas de Paria.

“Verdor de caminos, orilla e´sabana, / es novia del cuatro, la canción de Luis Mariano / me sabe a sancocho e’ playa”, agregó Primera en su magistral pintura cantada.

Y como Alí sin proclama no era Alí, le añadió esta estrofa que no deja más que decir: “Es tierna como las manos de mi abuela en su plegaria, / la canción de Luis Mariano es canción de la esperanza / porque mi pueblo sea un pez reventador de atarrayas”.


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