Lula, la dignidad que no se deja “barganhar”

Perfil Clodovaldo Hernández

Cada día resulta más claro que Lula está preso mediante una patraña político-judicial. El montaje ha sido tan descarado que son muy pocos los que siguen dando argumentos legales para justificar que el expresidente brasileño Luiz Inácio Da Silva siga tras las rejas. La conclusión es simple: lo sacaron del medio para que el ultraderechista Jair Bolsonaro pudiera ganar las elecciones. No hay que darle más vueltas.

Lula es el primero que lo tiene claro. De hecho, hace unas semanas le ofrecieron un beneficio de libertad condicional y lo rechazó. Dijo que no iba a “barganhar” su libertad, una palabra que fue traducida en la prensa como desvalorizar o rebajar, pero que en términos del portugués de las calles brasileñas se entendió como que el expresidente no está dispuesto a prostituirse aceptando esas dudosas “gangas” judiciales que implican aceptar su culpabilidad.

Lula escribió a mano su mensaje de rechazo al ofertón de libertad, provocando airadas respuestas de la derecha, algunas de ellas francamente criminales. Por ejemplo, un individuo que se hace llamar “el Inspector Alberto”, asesor de un diputado del partido de Bolsonaro, se grabó en video disparándole diez veces a una foto de Lula. Luego subió su hazaña a una cuenta de Instagram y recibió miles de corazoncitos de apoyo.

El hijo de Bolsonaro –de tal palo, tal astilla- advirtió acerca de la violencia que se desatará si Lula queda libre y vuelve a postularse a elecciones. Con todo lo que está pasando en América Latina, la camarilla de radicales que ha tomado el poder en Brasil está muy, pero muy asustada.

La actitud del antiguo sindicalista y obrero metalúrgico es una de las principales razones de este miedo. Ha sido firme al enfrentar la intriga en la que lo envolvieron. La dignidad de su respuesta a la posible libertad condicional ha reforzado la imagen heroica de este hombre nacido en Pernambuco, en el olvidado noreste brasileño, que comenzó a trabajar desde los 9 años como limpiabotas y vendedor ambulante y llegó a ser presidente del gigante suramericano.

El afán de las clases dominantes brasileñas por mantener a Lula lejos del poder deja al descubierto la peor cara del capitalismo: no acepta ninguna fórmula de gobierno que contemple beneficios para las mayorías. Quieren que todo el dinero del país sea para los más ricos. Solo así se entiende que repudien a un líder que sacó de la pobreza a 30 millones de brasileños y, al mismo tiempo, puso a Brasil en un nivel de “prosperidad” muy destacado, según los parámetros del desarrollo capitalista. No fue por casualidad que Brasil aportó la B de los BRICS (integrado además por Rusia, India, China y Sudáfrica), un grupo que, por sus grandes potencialidades, puso a temblar a Estados Unidos y Europa en la primera década del siglo.

Lula no fue durante los ocho años que gobernó (2003-2010) una amenaza para la poderosa burguesía brasileña, que siguió disfrutando de su vida de jeques saudíes. Lo que hizo él (y su sucesora, Dilma Rousseff, mientras la dejaron gobernar) fue distribuir mejor la riqueza, atendiendo la histórica deuda social arrastrada por la enorme nación. Sus planes en educación, salud y créditos para los más pobres fueron la clave de un logro titánico en materia social.

Pese a los altos índices de crecimiento, esos logros sociales fueron vistos con ojeriza por el capitalismo hegemónico global. Siempre se intentó descalificar su gestión con adjetivos como populista, izquierdista, socialista o comunista.

La derecha, tras comprobar que era incapaz de vencerlo en las urnas electorales, montó una de sus típicas operaciones de infiltración, lawfare y guerra mediática. En 2016 hicieron la movida que sacó de la presidencia a Dilma Rousseff, basándose en un proceso judicial espurio. Sabía que contaban ya con el neoliberal Michel Temer, en mala hora aceptado por el Partido de los Trabajadores como vicepresidente de Rousseff, a cambio de apoyo electoral. Con ese personaje nefasto comenzó la anulación de las políticas sociales de la era Lula-Dilma, un proceso que ha adquirido niveles destructivos absolutos con el troglodita Bolsonaro en el palacio de Planalto.

La operación anti-Lula (de la que Dilma fue un daño colateral) siguió con un juicio por enriquecimiento ilícito y legitimación de capitales que será estudiado mundialmente como una parodia tribunalicia ramplona utilizada nada menos que para cambiar un resultado electoral. Es casi anecdótico cómo se declaró culpable a Lula, sin prueba alguna, por supuestamente recibir un apartamento en Sao Paulo, como soborno. Esa sentencia lo puso fuera de una carrera presidencial que tenía ganada.

Algunos analistas latinoamericanos sostienen la tesis de que Lula está pagando las consecuencias de errores graves cometidos en su relación con los factores de poder económico. Uno de esos analistas es Atilio Borón, quien desde muy temprano comenzó a alertar que los grandes beneficiarios de la gestión macroeconómica de los gobiernos tanto de Lula como de Dilma, de su esfuerzo para que millones de personas salieran de la pobreza, habían sido los bancos, que alcanzaron un enriquecimiento brutal.

Los analistas de esta tendencia también dicen que Lula prefirió no ir a fondo con lo que a todas luces pudo ser una verdadera revolución. Entre las propuestas revolucionarias del comandante Hugo Chávez que no respaldó estuvieron el ingreso a la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (ALBA), la constitución del Banco del Sur, la moneda única latinoamericana y la convocatoria a una Quinta Internacional. Si lo hubiera hecho, lo habrían atacado antes, pero, visto en perspectiva… ¿qué más daba si igual le iban a tirar a matar?

La corrupción como arma

La matriz de opinión sobre la corrupción afectó a Lula, aunque él, en términos personales, esté libre de culpa y así lo considere la mayoría de los brasileños. Lo afectó porque la organización política que lidera, el Partido de los Trabajadores (PT), sale muy mal parada del juicio popular en este sentido.

Desde muy temprano abundaron las acusaciones de enriquecimiento ilícito de muchos funcionarios de diverso nivel, incluso gente de su círculo cercano.

Por ejemplo, en 2005, el escándalo lo rozó. Personajes de su entorno se vieron implicados en el caso Mensalao (mensualidad en portugués). El PT pagaba “nóminas” enteras a los movimientos aliados a cambio de su lealtad. El sólido liderazgo de Lula impidió que ese asunto lo hundiera. Por el contrario, fue reelecto. Pero la estructura del gigantesco partido seguía carcomiéndose a la vista de todos.

Esos antecedentes permitieron que se montaran (y que tuvieran credibilidad) tretas tan ramplonas como las que condujeron a defenestrar a Rousseff y anular a Lula.

Los conocedores de la política brasileña afirman que sin ese desgaste previo, tales maniobras políticas no hubieran podido prosperar sin que se produjera una masiva respuesta popular que las frenara.

A pesar de todo, y dadas las características del gobierno de Bolsonaro, mucha gente sigue esperando que Brasil reaccione como lo que es –un gigante- y saque a Lula de la cárcel.


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