A Marulanda lo escogió la guerra

Clodovaldo Hernández

” Yo no escogí la guerra; la guerra me escogió a mí”, dijo alguna vez Manuel Marulanda Vélez, considerado el guerrillero latinoamericano por antonomasia, luego de haber estado alzado en armas por 58 años.

Es difícil refutar esa afirmación de Marulanda porque si en Colombia no se hubiese enquistado el conflicto armado que la asoló desde finales de los años 40, lo más seguro es que Pedro Antonio Marín Marín no hubiese asumido una nueva identidad (tomada a préstamo de un sindicalista asesinado), ni hubiese sentido la necesidad de dejar de ser un campesino de Génova, pueblo del departamento de Caldas (aunque actualmente pertenece a Quindío), donde había visto la luz, en 1930 o tal vez un poco antes porque en esa época eran habituales las confusiones con las fechas de nacimiento.

Esa guerra, de crueldad extrema, lo puso en el camino de la historia, como uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), una organización que estuvo formalmente en guerra contra el estado colombiano durante medio siglo. Esa larga trayectoria hizo que algunos identificaran a Marulanda como el guerrillero más veterano del mundo.

También lo calificaron de formas mucho más cáusticas: terrorista, asesino, narcotraficante, genocida. Fue uno de los hombres más buscados no solo por las autoridades de Colombia sino también por Estados Unidos. Sin embargo, y a diferencia de otros grandes comandantes de las FARC, no pudieron darlo de baja. Falleció de una afección cardíaca a la edad de 78 años, metido en la selva profunda del Meta.

Otro nombre malicioso que le dieron fue el de “Tirofijo”, basado en su mítica puntería, pero más orientado en realidad a reforzar su imagen de criminal despiadado. “¿No recuerda el señor representante de Colombia que en Marquetalia hay fuerzas a las cuales los propios periódicos colombianos han llamado ‘la República Independiente de Marquetalia’ y a uno de cuyos dirigentes se le ha puesto el apodo de Tirofijo para tratar de convertirlo en un vulgar bandolero?”, dijo el Che Guevara en un discurso en la ONU, en 1964.

El cariz legendario de Marulanda lo convirtió a menudo en protagonista de lo que ahora se llaman fake news. Varias veces se le dio por muerto, y cuando finalmente ocurrió su deceso, muchos pensaron que era otro rumor infundado. Tuvo que salir el ministro de la Defensa del momento, Juan Manuel Santos, a dar la información, confirmada luego por las FARC, a través de Timoleón Jiménez, “Timochenko”.

Marulanda fue contrafigura de varios presidentes colombianos. Con dos de ellos llegó a sentarse a negociar: Belisario Betancourt y Andrés Pastrana. El acuerdo alcanzado con el primero de ellos llenó de esperanzas a un país cansado de la guerra. Sin embargo, lo que pasó después ha sido una de las peores experiencias surgidas de cualquier proceso de paz en la historia. El partido Unión Patriótica, formado por cuadros salidos de la pacificación, fue exterminando por el paramilitarismo. Se estima que unos 3 mil excombatientes fueron asesinados por las primeras expresiones de lo que se consolidaría luego como otro de los factores de poder en el país vecino: los paracos de derecha.

Con Pastrana, las negociaciones llegaron hasta un punto inédito, pues a las FARC se les otorgó incluso una zona desmilitarizada en San Vicente del Caguán. Cuando se esperaba un encuentro cumbre de Pastrana y Marulanda, este faltó a la cita. Al episodio se le conoce como “la silla vacía”. El líder guerrillero alegó tener informes de que se pensaba atentar contra su vida.

La prensa oligárquica colombiana (y sus equivalentes en otras naciones, incluyendo Venezuela) tuvo una conducta bipolar con respecto a Marulanda: por un lado, lo satanizó con todos los recursos a su alcance; y por el otro, desplegó una especie de fascinación por el personaje, dedicándole espacios y tiempos a reflexiones sobre el significado de la toalla que siempre llevaba alrededor del cuello o a cuántos hijos tuvo y con cuántas mujeres.

En lo relativo a su vida sentimental, la atención mediática se centró en Sandra Ramírez, la guerrillera con la que compartió casi un cuarto de siglo. La historia era comprensiblemente una excelente comidilla para los medios porque cuando sus vidas se cruzaron, en 1984, él tenía 55 años y ella tan solo 20. Marulanda se cayó de una mula y le tocó a Sandra ser su enfermera.

Carlos Arturo Ruiz, un polifacético artista que asumió el seudónimo de Arturo Álape, fue prácticamente su único biógrafo autorizado. A través de sus escritos se supo que antes de ser guerrillero, Marulanda desempeñó diversos oficios, como panadero, carnicero, dulcero, albañil y carpintero y dedicó su tiempo a dos pasiones bastante distantes entre sí, como tocar el violín y practicar esgrima.

A Álape, Marulanda le explicó cómo fue que su vida se desvió para siempre hacia los recovecos de la insurrección. Corría el año 1948, fatídico para Colombia, que ardía por los cuatro costados, luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. La familia Marín era gaitanista y, por tanto, estaban en la mira de los hombres armados del Partido Conservador, que andaban por ahí, matando gente sin remilgos. Primero optó por esconderse, pero pronto se dijo que no iba a vivir ocultándose, no era ese su temperamento. Organizó su primera célula guerrillera, formada casi exclusivamente por familiares. Inicialmente solo tuvieron palos y machetes, pero tiempo después eran ya una brigada de autodefensa bien estructurada.

Algunos murieron en esas lides. Otros volvieron a la vida civil. Marulanda se quedó para siempre en el monte. ¿Habrá mejor manera de explicar esa frase de que él no escogió la guerra, sino que la guerra lo escogió a él?

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Observador de gatos

Luego de su muerte, se han difundido algunos datos sobre la personalidad y las costumbres de Manuel Marulanda Vélez. Mientras estuvo en vida eran prácticamente secretos de Estado.

Se sabe, por ejemplo, que siempre tenía varios gatos y que le gustaba mucho observarlos, especialmente en lo que se refiere a sus técnicas de caza. Al parecer, aprendió mucho del sigilo enigmático de esos felinos, pues era de desplazamientos ágiles y sagaces. A ese temperamento gatuno se le atribuye su invicto como comandante guerrillero: nunca fue detenido, razón por la cual sus contrincantes se quedaron con unas 150 órdenes de captura que hubiesen implicado penas por más de tres siglos de prisión.

Tantas veces se difundió información sobre su presunta muerte que no faltó quien le endilgara las famosas siete vidas de los animales que siempre caen parados.

Los allegados más cercanos afirman que siempre tuvo excelente salud, incluso a una edad avanzada y en condiciones tan severas como las de la selva. Su secreto, al parecer, era disciplina, disciplina y más disciplina.

Su pareja, Sandra Ramírez, se ha permitido la licencia de contar cómo fue la tarde-noche de su muerte: “Ese 26 de marzo empezaba a oscurecer. Estábamos los dos solos, listos para descansar. Íbamos a ver las noticias y de pronto me dijo: ‘Me falta el aire’. Y se desplomó. Murió en mis brazos, tal como lo dijo en el comunicado Timochenko”.

 


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