Ser Mujer-Madre-Artista

Sofía Saavedra

Escribir sobre mi vida de artista y pintora es imposible sin comenzar por decir que soy madre; siempre digo esto como un asunto irreductible. Además, creo que ser mujer-madre-artista es un asunto muy serio, son muchas horas de gestación en diversas tareas, es extenuante y maravilloso. Puedo decir que Camila Violeta, mi hija de 10 años, ha sido una maestra en este proceso de madre-artista, ya que hemos crecido juntas. Cuidando de ella comprendí que tenía que parir mi necesidad de expresarme con lo que me rodea. Sabía que éste nuevo parto (el de mí misma) era doloroso pero urgente. Trabajando duro, me dediqué a estudiar pintura en la Universidad de las Artes.

He estado pintando, escribiendo, bailando y actuando toda mi vida. El arte ha sido mi espacio de búsqueda. Sin embargo, es a la pintura a lo que he decidido dedicar mi vida. El taller y la pintura como oficio son un asunto relacionado con la construcción de mi libertad, con el querer dar forma a esa palabra tan amplia y abstracta: libertad. También con querer dar forma a mi inconformidad con tantos temas humanos. Mostrarte, salir de las zonas de confort y saber que muchas veces no serás del todo agradable con lo que puedes comunicar, porque si algo he tenido claro es que no quiero hacer un arte complaciente, mucho menos en medio de la polarización que vive Venezuela. No quiero agradar a nadie, sólo obedecer a mi necesidad de sacar de adentro tantas emociones y creyendo como religión en la magia que genera el oficio creador, como leí alguna vez de Merleau- Ponty, quien dijo que “el acto de pintar es una acción mágica”.

Cualquier espacio de creación requiere tiempo de taller y oficio. Hoy día, conseguir ese espacio en Venezuela se ha vuelto una lucha y una conquista. Lidiar con el hecho de ser la única persona encargada de llevar y traer a mi hija en sus diversas tareas, conseguir el alimento, hacer las labores de la casa y pintar e investigar, es una proeza que deja muchas ollas quemadas y también algunas noches sin conciliar el sueño. No es una profesión que me dé dinero, la verdad a veces creo que estoy loca en el empeño. Hoy día, en Venezuela, es quizás lo que menos podría nadie pensar en hacer, es un riesgo no entendido en el ámbito productivo del sistema y sus decretos. Además, es el momento en el que el arte se ha apartado de todas las prioridades del país.

Sin embargo, para mí, tener el taller en mi casa es ese más allá… del lugar que habito. En todo momento estoy pensando en temas relacionados con el color, con las formas, con el hecho humano de vernos y reflexionarnos. Puede que el hecho de extender el oficio de la pintura en mi taller a toda mi vida suponga que mi casa y hasta mi vida sea un caos. Y es cierto: es un caos libertario. Es por ello que me asumo Nómade, la casa estará en movimiento siempre dentro del cuerpo, mientras exista la inquietud de expresar, de jugar. Cuando cae la noche y voy al taller, es como pasar a través del espejo mágico de Alicia, es una ventana que se abre a otro mundo posible.

 


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