Ellos no sabían nadar… ¡se quedaron!

Desde el alma denuncia Carías la negligencia gubernamental de la IV República, en lo que denomina la “masacre del Orinoco”

Germán Carías, “mi tío Germán”, me fue a buscar a las siete de la mañana de aquel 18 de agosto de 1980, y me sentó frente a su Re-mington de cinta recargable, en su oficina de la jefatura de redacción del diario El Nacional, allá, en la esquina de Puente Nuevo a Puerto Escondido.

-¡Escribe lo que te salga del alma! -me dijo en tono amoroso y protector, y remató, antes de dejarme solo ante la ruma de cuartillas en blanco : ¡cuéntalo todo!

Apenas tres días habían transcurrido del hundimiento de la falka “Esther” en aguas del Orinoco, naufragio del cual este pichón de periodista era “sobreviviente”, categoría que le concedía el nada envidiable privilegio de poder narrar en primera persona, como me lo pedía mi tío, “lo que me saliera del alma”.

Lo primero que aprende un sobreviviente cuando los hechos que ha experimentado lo convierten en testigo de negligencias, complicidades y silencios por parte de los factores de poder, directamente relacionados con los acontecimientos es que, con asombrosa velocidad, pasa de víctima a victimario y de acusador de sospechosas impericias por parte de la tripulación, a acusado de ser un “imprudente pasajero”.

“A esa edad se es de todo, menos previsivo”, diría Luis Herrera Campíns, expresidente de la República, al intentar justificar la ausencia de chalecos salvavidas, la inexistencia de instrucciones de salvamento en medio de un evidente naufragio, a la actitud de los guardias nacionales, que se negaban a cerrar las compuertas de la nave mientras el agua entraba a raudales en la embarcación y a su inexplicable huida al lanzarse al agua cuando el bote zozobraba, dejando a la merced de su suerte a los “imprevisivos” artistas y cultores que nos disponíamos a compartir música, teatro y sueños con los habitantes de San Fernando de Atabapo, en el Amazonas.

No era para menos, la falka “Esther”, un viejo camastrón acuático, era propiedad de la Fundación del Niño, institución presidida por Betty Urdaneta de Herrera Campíns, Primera Dama de la República; la gira artística era organizada por el Consejo Nacional de la Cultura, presidido por José Luis Alvarenga, en conjunto con la Gobernación del estado, con el apoyo del Ministerio de la Juventud y de su titular, un personaje que luego jugaría un rol estelar en la persecución hacia quienes asumimos alguna vocería para denunciar lo que, de manera notoria, parecía todo, menos un accidente.

-¡Escóndete, Armando!, me dijo la profesora América Noel (otra “imprevisiva” sobreviviente): “el ministro le ordenó a la guardia tu detención”.

Los baños del aeropuerto de Puerto Ayacucho eran estrechos y no estaban precisamente “limpiecitos como un sol”, pero fueron muy efectivos para esquivar el olfato de los sabuesos que cumplían las órdenes de Charles Brewer, un caballero cuyo segundo apellido omito para evitar erróneas asociaciones de parentesco.

Ya llevo casi quinientos caracteres con sus respectivos espacios, y todavía no aclaro que estoy intentando rememorar, como lo hago todos los años para estas fechas, la inexactamente llamada “Tragedia del Orinoco”, ocurrida hace treinta y nueve años, fatídico acontecimiento en el cual perdieron la vida dieciocho músicos, bailarines y cantantes del grupo Madera, dos jóvenes de la Unión Cultural de los Barrios y un integrante del Teatro Universitario para Niños El Chichón, el cual dirigía en aquel entonces.

Siempre he dicho, y así lo sostuve cuando nos citaron a declarar en calidad de testigos (casi sospechosos de “autoatentado”), que calificar de “tragedia” un evento como el que describo, es ignorar que, tras la negligencia institucional e indolencia oficial ante los hechos, se movía el entramado de una organización transnacional pseudorreligiosa llamada “Nuevas Tribus”, fachada de un plan de penetración cultural y de extracción minera, constituida en suprapoder de la región, con pistas de aterrizaje privadas y permisos oficiales para desplazarse con entera libertad en su fingido proyecto de catequización.

No resultó azaroso, por cierto, que una de las primeras medidas que tomó nuestro Comandante en los años iniciales de su gestión presidencial, fue expulsarles del territorio nacional.

En el 2020 se cumplirán cuarenta años de lo que yo he dado por llamar “La masacre del Orinoco”, expresión mucho más cercana a lo que en realidad allí sucedió.

Ese día, cuando mi tío Germán me pidió que contara “desde el alma” lo que me había tocado vivir, no tenía yo la conciencia ni la información que ahora manejo. Tal vez por eso el título de la nota desplegada al día siguiente en primera página del Cuerpo C, se limitaba a referir las palabras de Ítalo, otro sobreviviente del naufragio, cuando al ser rescatado por los mismos indígenas que me sacaron a mí y a muchos otros del río, dijo entre lágrimas: “Ellos no sabían nadar…¡se quedaron! ¡se quedaron!”

Hoy, treinta y nueve años después, en nombre de aquellos hermanos que “se quedaron” en el Orinoco aquella lluviosa mañana, confío en que la Revolución Bolivariana sacará a flote la historia cierta de aquel 15 de agosto, y que con los restos de la falka “Esther”, junto a los tambores y “cantos de labores”, emergerá la verdad.

ARMANDO CARÍAS / CIUDAD CCS

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