Raúl Delgado Estévez, un orfeón y un cuarteto

Clodovaldo Hernández

La primera vez que vi a Raúl Delgado Estévez fue en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, el día de la reaparición del Orfeón Universitario, después de la tragedia de Las Azores. Ese día, la energía desbordaba las Nubes de Calder y cuando Raúl, novel director de la agrupación que renacía del dolor, salió a escena, el público guardaba un respetuoso silencio. Pero se rebeló tan pronto las voces de los nuevos orfeonistas entonaron aquello de ‘Campesino que estás en la tierra / marinero que estás en el mar / miliciano que vas a la guerra / con un canto infinito de paz’”.
La escena brota de la memoria de Armando Carías, ucevista de pura cepa, que en aquellos tiempos era parte del alma del Grupo Chichón, el teatro para niños que prodigaba al país aquella universidad vencedora de la sombra.

“A partir de allí, yo no sé cuántas veces escucharía los mismos versos de Luis Pastori, interpretados por generaciones de ‘azules boinas’ que Raúl dirigió a lo largo de los casi treinta años que estuvo al frente del Orfeón”.

Si usted es ucevista y ese himno no le para los pelos, algo raro debe pasarle a su alma. Debería revisarse. Pero en el momento descrito por Carías, aquello debe haber sido apoteósico, como para ponerse a llorar de la emoción. Pongámoslo en su contexto: el Orfeón Universitario había, literalmente, desaparecido en un horrendo accidente aéreo. El avión militar que transportaba a los 58 coralistas universitarios, un Hércules C-130, se estrelló en una de las islas Azores, pertenecientes a Portugal, un archipiélago en medio del océano Atlántico. Entre los fallecidos estuvo el director del Orfeón, el legendario músico Vinicio Adames, además de los integrantes de la tripulación de la aeronave.
Delgado Estévez era el director asistente del Orfeón, pero había viajado antes, en la avanzadilla, a realizar las gestiones necesarias para las presentaciones que iban a hacer en París. En Europa se enteró de la nefasta novedad.

Al retornar se impuso una misión de vida: rehacer el Orfeón Universitario, como un homenaje a las voces apagadas por la tragedia.

Lo logró. ¡Vaya que sí! En apenas seis meses construyó un nuevo grupo de muchachos y muchachas de la UCV y puso otra vez sobre la tarima del Aula Magna aquel sueño que había sido creado en 1943 por su tío, Antonio Estévez.

Y es que, como suele pasar, a Delgado Estévez la música le venía en el ADN y en la cotidianidad de su existencia familiar, que empezó en Calabozo, Guárico, en 1947. Desde muy joven comenzó su formación académica en las escuelas Superior de Música de Caracas y Juan Manuel Olivares. Su talento y dedicación (en la música rara vez funciona el uno sin en el otro) le permitieron estudiar becado en el Instituto Católico de París, en el Conservatorio Nacional de Música de París y en el Grupo de Investigaciones Musicales de la Radio y Televisión Francesa.

De Francia volvió con un puñado de títulos: guitarra clásica, composición e investigación, dirección coral, música electroacústica, pedagogía aplicada a instrumentos Orff.

Con semejante currículo, era mucho lo que tenía que aportar al desarrollo musical venezolano, y así lo hizo, no solo a través de las dos décadas y algo más que dirigió el Orfeón Universitario de la UCV, tras hacerlo renacer, sino también con una de las grandes agrupaciones musicales de todos los tiempos en Venezuela: El Cuarteto.

Este grupo lo formó Raúl (cuatro) junto a su hermano Miguel (guitarra), y a otra pareja de hermanos: Antonio (flauta traversa) y Telésforo Naranjo (contrabajo). Lograron crear una personalidad muy propia dentro del pujante ámbito de la música venezolana, y en numerosas oportunidades alternaron con otros grandes intérpretes.
Cultores de la música venezolana y, a la vez, músicos de sólida formación académica, siempre se mantuvieron en el rango de la sobriedad, renunciando a las estridencias y los adornos con los que algunos grupos han pretendido “amenizar” las expresiones tradicionales. Raúl Delgado Estévez fue crítico de ese afán circense de hacer maromas tocando el cuatro o de imprimirle a las piezas una rapidez mayor que aquella para la que fueron compuestas. La explicación tal vez solo la entiendan bien los músicos, pero cualquiera puede comprender lo que es la justa velocidad al oír su excelsa versión del tema El diablo suelto.

El insigne hombre de música falleció en México, donde había ido en busca de atención para varios males que lo aquejaban. En Venezuela, como muchos otros enfermos, confrontaba grandes dificultades para acceder a tratamiento y medicinas. En el contexto de la incesante controversia política, las acusaciones y las culpas se cruzaron en el aire a propósito de su muerte.

Más allá de esas amargas controversias, su partida dejó recuerdos y anécdotas por cantidades. Volvamos con Armando Carías, quien, años después de haber presenciado el concierto de resurrección del Orfeón pasó a ser compañero de labores de Raúl y de su hermano, Miguel. Compartirían sueños de creación con El Chichón, en obras como Canción para un pájaro y aquel inolvidable Caballo blanco de Bolívar, en el año bicentenario del natalicio del Libertador, 1983.

“La última vez que le vi, antes de su partida a México, fue en San Antonio de los Altos, en ocasión del concierto dirigido por su hijo con la Sinfónica Juvenil. Al salir del teatro, en tono de humor, le pregunté: ‘¿Y ese muchacho (su hijo, Raúl Aquiles Delgado, violencelista y director de orquesta), a quién habrá salido músico?’ ‘¡Yo no sé!’, fue su lacónica respuesta, y sonrió –contó Carías–. Hoy le abrazo en el recuerdo y en las canciones compartidas con tantos amigos nacidos al cobijo del viejo reloj universitario y de la Tierra de Nadie”.


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