Un reguero de hijos y de canciones: Julio Jaramillo

Clodovaldo Hernández

Tuvo 27 hijos, literalmente regados entre su natal Ecuador, Colombia, México, Perú, Chile, Estados Unidos y –faltaría más–, Venezuela, donde los biógrafos le contabilizan nueve vástagos. Se llamó Julio Jaramillo, apenas vivió 42 años, y lo apodaron “el Ruiseñor de América”.

Contrario a lo que podría pensarse, no era lo que se llama un galán, al menos no según los estereotipos de la industria discográfica, ni mucho menos los de la cinematográfica. El periodista de farándula ecuatoriano Angello Barahona lo describió así alguna vez: “Un moreno bajito, rostro somnoliento, mirada que no dice nada, caminar lento, algo pasadito de peso… si ahora mismo lo vemos cruzar la calle, nadie repararía en su figura o talla, porque Julio era muy criollo, no existía en su época ni metrosexualidad, ni spa, ni maquillaje dental”.

Lo que sí tenía era una voz fuera de serie, y la empleó para interpretar unas letras de venas cortadas que estuvieron en las rockolas de toda Latinoamérica durante la época de oro de los botiquines.

En los dos bares que había en la calle de mi infancia, la Cruz Verde de Antímano (uno llamado El Cangrejo y el otro Dos Amigos), sonaban muy alto los temas de Jaramillo, así como los de Javier Solís, Toña La Negra, Daniel Santos, Leo Marini, María Luisa Landín y tantos otros y otras. Por eso, uno de mis recuerdos de ese tipo de música es como un rumor lejano y quejumbroso, rodeado de voces ebrias y tintineo de copas.

Sobre Julio Jaramillo, específicamente, rememoro también que mi mamá era una de sus miles de fans. Creo recordar que oía un programa de radio dedicado exclusivamente a él, en el que, aparte de sus canciones, lo entrevistaban cada vez que venía a Venezuela, lo cual era frecuente porque esta fue, sin giros retóricos, su segunda patria. [No viene al caso, pero escribiendo esto me ha asaltado la nostalgia y he echado de menos a mi vieja. Me hubiera encantado preguntarle sobre este tema].

Ciertamente fue muy especial la relación de Jaramillo con Venezuela. Según un perfil publicado en un diario de Guayaquil, cuando murió, en 1978, en muchos bares de Caracas le pusieron crespones negros a las rockolas. No era para menos, porque él no solo estaba dentro de ellas (bueno, sus discos, su voz), sino que también era habitué de tales lugares. De hecho, la mayoría de las notas periodísticas dicen que murió de cirrosis hepática porque era un bebedor empedernido. Las habladurías que siempre lo rodearon añadían que a muchas de sus novias –las que terminaron siendo madres de su enorme prole–, las conoció en esas noches de farra. Acá me limito a repetir esos chismes, según los cuales, además de su talento como cantante, y de esa vida bohemia, el hombre parecía tener una singular persistencia con las damas. Cuando se proponía conquistar a una, no se rendía fácilmente.

Uno de los compositores de sus temas, el margariteño Antonio Rafael Deffit Martínez (quien firmaba sus obras como AR Deffit Martínez) explicó en una entrevista con Luis Malaver en qué consistían los encantos de Jaramillo: “Julio era un muchacho dado a dar, excelente amigo, muy humano, era bien parecido y afortunado con las mujeres, pero no era tanto por su aspecto físico, era por su carisma, por su gracia, por ese desprendimiento… era un sentimental que nunca olvidó sus raíces humildes, su esencia de pueblo”.

La relación con Deffit Martínez es una prueba de que Jaramillo no se limitó a noches de ronda por Caracas. Conoció el país completo y le gustaba decir que se retiraría a vivir en un chalet en Chichiriviche. Visitó varias veces Margarita y cuando lo hizo no tuvo empacho en cantar para los amigos en algún restaurante de playa. En El Tirano aún hay gente que se acuerda de esas noches de ensueño.

En total fueron 27 los temas de Jaramillo que compuso Deffit Martínez, pero el de mayor impacto fue Por qué lloran tus ojos, un auténtico hit continental.

Y es que en materia de producciones musicales, Jaramillo fue tan prolífico como en lo que toca a la descendencia. Los coleccionistas estiman que grabó unas seis mil piezas en 23 años de carrera. Muchas de ellas las hizo con disqueras de bajo presupuesto o abiertamente piratas, a cambio de cantidades de dinero poco importantes, pero que le sirvieron para atender las emergencias económicas en las que se las pasaba envuelto.

Su primer gran éxito fue Fatalidad, un tema que había grabado antes Olimpo Cárdenas. A partir de allí vinieron tiempos buenos en los que su nombre encabezaba las marquesinas y se hizo notoria la caravana de mujeres siguiéndole los pasos.

Paradójicamente, su condición de rompecorazones femeninos es la causa de que adquiriera fama de homosexual. El adinerado padre de una de las conquistas de JJ pagó a algunos de sus empleados y a otras personas para que le hicieran lo que hoy en día llamaríamos una operación de bullying con tácticas de escracheo. El cantante iba pasando por una calle y, de cualquier lado, salían cuatro o cinco pendencieros a silbarle burlonamente y a decirle “meco”, un ecuatorianismo que significa maricón. Fueron tan estridentes los ataques que decidió irse a vivir en países donde lo querían más, entre ellos Venezuela.

No fue el único desplante que recibió en su propio terruño. Las biografías reseñan que cuando decidió regresar de su autoexilio, hizo una presentación que no satisfizo las expectativas de sus paisanos, porque los problemas de salud lo habían hecho perder condiciones. En lugar de aplaudirlo, lo pitaron.

Sin embargo, luego de fallecer, en 1978, muchos cantantes han tratado de imitarlo e incluso se han organizado concursos para encontrarle un clon. Hasta ahora, varios se le han acercado, pero ninguno ha llegado a la categoría de Ruiseñor de América.
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Ecuador sí lo idolatraba

Julio Jaramillo murió como consecuencia de complicaciones cardíacas, tras varias intervenciones quirúrgicas relacionadas con la vesícula. Pero la versión más consolidada es que él mismo se destruyó el hígado con sus excesos etílicos.

Cuando murió se supo la verdad. El Ecuador sí lo idolatraba tanto como el resto de Latinoamérica. La sensación de no ser profeta en su tierra, que tanto entristeció al vocalista durante años, había corrido por cuenta de una minoría de gente resentida y envidiosa.

La primera prueba de ello fue la reacción popular a su deceso. Se estima que participaron cerca de doscientas mil personas en las manifestaciones de pesar.

La multitud comenzó a reunirse a las puertas de la clínica tan pronto corrió la noticia.

A pesar de que él había dicho que no quería actos fúnebres, estos se prolongaron por tres días y cambiaron varias veces de locación: el Palacio Municipal de Guayaquil, la emisora Radio Cristal y el Coliseo Voltaire Paladines Polo.

Su muerte, como suele ocurrir, generó una oleada de popularidad. Su extenso repertorio sonó a rabiar en todas las emisoras de corte popular de América Latina. Se hicieron programas especiales y homenajes a granel. Y –porque no podía ser de otra manera– sus discos se repitieron hasta rayarse en las rockolas, atizando despechos y desengaños, igual que siempre, entre voces ebrias y tintineo de copas.


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