Ricardo Carvajal entonó a toda Caracas con su Médico Asesino

Las favoritas eran Parchita, Guanábana y Guayabita, pero mejor era la Piñita

Afortunado todo aquel que por andar o criarse, convivir, visitar y beber en Catia, entre los años 50 y los 80, porque, seguramente, más de una vez probó el famoso Médico Asesino, que, a pesar de su estrambótico nombre, no tiene prontuario ni decesos adjudicados a su consumo.

Por el contrario, ese divino brebaje que vendían en un pequeño bar de la parte sur de la calle Colombia, sirvió para aderezar y amenizar reuniones, velorios y fiestas en toda Caracas.

A muy bajo costo se adquirían las botellas contentivas del elíxir, que tenía su base en caña clara, diversidad de frutas tropicales, pero individualizadas, y, por supuesto, el toque mágico de su creador, don Ricardo Carvajal, quien, con excepcional amabilidad, atendía el negocio con algunos de sus hijos.

Según el curdópata obsesivo, Julio Barazarte, los afanosos bebedores llegaban a cualquier hora, incluso desde Guarenas y Guatire, a buscar su guarapita. Y eso que no había metro. Dicen que hasta Daniel Santos, Julio Jaramillo, Bobby Capó y Rolando Laserie se embriagaban en el sitio.

Las guarapas más vendidas eran parchita, guanábana y la piñita; con suerte conseguías melón y guayabita. Mientras la sacaban bien fría (ideal para el consumo inmediato), se podía leer en una pared del pequeño local: “Si tomas para olvidar, no te olvides de pagar”.

¿Por qué Médico Asesino?

A primera vista se pudiera pensar que la etimología de tan famoso producto se debía a que era expendido en botellas reutilizadas de caña blanca, sin etiqueta ni control de calidad, más que la confianza en el hacedor, que, de paso, las entregaba envueltas en periódico viejo, como para esconder el estimulante contenido. ¡Como si nadie supiera!

Pero no era así. A manera de confesión, sus efectos colaterales no aporreaban tanto; es más, casi nada, en comparación con algunas alternativas como el Garlín, la Canelita o el vino Pasita, que, de paso, allí no se expendían.

El nombre se debe a la afición de don Ricardo por la lucha libre, deporte en el cual su favorito era apodado Médico Asesino y así bautizaron la bebida.

Al respecto, José Prada, un posible adicto a la guarapita y sus efectos, ratifica la versión, y agrega que ese luchador, nacido en México en 1920, “llamado Cesáreo Anselmo Manríquez González, debutó como “El Médico Asesino” el 8 de febrero de 1952”, y asegura que fue de los mejores pesos completos.

Según otro erudito en las andanzas de Baco, Miro Popic, autor de “¡Estas y otras historias en Venezuela on the rocks!”, la gente se reunía en el bar (a beber) y a ver por TV la lucha libre, donde destacaba el mexicano Médico Asesino, “y gracias a la euforia del alcohol, la guarapita se hizo famosa, a la que todo el mundo asoció y bautizó como médico asesino”.

Orinoco, un bar que se negó a morir…

Excelentes explicaciones, pero ambos investigadores, quizás bajo el influjo disociativo de alguna poción mágica, le cambiaron el nombre al bar de Carvajal. Casi aciertan, desde el punto de vista geográfico; así serían esas peas: escribieron Canaima, pero el nombre real es Bar Orinoco, frente a Chocolates La India, más arribita del hospital materno infantil Elías Toro (alias Puericultura), más abajito de Leche Silsa.

La variedad (como el gusto del mercado cautivo, que no sabía de edades) más la creativa jocosidad del nativo de Upata, le dieron vida a otras bebidas como el Rompeculo o el Zamurito, mezcla de brandy, vino y jugo de ciruelas, famoso afrodisíaco. ¡Ay, mamá!

Bastante entrado en edad, don Ricardo, el químico de la curda, nos abandonó y se llevó su secreto, porque sus hijos siguieron expendiendo, pero ya no era lo mismo. Luego el alcalde Claudio Fermín, quizás en venganza por una pea juvenil, bajó la santamaría de tan histórico bar. Así murió Médico Asesino. Ahora, el local funge como venta de repuestos.

No obstante, los aventureros Roberto Ammirata y Nadim Dao, a finales de los 90, patentaron Doctor Killer, médico asesino en inglés, pero fracasaron en español.

El loco piñita

La gente pensaba que a Piñita, el loco de La Fundación (el muy amigable pana que tocaba cuatro y cantaba y bailaba como nadie), le decían así como diminutivo del apellido del cuñado, quien, en sus días de cordura, le dio pan y posada.
“Usted, usted, usted la mandó a poner”, y de madrugada, Piñita, entonando sus melodías, no se iba pal Yopo, sino pal bar Orinoco. Ya saben a qué…

Ciudad CCS / Luis Martín

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