Rodaje en el Cuchi

Humberto Márquez

A raíz de aquellas historias con los estudiantes de la escuela de televisión de Ávila TV, ocurrió un hermoso rodaje de cinco productos para la pantalla chica, de los que me declaro productor ejecutivo. Porque conseguí el local, el ron y los músicos. Al fragor de la organización ocurrieron sucesos sobrevenidos, que, como buen productor pendiente del producto final, nunca conté. Ja, ja, ja. Elena Gil, la bolerista asignada, fue invitada a Madrid, a una conferencia de lenguas indígenas, y su acompañante Leonel Ruiz, que incluía a Nathaly, su hermosa mujer, tuvo un percance de salud.

Cuando a uno se le ponen las bolas chiquiticas, cuando allá rodó el rodaje, mis angelitos dijeron: hay que sacar un as de debajo de la manga. Por ahí pasaron Valentina Becerra, que no podía, Maigualida Ocaña, cuyo celular debe haber sido cambiado, Marta Doudiers recomendada por Elena, pero me dio pena pedirle el favor, y de pronto se encendió la luz: mi hermano querido Ricardo Hernández, a la sazón mi concuñado de los 70, el único carajo que podría aceptar ser plato de segunda mesa en estas superproducciones. Y, como decimos en Maracaibo: “Er coño aceptó” ja, ja, ja.

Mi pana querido cantó un bolero que escribió a los 20 años, me imagino que a Moraima, mi cuñada, pero el que impresionó a nuestro profe Leo Guilarte, y al resto de carajitas y carajitos, fue uno que escribió a una mujer que vio por única vez en un aeropuerto. Aquello fue un episodio de bellezura total.

Ricardo se botó de pana con un afecto fuera de serie. Aquella verga se desbordó cuando le cantó unas mañanitas a Gina, su mujer. Ricardo se hizo parte de la pequeña fiesta y se lo agradezco infinitamente.

No es fácil que el director de Sentimiento Nacional, una orquesta de cuatro pares de cojones, nos acompañara en esta aventura. ¡Brindo por eso!

Gracias, Ricardo, y ojalá que en los videos salga lo que conté de Balalaika. Abrazo hermano!

 


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