Sebastián Piñera, neoliberalismo que con sangre entra

Clodovaldo Hernández

Uno de los más sonoros mitos del neoliberalismo es el que asegura que los grandes personajes de los negocios se forman a pesar del Estado, luchando contra las regulaciones de los gobiernos populistas o comunistoides. Ese mito a veces encarna con perfección en una persona. Tal es el caso de Sebastián Piñera.

Emblema de la “iniciativa privada exitosa” de Chile, el actual presidente de esa nación es en realidad –como casi todos los empresarios de gran proyección− producto del usufructo de la renta pública, de los dineros del tan satanizado Estado y de la “conchupancia”, palabra que en Venezuela refleja las alianzas perversas entre funcionarios y particulares (¿cómo se llamará eso en Chile..?).

En fin, que si usted lee una reseña biográfica de Piñera, elaborada por algún apologista del capitalismo salvaje (o por él mismo, porque hay una, bastante cursi, escrita en primera persona) terminará convencido de que es un hombre hecho a sí mismo, un chico que comenzó su propia empresa en un garaje y que, gracias a su gran talento y disciplina, ha terminado en la lista de los diez supermillonarios de Chile y de los mil sujetos más ricos del planeta.

En cambio, si busca una aproximación un poco más objetiva, se encontrará con que forjó el grueso de su fortuna –como varios otros magnates chilenos– al amparo de la dictadura de Augusto Pinochet, aprovechando la doctrina que podría resumirse como “el neoliberalismo con sangre entra”.

Por supuesto, como suele ocurrir con los personajes públicos, también es posible encontrar biografías completamente adversas en las que lo pintan como un verdadero demonio. Incluso, no falta quien diga que no hay en la familia Piñera un solo hueso sano, pues el hermano amasó su fortuna aprovechándose de los trabajadores a través de los fondos de pensiones; la esposa tiene una fundación para recibir contribuciones de otros empresarios (a cambio de exoneraciones de impuestos); algunos de sus hijos están metidos en diversas tramas de corrupción, y hasta tiene un tío obispo acusado de pedofilia.

No hace falta irse a esos extremos para afirmar que Piñera puso los cimientos de su inmensa fortuna, estimada en 2 mil 700 millones de dólares, de la mano de Pinochet, y que luego la ha cultivado y visto florecer en sus dos gobiernos, es decir, a costillas del Estado. Pero, como pasa con todos los voceros del neoliberalismo, siempre denigrará de cualquier política pública que implique transferir la riqueza nacional a la gente (a otra gente, que no sean los ricos, entiéndase).

Todos los que figuran en esas listas de megarricachones son neoliberales de facto. De otro modo no sobrevivirían en ese mundo de grandes tiburones. Pero él, además, es neoliberal de formación. Estudió en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad de Harvard y trabajó en el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, lo que hace innecesario mostrar algo más de su currículo como ideólogo consumado del ultracapitalismo.

Se nota que la formación en la icónica universidad bostoniana y la pasantía por los organismos multilaterales terminó de afilarle sus naturales espuelas, pues, con la anuencia del régimen gorila, introdujo en Chile las tarjetas de crédito Visa y MasterCard a través de su empresa Bancard.

La leyenda de que el país estaba en presencia de un genio de las finanzas fue creciendo con la compra de la aerolínea Lan Chile, así como con el abordaje accionario que Piñera hizo en firmas como Entel, clínica Las Condes, la televisora Chilevisión y el popular equipo de fútbol Colo-Colo. Su prestigio como gran capitán de empresas le permitió, también, ejercer cargos gerenciales en varias de las firmas de su propiedad total o parcial o de las sucursales chilenas de multinacionales. Allí aparecen CMB, Inmobiliaria Las Américas, Inmobiliaria Aconcagua, Editorial Los Andes, Fincard, Apple Chile y Citicorp Chile.

José Piñera, el hermano de Sebastián, no se quedó atrás en la rebatiña que la dictadura facilitó con su violencia sistemática. Todo fue privatizado, incluso los derechos sociales de los chilenos. En este punto, el otro Piñera cerró el círculo de un negocio verdaderamente redondo al establecer el modelo de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), apropiándose del dinero ahorrado por los trabajadores, hasta ese momento, y de todas las cotizaciones que se les descontarían desde entonces. Las AFP se convirtieron en un sistema obligatorio de previsión social para todos los trabajadores chilenos, salvo los miembros de las Fuerzas Armadas y Carabineros (una excepción muy significativa).

Sebastián Piñera no se conformó con ser cada vez más rico. Quería también poder político. Además, al pinochetismo le convenía meter sus fichas en los futuros gobiernos y congresos. El espíritu de transición tutelada por el dictador era perfecto para que despegara su carrera política. Y, vaya que lo hizo, pues, hasta ahora, los dos gobiernos abiertamente derechistas de la era democrática de Chile han sido los suyos (2010-2014 y el actual, desde 2018). Los otros también han sido neoliberales y regidos por la Constitución de la dictadura, pero con apariencia de una socialdemocracia, en mala hora llamada socialismo.

Este año, cuando transitaba plácidamente por su segundo gobierno y se ufanaba de dirigir el oasis de América Latina, le ha estallado en las manos la bomba social que el capitalismo despiadado ha montado en Chile desde que Allende fue derrocado (por la dictadura, por los gobiernos de Piñera y por los supuestamente “progres”). Entonces, desde las alturas de su montaña de 2 mil 700 millones de dólares, entendió que es necesario crear una sociedad más equitativa. ¿Cómo te diste cuenta, hueón?

Cachorro del imperio

En la América Latina de los últimos años ha sido muy reñida la pelea por el primer lugar entre los cachorros del imperio, como los denominó el Comandante Hugo Chávez, con su sin igual talento para los apodos. Pero Sebastián Piñera hizo méritos en esa pugna cuando se presentó en la Casa Blanca y le mostró a Donald Trump cómo es que la bandera chilena puede considerarse una partecita, un pequeño ángulo del pabellón estadounidense de las barras y las estrellas.

Los aparatos destinados a medir la adulación, ese día reventaron. Solo el expresidente peruano renunciante, Pedro Pablo Kuczynski, con su metáfora de los países de América Latina como perritos echados en la alfombra del amo gringo, puede competir con semejante hazaña del jalamecatismo que desgarró el orgullo nacional chileno.

Por cierto, en ese encuentro con Trump, lo de la enseña nacional no fue su único acto baboso. También se dedicó a darle la razón al impresentable presidente de EEUU en torno a la necesidad de derrocar al Gobierno de Venezuela.

En ese empeño, Piñera fue uno de los que se vino hasta Cúcuta a participar del aquelarre de las que debieron ser las horas finales de Nicolás Maduro en el poder. El chileno estuvo entre quienes se atrevieron a pronosticar que a “la dictadura” le quedaba poco.
Ahora es él quien anda contra las cuerdas, apenas sostenido en el poder mediante métodos pinochetistas. Cosas de la vida.


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