Nuestro Simón huérfano, viudo y padre de la Patria

Clodovaldo Hernández

Cuando se habla de Simón Bolívar, es común compadecerlo por su temprana orfandad y por su también precipitada viudez. Sin embargo, el prolífico escritor Luis Britto García dice que tal vez en ese desarraigo, en esa falta de afectos y de presencias rectoras puede que se haya cocinado su espíritu rebelde, ese que lo llevó a ser uno de los grandes hombres de la historia de la humanidad.

Es una aproximación muy aguda, que da qué pensar, como suele pasar con las reflexiones del maestro Britto. Si hacemos un ejercicio de imaginación y pensamos en un Bolívar con una infancia de mamá y papá, con un matrimonio duradero (el de él solo duró ocho meses), tal vez habría resultado ser un mantuano cualquiera, un sifrino (aunque faltaba mucho para que esa palabra fuese inventada) que hubiese envejecido en la plácida rutina de los ricachones.

Pero la vida fue como fue. El niño Bolívar, huérfano de padre a los 3 años; huérfano de madre a los 9; criado por sus ayas, especialmente Hipólita y, a prudente distancia, por su hermana, María Antonia; sometido no de muy buena manera, por su tío materno, Carlos Palacios, se convirtió en un carajito problema, al que tuvieron que poner en manos de otro sospechoso habitual, Simón Rodríguez.

Será siempre especulativo, porque nadie puede saber cómo hubiesen ocurrido los hechos de ser otras las circunstancias, pero es muy probable que esos infortunios infantiles y juveniles hayan sido una de las causas (al lado del contexto social y político de la época) por las cuales este muchacho, heredero de una inmensa fortuna, no fue un patiquín sino un Libertador.

Habría que estar agradecidos, entonces, por las desdichas de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, pues ayudaron a que se sumara a quienes salieron del sopor de las clases pudientes de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX y se metieron en cuerpo y alma en la vorágine de las luchas independentistas de la América sojuzgada por la España de sus ancestros.

No es casual que el joven Bolívar, con apenas 27 años, haya sido uno de los más contundentes partidarios de declarar la Independencia plena, en julio de 1811, en un momento crucial en el que muchos de los que se habían alzado verbalmente el 19 de abril del año anterior estaban reculando y tratando de encontrar modalidades suavizadas, fórmulas que hoy diríamos light, para preservar la monarquía, en lugar de parir una República.

El primer gran discurso del futuro líder fue el que pronunció ante la Sociedad Patriótica, rechazando los llamados a la calma. “¿Es que trescientos años de calma no bastan?”, dijo, mostrando el estilo combativo que lo acompañaría hasta su Última Proclama, dos décadas más tarde, en la amarga despedida de Santa Marta.

La línea radical de la que participó Bolívar se impuso en el Supremo Congreso, llevada en forma sapiente por el Precursor, Francisco de Miranda. La firma del acta del 5 de julio marcaría el nacimiento oficial de Venezuela y el comienzo de una guerra fue inevitable. Como muchos otros hombres de aquel tiempo, Bolívar tuvo que comenzar a aplicar la formación militar que había adquirido (había sido teniente del Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua) hasta transfigurarse en todo un general y pasar buena parte de su tiempo dedicado a la guerra, librando batallas a todo lo largo y ancho de Venezuela, y hasta los más altos techos del continente.

Pero tampoco se ajustaría a la verdad decir que el joven Bolívar se transformó en un simple guerrero. No. Pasó a formar parte de un reducido grupo de personajes excepcionales de la historia de la humanidad, capaces de unir esa condición de jefes militares con la de grandes estadistas.

Fue un creador y un inspirador de doctrinas políticas y un visionario cuyas profecías han ido cumpliéndose de una manera inequívoca.

En eso también hay que atribuirle su mérito a la historia familiar de Bolívar, pues su condición económica privilegiada le permitió acceder a una educación de primer nivel, y ponerse en contacto con las ideas de libertad que recorrían el mundo. De no haber sido un blanco criollo acaudalado, quizá no habría podido alcanzar esa amalgama de estratega militar y líder civil que es su característica personal más resaltante.

Bolívar siguió dando demostraciones de la firmeza de sus convicciones, al liberar a los esclavos de su familia, proponer la abolición de la esclavitud en todo el país y prácticamente renunciar al disfrute de todas sus propiedades. Todo ello hasta el punto de haber fallecido en medio de tremendas precariedades y haber sido enterrado, como reza la leyenda, con una camisa ajena.

El Libertador fue en vida y ha seguido siendo después de su partida física, un ejemplo temible para todo lo que pueda llamarse monarquía, oligarquía, godarria, clase dominante, imperialismo, burguesía o, más modernamente, corporatocracia.

Por eso fue repudiado por los representantes de esas clases sociales mientras seguía librando batallas y luchando por la unidad grancolombiana.

Por eso murió proscrito y vilipendiado. Por eso los poderosos siempre han intentado domesticar su imagen, pasteurizarla e, incluso, borrarla de la memoria de los pueblos. Por eso es que la más satánica de las coaliciones de este siglo (el complejo industrial-militar-financiero-mediático global) ha destinado tantos recursos y ha puesto tanto esfuerzo por apagar la llama del bolivarianismo que llegó a Latinoamérica de la mano del Comandante Hugo Chávez.

Niño huérfano, joven viudo, hombre al que el destino no le permitió tener descendencia, Simón se convirtió en nuestro gran padre. ¿Habrá una muestra más venturosa de rebeldía?

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Semidiós o semidiablo

Miguel Acosta Saignes, en su obra Bolívar, acción y utopía del hombre de las dificultades, explica que a partir de 1830, “el Libertador quedó convertido en un mito acomodable a los intereses de los caudillos, de los dictadores y de los agentes nacionales de la neocolonización (…) Lo presentaban como una especie de semidiós infalible”.
Según este historiador, nada más alejado de esa condición de santón que el ser humano llamado Simón Bolívar, un hombre de carne y hueso, perteneciente a su época y a su condición social. Acosta Saignes le reconoce, eso sí, una inagotable energía y capacidades increíbles. Es válido agregar que esos atributos físicos resultan todavía más inverosímiles debido a su reducida estatura, tan distante del prototipo del héroe épico.
“Vivió los ideales de su clase. Impulsó unos y entró en contradicción con otros”, asegura el autor, quien, para ilustrar eso que se ha llamado “el culto a Bolívar”, afirma que algunos historiadores hasta han tenido el atrevimiento de editar El diario de Bucaramanga, de Luis Perú de Lacroix (uno de los asistentes más dilectos del Libertador) para quitarle las partes que consideraron perjudiciales a su imagen “sagrada”.
En el lado opuesto, desde antes de su muerte, pero sobre todo después, algunos se han esforzado por presentarlo no como un semidiós, sino como un semidiablo o como un diablo completo. En eso andan todavía.


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