Vainas de la Lengua ǀ Viene de “grueso”

Yanuva León

Hace muchas “vainas” me enviaron un mensaje. La querida emisaria cumplió la tarea encomendada con tono afable. Fue más o menos así: “Un corrector te manda a decir que le gustarían más tus textos si usaras menos groserías”. Aunque, si agito el saco de la memoria, dudo, porque también pudo haber sido: “Un corrector te manda a decir que no le gusta que uses tantas groserías en tu columna”. Lo ciertísimo es que al señor no le caía en gracia mi tendencia a ensuciar el biendecir.

En principio, pensé: “Si es corrector ha de ser lector, siendo así, ¿sentirá el mismo desagrado ante los poemas de Bukowski el deslenguado?”. Inmediatamente me di risa: una Yanuva malandra se quedó viendo altanera a una Yanuva académica y timorata que ante la crítica salió corriendo a esconderse detrás de autores canonizados que escribieron cagar y no defecar, como diciendo “ellos también lo hacen”. Esa imagen hizo reír a las dos Yanuvas y a mí, que soy ambas y unas cuantas más.

Luego, ya sin ganas de cuidar mi pundonor de escritora, me dio por recordar la primera vez que solté una grosería. Me acomodé en el repaso del goce, siendo niña, abriendo la boca, escupiendo una piedra en vez de soplar flores, partiendo un cristal que tenía delante y no percibía. Después del peñonazo que desbarató la vitrina del bienhablar, nada me impidió pasear como quise por uno y otro lado con descaro.

Desde entonces no separo las palabras; las buenas y las malas se aman dentro de mí, se soban, se lamen, se acarician. Yo las dejo dormir unas encima de otras en sabroso contubernio, porque me gusta como huelen juntas: láudano y puta se saben querer, lo mismo que güebo y astrolabio. Casi todos los hablantes tenemos este placer en común, y siento lástima por quien se embute en una crisálida profiláctica.

Grosería viene de grueso y, a fin de cuentas, eso es: una cosa tosca que sobrepasa los bordes. Hay ideas, sentencias, expresiones, infidencias, chismes, anuncios, amenazas o simples anécdotas que resultarían descoloridas si para pintarlas solo usáramos creyones de punta fina. Las palabras malsonantes y ofensivas sacuden aquello que nunca mueven las correctas o modositas.


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