Vainas de la lengua | Caricaturistas, magos, bufones y sacerdotes

Yanuva León

Hay gente que nace iluminada por un superpoder que envidio con toda mi pulsión pícara, aunque lamentablemente no se hereda: la facultad de apodar.

Imagino que en el momento de venir a este mundo, un dios decide zambullir a ciertos dilectos en una pila de aguas que ungen al nonato con este don, estoy segura, además, de que a mi abuelo lo dejaron en remojo un buen rato.

El vecino de la izquierda, señor rosado que rezumaba una especie de aceite translúcido a toda hora, pasó a ser “Chorizo’e manteca”. A unas hermanas que no superaban el metro cincuenta de estatura y exhibían nalgones monumentales, les decíamos “Culibajitas”. Al loco de la cuadra, que en lugar de caminar oscilaba a ritmo de mar dormido, lo llamábamos “Péndulo”. La señora evangélica, que no hacía sino hablar de la gracia de Dios y sus milagros, era “Doña Prodigios”. Un cardumen de adolescentes que, incapaces de levitar, caminaban de puntillas, asqueadas del barrio en que nacieron, se quedaron “Puntillonas”. La sesentona embutida en tacones, top y minifalda, no tuvo más opción, se convirtió en “Pava vieja”. El padre de mi padre oficiaba el bautizo de la comarca de mi infancia y yo me sentía su monaguilla feliz.

Quienes nacen con esta estrella tienen cualidades de caricaturistas, magos, bufones y sacerdotes. Caricaturistas, porque identifican los rasgos predominantes del incauto, físicos o metafísicos, pero en lugar de pincelarlos con tinta, usan palabras. Magos, porque la persona renombrada sufre una metamorfosis y a vista de todos deja de ser quien era para ser algo distinto. Bufones, porque usan su ingenio para divertir. Y sacerdotes, porque se trata de una comunión, el acontecimiento exige convención, pacto, aceptación social; no necesariamente del bautizado –tal como sucede en los ritos que no cuentan con la anuencia del sometido a sacramento–, sino de allegados que reconocen y al propio tiempo confieren a quien apoda la autoridad para hacerlo.

Cuando esto último falla, suele advenir la violencia y el terrible sabor que dejan los chistes malos.


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