Vainas de la lengua | Conjuros cotidianos

Yanuva León

Aún no pronunciaba bien palabras resabiadas ni era capaz de caminar sin desplomarme cada pocos metros. Tenía la lengua de trapo y los tobillos de casabe. Era una humana recién llegada a la vida y donde podía hundía mis ganas de entender su mecanismo. Lo hacía desprevenida, indiferente al reverso agresivo que esconden todas las cosas de este mundo. Entonces, si la bisagra de una puerta me mordía, si un árbol me empujaba, o cuando una silla, fastidiada de mí, sacudía violenta alguna de sus patas, el aliento se me iba tratando de alcanzar a mi madre para que reparara el desastre.

Entre el dolor, el miedo y la desesperación de su niña, ella nunca perdió tiempo en preguntar qué había pasado. Rauda, colocaba su mano sobre la parte del cuerpo que le ofrecía, cerraba los ojos y decía concentrada: “Sana, sana, colita de rana, si no sanas hoy, sanarás mañana”. Por escoñetada que yo llegara, la mujer que me parió no dejaba de lado el ritmo dulce y sosegado del salmo. Repetía y repetía hasta que mi llanto se apagaba por completo. Listo. El dolor de cualquier magulladura, pellizco, raspón, quemada o matracazo, desaparecía. No invento, Latinoamérica entera sabe que estoy hablando verdad.

Nuestro devenir cotidiano está a resguardo de conjuros que no sabemos cómo ni desde hace cuánto vienen desanudando entuertos, previniendo desgracias y atrayendo la buena fortuna. Mi amiguita más coqueta del bachillerato aseguraba que las uñas no se le resquebrajaron más desde el día que hizo caso al consejo de su tía y empezó a susurrar “tus ojos entre mi culo”, para protegerse del mal de ojo de las lenguas lisonjeras: ¡santo remedio! Una exsuegra, experta en proyectar escenarios catastróficos, se hace cargo de la energía mala que derrama, levantando los brazos y diciendo con tono grave tres veces seguidas: “Cancelado y trasmutado”. Y para atraer las buenas vibras no basta con tocar una mesa de palo (por ejemplo), si no se pronuncia clara la frase “toco madera”, olvídese de que se dé su viaje o de que le paguen pronto el realero que prestó.

El asunto milagroso está en la enunciación potente de frases asentadas en el imaginario colectivo. No importa si se cree o no se cree en lo que sea que se crea. Funciona y punto.


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