Vainas de la lengua | Porque te quiero, te aporrio

Yanuva León

Nunca se daban coñazos. Quiero decir, no se volteaban el mascadero a trompadas ni se desguañangaban la carne. Él jamás permitía que el furor de su puño desbaratara la boca de ella; y por su lado, ella aguantaba las ganas de tasajearlo con los dientes. Ambos cuerpos permanecían salvos. Pero la verdad es que cuando no sentían ahogarse en fosas de amor eterno, las vísceras de una y otro se retorcían en fermentos de odios correspondidos.

Según sé, la cosa empezó chiquita, con alguna palabra punta de diamante, como los bisturís. Da igual quién fue el primero, porque lo seguro es que tuvo respuesta inmediata y de allí en adelante, el desguace. No se acuchillaban con “estúpida”, “pendejo”, “pusilánime”, “papanatas”… No encontraban la potencia letal que satisficiera sus enconos, en groserías. Nada de “maricón”, “puta”, “mamagüevo” o “maldita”.

Puesto que se conocían de la única manera que es posible conocer a quien se quiere –o sea, de modo obsceno, hurgando en los recodos interiores del alma y descubriendo llagas piches que no sanan–, les fue fácil apuntar justo en el núcleo de áreas vulnerables: “Para amarte perdí la razón, debí huir cuando supe que ni tu madre pudo quererte”, “Ni muerta pariré hijos tuyos, es obvio que heredaste las perversiones de tu padre”. Eran navaja tras navaja. Luego intentaban hacer control de daños, desdecirse, colocar cataplasmas de excusas y arrepentimientos. Se cagaban de culpa y vergüenza.

Mi abuela cuenta que por su tierra había un dicho que a ella le daba risa: “Porque te quiero, te aporrio”. Así lo enunciaba, en lugar de aporreo. A mí me gustaba que lo repitiera. La fastidiaba con eso, una y otra vez, sin entender un carajo el sentido, solo por la mala pronunciación que me encantaba y divertía.

Hoy me da tristeza. Hace mucho entendí el sentido cínico de la sentencia. Ya se sabe que una boca puede ser cañón para percutir plomo y también cesta llena de frutas. ¿Pero cuando es cañón y cesta a un tiempo exacto?, cuando la lengua se nos desprende como cola de sofisticada ponzoña para herir a quienes amamos y comporta una extensión malsana de nuestro adentro, ¿lo asumimos como violencia?

 


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