El (verdadero) perseguido político Julian Assange

Clodovaldo Hernández

Los allegados lo describen como a cualquier nerd: brillante pero sin muchas habilidades sociales. En cierto modo, lo es, por su oficio de programador informático y su muy bien ganada fama de hacker.

Cuando la policía lo sacó en peso de la embajada ecuatoriana en Londres, parecía más bien un ermitaño arrancado de una cueva. Y en cierto modo lo es, luego de siete años viviendo allí, como asilado político, perseguido por una de las coaliciones de fuerzas más temibles que alguien pueda imaginar, la del capitalismo hegemónico encabezada por Estados Unidos.

Es Julian Assange, el líder de Wikileaks, la plataforma de divulgación de información que atacó a los poderosos del planeta con el arma a la que más le temen: la verdad respecto a sus guerras, sus invasiones, sus saqueos de países, sus grandes estafas. Esos datos a los que los poderosos, con un cinismo muy característico, llaman “asuntos de seguridad nacional”.

No fue un simple disparo, sino un gran bombardeo, un ametrallamiento de información que indigestó al mundo entero y multiplicó el número de individuos, gobiernos, élites políticas y corporaciones que quieren cobrarle a Assange su osadía de poner el mundo patas arriba.

La irrupción de Wikileaks también conmocionó al mundo del periodismo, entre otras razones porque surgió un nuevo actor en esto de revelar información de interés masivo. Tan es así, que los grandes medios quedaron a la zaga y tuvieron que comprarle los derechos. Entre los que hicieron cola para publicar los jugosos chismes estuvieron nada menos que The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, El País y Le Monde. Después de ganar muchas lecturas, algunos de esos medios optaron por descalificar a Assange. En eso andan.

Los defensores del periodismo clásico de investigación se niegan a aceptar a sujetos como Assange en sus filas. Dicen que se trata de un experto en informática que se consiguió un elemento capaz de filtrarle gran cantidad de datos y él se limitó a ponerlos a rodar, sin tratamiento investigativo ni periodístico. No es por nada, pero parecen cosas de gente respirando por la herida, porque los grandes casos de investigación periodística también han dependido de sus respectivos funcionarios indiscretos.

En lo que respecta a Assange, el “Garganta Profunda” (así le decían a la fuente estrella del Washington Post en el caso Watergate) fue un soldado enviado a Irak, Bradley Manning, especializado en inteligencia. Este hombre, que ahora es una mujer transgénero y se llama Chelsea Manning, fue quien puso en manos de Assange la mina de datos que más daño hizo al establecimiento político mundial: un memorial de barbaridades cometidas por EEUU –¡qué raro!– en nombre de la libertad en las llamadas guerras de Afganistán e Irak.

Esta confrontación de Assange con la autoridad no es la primera en la vida de este australiano de 47 años. Las primeras fueron dentro de su familia y luego llegaron otras, con una especie de secta que pretendió captarlo.

Siendo adolescente tuvo sus primeros contactos con la computación, a finales de los años 80, cuando todavía faltaba un tiempo para que se masificara el uso de internet. Allí comenzaron sus acercamientos al mundo incipiente de los hackers. Cuando se le pide que recuerde esa etapa, Assange dice que él y el grupo al que pertenecía eran jóvenes combatientes por la libertad, una pandilla de inadaptados, ciberpunks, rebeldes del código o anarquistas, “no por convicción política, sino por temperamento”.

No es insólito que haya asumido este rumbo, pues su madre y su padre se habían conocido en una manifestación contra la guerra de Vietnam. Luego, el padre se perdió del mapa, por lo que el niño recibió el apellido de la siguiente pareja de su progenitora. Esta relación tampoco duró mucho, y entonces vino el tercer marido, el que tenía el nexo con la secta. De niño vivió en una comuna hippie y formó parte de una compañía de teatro itinerante. Por eso, y por escapar del segundo padrastro, pasó por 37 escuelas y a los 14 años había vivido en 27 lugares distintos.

Ya para 1988, era considerado un hacker, cuando ese término aún carecía de significado para la mayor parte de los seres humanos. Se le acusa de haber formado parte del equipo de Chaos Computer Club de Hamburgo, autores de un virus informático que inutilizó gran parte de los computadores militares de EEUU.

En 1991, con solo 20 años, Assange era catalogado como un subversivo internacional de delitos informáticos, aunque las leyes al respecto todavía eran muy precarias. En 1996 fue enjuiciado y condenado a una multa de 2.100 dólares.

Tal vez los informáticos tengan su propia versión del refrán adaptado venezolano, “el que mata a hierro, no puede morir a sombrerazos”. Si es así, en el caso de Assange se ha cumplido porque la estrategia contra él ha sido reventarlo a punta de materiales secretos, mostrar su presunto lado oscuro. Dos mujeres lo han acusado de abusos sexuales y los superpoderes mundiales se agarraron de ese clavo ardiendo para perseguirlo con una causa justa, en lugar de reconocer que se trata de simple deseo de venganza. Él admite que tuvo encuentros sexuales con las dos damas, pero asegura que fueron consentidos por ellas. Lo demás, a su juicio, es maniobra de los adversarios para acallarlo.

En Estados Unidos no se andan por las ramas. Allá lo quieren enjuiciar por espionaje y aplicarle la misma ley de 191, mediante la cual han condenado a largas penas e, incluso, a la silla eléctrica, a unos cuantos acusados. No sería sorprendente que logren este objetivo, porque son demasiados los políticos y empresarios que quedaron empantanados por este nerd que puso al mundo patas arriba.
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El malquerido

Para arremeter contra Julian Assange, las fuerzas oscuras que lo persiguen se aprovechan de sus debilidades en materia de empatía y hasta de simpatía.

Basándose en los testimonios de las mujeres que lo denunciaron y de unos cuantos excolaboradores directos de Wikileaks, los enemigos han podido edificar un expediente, según el cual el hombre no es precisamente alguien agradable.

Lo señalan como autoritario, reacio a las críticas, bastante machista (al parecer, es un rasgo nacional australiano) y hasta poco dado a la higiene personal.

Assange es un malquerido que va en desventaja, incluso contra otros personajes acusados del mismo delito de revelación de secretos de seguridad de Estado, quienes gozan de mejor fama. Tal es el caso del exagente de la CIA Edward Snowden y de la propia Chelsea Manning (antes el soldado Bradley), quienes le han caído mejor al público y a los grandes medios de comunicación.

La ojeriza de las corporaciones mediáticas ha quedado clara con situaciones como la que ocurrió en 2010, cuando los lectores de Time lo eligieron como personaje del año, pero la revista prefirió a un nerd domesticado como Mark Zuckerberg.

Los usuarios de la legendaria publicación no se quedaron con esa: en noviembre de 2016, Assange superó a Donald Trump, que tampoco es un míster simpatía, pero que en ese momento era nada menos que el presidente electo de Estados Unidos.

Le definían como “un nómada global” y “después de todo, un misterioso hombre internacional que se desplazaba de un país a otro llevando solo un par de mochilas con material informático y una camiseta algo maloliente”. “Ponerse en contacto con Assange era excepcionalmente difícil”, añaden.

Él mismo se definía en ese sentido en su autobiografía no autorizada. “Me convertí en un tipo que vivía siempre en la habitación de los invitados. No tenía ni coche ni casa. No veía mucho a mi familia. No tenía dinero y tenía un par de zapatos. Todo en conjunto era razonable y en ningún caso un problema. Tenía algunos libros, una máquina de afeitar y varios portátiles. Algún amigo me cortaba el pelo a menudo, mientras trabajaba, y siempre que necesitaba equipos y cubrir gastos aparecía alguien dispuesto a pasar una tarjeta de crédito”, reconoce.

Daniel Domscheit-Berg, que era colaborador de Wikileaks y muy amigo de Assange hasta que se separaron sus caminos en 2010, explicaba que “comía todo con las manos, y se limpiaba siempre los dedos en sus pantalones”. “Nunca he visto unos pantalones tan grasientos en toda mi vida. Mi sofá había sobrevivido los últimos treinta años. Era más viejo que yo y tuve miedo de que Julian necesitara solo unas pocas semanas para destrozarlo”, explicaba sobre él en su libro Inside Wikileaks.


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