Zapata o la más dolorosa de las disidencias

Probablemente, en sus 21 años en el Gobierno, la Revolución Bolivariana no haya tenido una disidencia más dolorosa que la de Pedro León Zapata.

El portento de la caricatura y del humor político, que había respaldado el proyecto del comandante Hugo Chávez en sus albores, quedó de pronto convertido en un formidable enemigo. No fue, propiamente dicho, un salto de talanquera, sino que Zapata voló sobre la valla divisoria de nuestra rotunda polarización de resultas de una patada verbal del líder, quien, como bien se sabe, no tenía el comedimiento entre sus muchas virtudes.

“Zapata, ¿cuánto te pagaron por esa caricatura?”, preguntó Chávez en una de sus alocuciones públicas, vale decir, ante el país en pleno. Y lo que hasta entonces era una postura crítica moderada del artista tachirense pasó a ser una oposición tan acérrima que hizo a Zapata uno de los ídolos del antichavismo más radical. Por primera vez en su larga carrera, la derecha se hizo fan de los Zapatazos, un rincón de El Nacional en el que el látigo del ingenio había azotado preferentemente a los ricachones y a los políticos neoliberales.

Visto a la distancia de casi dos décadas y con ambos protagonistas ya fallecidos, los testigos de aquella riña entre titanes (uno del liderazgo político, otro del arte y de la sátira) han terminado pensando que hubo, de parte y parte, una notoria carencia de humor.

Chávez, que sabía incluso burlarse de sí mismo (un notable rasgo de buen humor), no logró digerir la irreverencia de Zapata, que era expresión de un importante sector de la izquierda, de la intelectualidad y de cierta clase media. Zapata, por su lado, pudo haber sorteado la embestida de aquel toro que era Chávez mediante una de sus maravillosas verónicas hechas de trazos y de pocas palabras. Pero no, se enfureció tanto como el toro y dedicó el resto de su vida a llevarle la contraria, incluso cuando ello implicó –al menos desde la óptica de algunos de sus admiradores– llevarse la contraria a sí mismo, a su historia.

Y cuando se dice “el resto de su vida” es necesario hacer una precisión: Pedro León Zapata siguió expresando su punzante opinión mediante la caricatura aun después de que había perdido la capacidad física de dibujar y hasta la de hablar. Así de potente era su determinación a seguir dando Zapatazos, la mayoría de ellos contra una revolución a la que consideraba falsa, y contra aquel líder que osó llamarlo mercader.

Ese tiempo de opinar aun en contra de la voluntad de su propio cuerpo es digno de un cuento, una novela o una película. La esposa de Zapata, la periodista Mara Comerlati, le contó los pormenores a la también comunicadora y escritora Milagros Socorro. “Presté mis ojos y mis manos a Pedro León”, fue el titular de aquella entrevista.

Sucedió que Zapata sufrió un paro cardiorrespiratorio, luego de una operación de corazón abierto, en 2008. Los instantes que pasó sin pulso le causaron daños severos. No pudo hablar con claridad de nuevo y tampoco tenía control de sus manos para escribir ni para dibujar. Sin embargo, tal parece que seguía teniendo opiniones muy firmes. Entonces, la esposa iba descifrando la idea que él le daba, mediante diversos trucos. Cuando había escrito la frase de la viñeta, iba al archivo de caricaturas elaboradas por Zapata a lo largo de su trayectoria de medio siglo, ubicaba una que se asimilara a la idea, se la mostraba al artista y, si él la aprobaba, Comerlati la trabajaba digitalmente para luego enviarla al diario. “Cuando se le hizo imposible articular palabras, me empezó a dictar letra por letra. Y cuando eso tampoco se pudo, desarrollamos un código: él me indicaba cosas y con eso yo deducía la letra. Por ejemplo, señalaba a mi gata, y eso era la letra G; si apuntaba al perro, era la P, al techo era la T. Y ya con la G, yo le decía “¿Gobierno?”. Un pestañeo me lo confirmaba. Y siempre lográbamos hacer el trabajo. Le presté mis ojos y mis manos, porque él no podía usar los suyos y, aun así, seguía sorprendiéndome cada vez que me dictaba la caricatura”.

Por supuesto que Comerlati -–una luminosa referencia en lo que respecta al periodismo para los niños y las niñas– tenía un prolongado entrenamiento para interpretar a Zapata, luego de más de 30 años de matrimonio y de otros cuatro de noviazgo.

Una psicóloga amiga me comentó que aún en tiempos de buena salud, la esposa parecía ser una infaltable muleta ante lo que lucía como una especie de limitación social de Zapata. “Lo vi en varias reuniones y él estaba como en una burbuja. Ella se ocupaba de todo”, explicó.

La pareja fue unida por el periodismo. A finales de los 70, Comerlati trabajaba en la sección cultural de El Nacional y le encomendaron entrevistar al caricaturista estrella del diario. Si alguien hubiese hecho una viñeta de ese momento, entre el ya maduro gocho y la joven italianita habría estado el travieso Cupido, burlándose de una brecha generacional de más de veinte años.

Los flechazos fueron irreversibles, al punto de que la pareja Zapata-Comerlati terminó siendo una de las más estables y duraderas de un gremio plagado de matrimonios rotos. Fueron las segundas nupcias de Zapata, que antes se había casado en México, país donde estudió artes plásticas en el Instituto Politécnico Nacional, en la Escuela de La Esmeralda y en el taller del mítico muralista David Alfaro Siqueiros.

Zapata falleció el 6 de febrero de 2015. Diez días antes había disparado –con la complicidad interpretativa de Mara- su último cartucho contra el Gobierno. Cinco años después y pese a que son muchos los que han saltado la talanquera –y los que han sido pateados hacia el otro lado– su disidencia sigue siendo una de las más dolorosas.

Genio descarrilado

A fin de cuentas, todo el mundo ama a Zapata o, mejor dicho, todo el mundo ama a un Zapata, a “su” Zapata.

Los izquierdistas e izquierdosos que derivaron en chavistas aman al Zapata de los 70, 80 y 90, el que denunciaba la obscena pobreza de un país rico. También aman al Zapata que dibujó a Bolívar, con su caballo encabritado y la palabra SÍ, como la única de la viñeta, justo antes del referendo a favor de la Constituyente.

La derecha en pleno aprendió a amar a Zapata luego de que este se peleara con Chávez. Era motivo más que suficiente para adorarlo.

Cada uno de los bandos quiere la obra de Zapata debidamente editada. Los chavistas le quitan todas esas veleidades escuálidas de sus últimos años, y los antichavistas le borran casi todo su pasado ñángara, anterior a 2001.

El artista plástico Iván Lira plasma el drama en pocas palabras. Cuando se le pide que lo defina en un párrafo, pregunta: “¿A quién defino: al que admiré con fanatismo en la Cuarta República o al que seguí con desilusión y pena ajena en la Quinta?”. La interrogante no necesita respuesta, es, en sí, una definición.

El intelectual Roberto Hernández Montoya, quien compartió con Zapata muchos momentos, en especial en la Cátedra Libre de Humor Aquiles Nazoa, en la Universidad Central, fue más contundente todavía. Se le preguntó cómo lo recuerda y dijo: “Como un genio que se descarriló”.

Perfil Clodovaldo Hernández

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